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Iván Vera-Pinto Soto. Cientista social, pedagogo y dramaturgo.- En el Iquique de los años treinta, el viento salino atravesaba la ciudad como una memoria... Teatro Juan Rafael Allende: comunidad, escena y resistencia

Iván Vera-Pinto Soto. Cientista social, pedagogo y dramaturgo.-

En el Iquique de los años treinta, el viento salino atravesaba la ciudad como una memoria persistente del ciclo salitrero en declive. Era un aire cargado de restos del auge y la ruina, del trabajo y su progresiva ausencia. La vida continuaba, pero con otra respiración: más precariedad, menos certezas y una sensación extendida de desgaste que se volvía parte del paisaje cotidiano.

En ese tiempo y lugar, el teatro no podía entenderse como un lujo ni como un mero entretenimiento estable. Era, más bien, una práctica frágil sostenida colectivamente, que emergía en salas precarias y funciones improvisadas como forma de reunión en medio de la dispersión social (El Tarapacá, 1934). La crisis del salitre no solo impactó la economía: también fue debilitando los vínculos, erosionando la vida común y fragmentando los espacios tradicionales de comunidad.

Sin embargo, incluso en ese escenario adverso, el teatro persistía como necesidad de encuentro, como una forma de seguir compartiendo la vida en medio del derrumbe. 

El origen de una práctica colectiva 

En este marco histórico se sitúa el 13 de enero de 1927, fecha que marca la primera presentación pública de un impulso colectivo que, con el tiempo, se consolidaría como el Teatro Juan Rafael Allende. Agrupación artística que adoptó el nombre del poeta y periodista nacional más importante de la prensa satírica de fines del siglo XIX y comienzo del siglo XX. Lo cierto es que no se trata solo de un hito cronológico, sino del inicio de una práctica cultural con vocación explícita de arraigo regional: “dar expansión y estímulo a toda obra de origen netamente regional” (Arte Regional, 1927, p. 3).

El teatro no surge como iniciativa individual, sino como construcción colectiva. En su conformación inicial destacan Osvaldo Navarro, Atilio Barahona y Armando Alday, junto a Avelino Álvarez, Enrique Olivares, Ricardo Veliz, Manuel Gómez, Julio Rivas, Santiago Alday y Rubén Vargas, entre otros participantes que sostienen el funcionamiento del grupo desde la organización, la actuación y la gestión cultural (Arte Regional, 1927).

Más que individualidades aisladas, se trata de una red de trabajo donde la escena se construye como esfuerzo compartido.

Un entramado comunitario y familiar

El desarrollo del teatro revela un entramado social profundamente arraigado en la vida cotidiana. Las familias cumplen un rol central en la transmisión de la labor escénica, configurando un tejido donde el teatro no se separa de la vida doméstica.

En este espacio destaca un amplio conjunto de mujeres que, aunque frecuentemente invisibilizadas en los relatos oficiales, resultan fundamentales para la continuidad del proyecto: Elena Valenzuela, Rosa Mestre, Teodolinda Alday, Blanca Riveros, Berta Tapia, Nélida Álvarez, Coralí Chávez y Victoria Molina. A ellas se suman Ida y Olga Vodnizza, Sara Espinosa, Margina Kios, Bella y Eliana Fuenzalida, Victoria Alfaro y Guillermina Díaz, además de Olga Ávalos, Dolores Barahona, Martita Rivas, Anita Molina, Sofía y Josefina Mestre, Rita Espinosa, Raquel Vernal, Ana y Felisa Rojo, Marta Figueroa, Olga Henríquez, Emilia Gutiérrez, Guillermina Retamales, Elsa Vásquez y Nilda Romero (Arte Regional, 1936)[1].

La reiteración de apellidos como Alday, Mestre, Riveros, Vodnizza o Rivas evidencia la dimensión familiar del fenómeno: el teatro se transmite como práctica social, se aprende en la convivencia y se reproduce en la vida cotidiana. La escena no comienza en el escenario, sino en el espacio compartido de la comunidad.

En este sentido, la cultura no aparece como esfera separada, sino como forma de vida (Williams, 2000), donde el arte se encuentra profundamente imbricado en las relaciones sociales.

 Condiciones materiales y sentido cultural 

La práctica teatral se desarrolla en condiciones de extrema precariedad. Los propios integrantes reconocen que muchas veces debían sostener su actividad “sacrificando sus propias economías y a veces empeñando hasta sus prendas de vestir” (Arte Regional, 1936, p. 2). Esta situación transforma el teatro en un espacio donde la carencia material se convierte en valor simbólico, en el sentido de la construcción de capital cultural (Bourdieu, 1997).

Este elenco no puede entenderse únicamente como una agrupación artística, sino como una forma de organización cultural en red: cuerpos que actúan, manos que construyen, voces que circulan. En este entramado, los sectores populares no son solo receptores de cultura, sino productores activos de ella desde su propia experiencia histórica (Thompson, 1989).

Circulación y vida pública del teatro

Lejos de permanecer encerrado en un espacio fijo, el teatro circula por la ciudad y el territorio. Se articula con clubes sociales, sociedades de artesanos y escuelas, extendiéndose incluso hacia la pampa. En este movimiento se convierte en práctica móvil, con una dimensión pedagógica orientada a “ayudar a la instrucción de la clase trabajadora” (Arte Regional, 1936, p. 4).

Estas experiencias encuentran también anclaje en espacios concretos de la ciudad, como el Teatro Municipal de Iquique, escenario central de la vida cultural desde fines del siglo XIX.

La prensa local, especialmente el diario El Tarapacá, da cuenta de esta actividad, registrando funciones, veladas y eventos culturales (El Tarapacá, 1929; 1931). En una de sus editoriales, incluso, se llama a fortalecer el teatro regional como parte de la vida pública de la ciudad (El Tarapacá, 1934), lo que confirma su presencia en el debate cultural de la época. 

Crisis, persistencia y sentido político 

A pesar de su vitalidad, los propios protagonistas describen un entorno adverso, donde los centros artísticos viven “una vida lánguida, llena de miserias” (Arte Regional, 1936, p. 1). La irrupción del cine sonoro intensifica las dificultades, pero el Teatro Allende no responde desde la competencia tecnológica, sino desde la persistencia simbólica.

Su historia no es lineal: se interrumpe, se fragmenta y vuelve a reorganizarse “como el ave fénix”, impulsado por jóvenes “decididos y entusiastas” (Arte Regional, 1936, p. 5). En ese proceso, el teatro se convierte también en espacio afectivo. La muerte de Armando Alday deja al grupo “sumido en el dolor” (Arte Regional, 1936, p. 6), evidenciando cómo la práctica artística se entrelaza con la vida y la memoria.

Al mismo tiempo, emerge una conciencia crítica respecto del lugar del teatro en la sociedad local. Se denuncia su “mísera importancia” y la falta de apoyo a los artistas regionales (El Tarapacá, 1934), evidenciando no solo precariedad material, sino también exclusión simbólica.

De allí surge una exigencia clara: organización, reconocimiento y condiciones de existencia. El teatro no solicita concesiones; reclama derecho a existir culturalmente. Como advierte una formulación del propio período: “si no movemos nuestros labios y nos callamos, el silencio es augurio de muerte” (Arte Regional, 1936, p. 7). 

Conclusión

El Teatro Juan Rafael Allende no fue una institución estable, sino una experiencia viva: un tejido de voluntades donde soñadores de carne y hueso sostuvieron, cada uno, una parte del escenario.

En sus tablas precarias, en sus desplazamientos por la pampa y en sus formas de organización comunitaria, se configura una comprensión del teatro que excede el espectáculo: no como entretenimiento, sino como experiencia compartida de existencia.

En el contexto del salitre y la incertidumbre, hacer teatro fue una forma de persistir colectivamente. No hubo épica grandilocuente, sino una obstinación sostenida en lo mínimo: juntarse, sostener la palabra, insistir en la presencia. Allí, donde todo empujaba a la dispersión y al silencio, el teatro se convirtió en un acto de resistencia concreta, casi invisible, pero decisiva: la de seguir existiendo juntos.

Referencias

Arte Regional. (1927). Artículo sobre la fundación y objetivos del Teatro Juan Rafael Allende. Iquique, Chile.

Arte Regional. (1936). Crónicas y registros del Teatro Juan Rafael Allende: actividades, condiciones y testimonios. Iquique, Chile.

Bourdieu, P. (1997). Razones prácticas: sobre la teoría de la acción. Anagrama.

El Tarapacá. (1929). Registro de actividades culturales y teatrales en Iquique. Iquique, Chile.

El Tarapacá. (1931). Sección cultural: funciones teatrales y vida artística local. Iquique, Chile.

El Tarapacá. (1934). Editorial: Teatro regional y vida cultural en Tarapacá. Iquique, Chile.

Thompson, E. P. (1989). La formación de la clase obrera en Inglaterra. Crítica.

Williams, R. (2000). Marxismo y literatura. Península.

[1] La escasa documentación sobre actores y actrices no indica irrelevancia, sino las condiciones mismas del teatro popular de la época: prácticas colectivas, no institucionalizadas y débilmente archivadas. Su invisibilidad responde, así, a una exclusión historiográfica de las experiencias culturales no hegemónicas, donde la ausencia de registro constituye también una forma de evidencia histórica.

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