Ser leninista hoy en Chile frente a la ultraderecha de Kast
Opinión y Comentarios 25 abril, 2026 Edición Cero 0
Ricardo Balladares Castilla, Sociólogo.-
Ser leninista hoy en Chile no es profesar una fe. Es aceptar una incomodidad metódica. La de mirar cara a cara la coyuntura sin anestesia ni profecía. Y la coyuntura, en estos días, tiene el rostro de cuatro medidas que parecen técnicas pero son de clase. La miscelánea que bajo un título fiscal esconde una reorganización del castigo al trabajo popular y mayor beneficio al capital. La ley de seguridad en escuelas que transforma el aula en posible escenario represivo. El presupuesto nacional recortado en gasto social mientras crece la inversión en blindaje. Y la persecución a deudores timados por la banca y el estado.
Detrás de cada una, una operación más profunda. La oligarquía, aliada con la ultraderecha de Kast y Kaiser, no está dando un golpe de Estado —eso es viejo—. Está legislando la derrota popular en cámara lenta, por partes, con letra chica.
Entonces, se trata, más bien, de entender que el método de Lenin —analizar la situación concreta, sin trampas— sigue siendo más útil que todas las declaraciones de principios socializadas en un post de facebook o instagram. La situación concreta, en este Chile post estallido, post fracaso constitucional y post fatiga popular, muestra una oligarquía que ya no se incomoda con la máscara democrática.
El leninismo, no es un recetario. Es un método para detectar dónde se está desplazando la relación de fuerzas. Y hoy se desplaza en el terreno aparentemente aburrido de los presupuestos y los códigos jurídicos. Porque la pregunta no es si Kast es o no fascista —la etiqueta distrae—. La pregunta es ¿Cómo logra que el conjunto social acepte como normal que los niños sean requisados en la entrada de la escuela, que el estudiante/trabajador pague multas imposibles de pagar, que el hospital público tenga menos camas mientras la cotización de las ISAPRES sube? La respuesta es gramsciana pero con sangre local, la hegemonía de la derecha se construye hoy desarticulando los microespacios de organización popular. Y lo hace mediante una legislación que no necesita tanques porque actúa como un ácido sobre los tejidos comunitarios.
Frente a esto, el leninismo profundo no puede caer en dos tentaciones gemelas. La primera, el ultraizquierdismo que reduce todo a «la dictadura del proletariado ahora» y desprecia las batallas democráticas cotidianas como reformistas. Eso es una posición de comodidad intelectual, te deja puro, pero sin hacer nada. La segunda, el espontaneísmo que confía en que «las calles van a responder» sin construir estructuras. La calle hoy responde, pero la derecha legislará para que mañana no pueda. El leninismo reeducado por la derrota sabe que la defensa de las conquistas democráticas elementales —libertad de reunión en las escuelas, derecho a discutir el presupuesto municipal, posibilidad de impugnar una ley tributaria abusiva— no es un fin, pero es la condición de posibilidad de cualquier fin. Sin esos canales, no hay después.
Entonces ¿Qué significa eso para una organización que se dice leninista en Chile? Algo muy simple e incómodo a la vez. Construir frentes de defensa democrática y económica con todos los sectores populares que Kast está agrediendo.
Sí, aunque alguno de esos sectores vote, se llene la boca con «Estado de derecho» o no lea a Gramsci ni a Marx. Desde los sindicatos portuarios de Valparaíso hasta las ollas comunes de La Pintana, pasando por las agrupaciones feministas que no se dejan golpear por los relatos y los ambientalistas que paran proyectos termoeléctricos. El sectarismo —ese virus que lleva a decir «no, porque ese es reformista» o “esa dirigenta es fachapobre”— es suicidio político puro y duro. El leninismo no es ultraizquierdismo. El ultraizquierdismo se queda en su rincón a esperar la revolución mientras la ultraderecha toma las calles y las conciencias.
¿Cómo traducir esto en una organización que se dice leninista? Ante todo, aceptando que la política tiene escala de barrio y de artículo de ley. La organización debe mapear cada uno de los recortes concretos. Qué junta de vecinos perderá financiamiento para su taller, qué escuela tiene allanamiento programado, qué trabajador recibió la primera retención de salario por el CAE. Y a partir de ahí, construir defensas de abajo-arriba. No solo protestar, sino asesorar legalmente, montar sistemas de monitoreo vecinal, generar mecanismos de caja común para financiar alimentos/parafina colectivamente y desobedecer con organización. Eso es poder dual en Chile. No dos gobiernos paralelos en abstracto, sino dos lógicas en pugna dentro de cada presupuesto, dentro de cada reglamento escolar, dentro de cada ley mata derechos.
Otra es la cuestión del tiempo. La ultraderecha legisla para acelerar la disolución de lo común. El leninismo hoy debe operar en otra temporalidad, la de la paciencia estratégica. No espera, pero tampoco se apura. Construye estructuras que puedan resistir no solo el gobierno de Kast, sino los gobiernos que vengan después, porque el ciclo no va a resolverse con una victoria electoral. Por eso la organización tiene que practicar internamente lo que predica. Democracia real con rotación, debate asumido como conflicto productivo, formación que no sea adoctrinamiento sino entrenamiento en el análisis concreto. Si la estructura es excesivamente vertical, repite la lógica de mando que dice combatir. Si los cuadros no saben leer un presupuesto municipal o un artículo de la ley miscelánea, son inútiles para la trinchera real.
Porque si Kast logra imponer su agenda —privatización salvaje de Codelco y Litio, seguridad convertida en excusa represiva, liquidación de la educación pública— no habrá horizonte de emancipación posible. Por eso, lo prioritario hoy es impedir que la ultraderecha consolide su dominio. Y eso exige unidad táctica hasta con sectores que incomodan, como los socialdemócratas o liberales populares que también sufren el acecho de Kast. Eso no es venderse, es entender que la lucha por ampliar la democracia popular—contra quienes quieren reducirla a un simulacro— es la antesala indispensable de cualquier transformación profunda.
Ser leninista hoy en Chile es, entonces, una humildad activa. Saber que la revolución no está en la esquina, pero que cada recorte detenido, cada escuela defendida, cada trabajador con salario de miseria, cada deudor del CAE organizado comunalmente para detener los embargos, es una célula de un nuevo poder. No se trata de esperar el asalto al palacio. Se trata de hacer que el palacio de invierno sea cada vez más irrelevante porque el poder ya está abajo, en las juntas de vecinos que controlan su presupuesto municipal, en las apoderadas que paran el allanamiento a las escuelas, en los feriantes que crean su propio fondo solidario, en los deudores del CAE que evitan los embargos. Eso es democracia obrera ampliada en proceso. Lo demás, es puro ruido de tambor sin soldados.
La consigna entonces no puede ser lujo de café literario. La consigna es debe ser derrotar la dictadura real de la oligarquía construyendo la máxima democracia posible desde abajo. Y esto implica que la organización no puede ser solo una máquina de solidaridad reactiva, de comunicado cada vez que encarcelan a un luchador social o que se anuncia una medida antipopular. Debe tener la capacidad de proponer. Proponer, por ejemplo, control popular sobre la confección del presupuesto público y en el Anteproyecto Regional de Inversiones (ARI) para vaciar de contenido las políticas de ajuste de Kast. Proponer asambleas territoriales que funcionen como poder dual desde los barrios, sin esperar que el gobierno —sea quien sea— solucione nada.
Ese es el núcleo vivo del leninismo. Todo lo demás, con perdón, es pura fraseología de funeral.
…
Esta sección de OPINIÓN Y COMENTARIOS, está destinada a la difusión de opiniones y análisis de autores y temas diversos, que no representan necesariamente nuestra opinión.

Deja una respuesta