El silencio de los que juraron morir antes que arriar la bandera
Opinión y Comentarios 23 mayo, 2026 Edición Cero 0
Ricardo Balladares Castilla, Diplomado en Defensa y Seguridad ESGC FFAA Argentina.-
Hace unos días, Argentina firmó un acuerdo militar naval con Estados Unidos. En cualquier país con memoria estratégica, esto habría encendido luces amarillas en el ministerio de Defensa, provocado declaraciones cautelosas de la Cancillería y motivado al menos una nota diplomática de seguimiento.
En Chile, en cambio, el pacto ha sido recibido con un silencio institucional que ya no puede atribuirse a distracción o prudencia. Ni las Fuerzas Armadas ni el gobierno de José Antonio Kast —quien asumió la presidencia tras el fallido ciclo de Gabriel Boric y ha hecho de la exaltación patriótica y el orden militar su emblema— han emitido una sola palabra pública al respecto. Y las comisiones de Defensa del Congreso, entre lujos y comodidades, capaz ni siquiera se han enterado. Este vacío discursivo, sin embargo, no es neutral. En política internacional, el silencio también habla. Y lo que dice, en este caso, es que Chile prefiere no incomodar a Washington mientras el vecino se rearma con su intervención directa.
El contraste adquiere una dimensión casi trágica si se observa el calendario. El 21 de mayo se cumplió un año más del Combate Naval de Iquique, esa jornada sagrada del calendario patrio en que se recuerda a Arturo Prat Chacón y sus hombres, inmortalizados por la consigna “…mientras yo viva, esa bandera flameará en su lugar y, si yo muero, mis oficiales sabrán cumplir con su deber». Mientras las autoridades condecoraban a los marinos y los oradores recalcaban la vigencia de ese espíritu de defensa de la soberanía, el gobierno de Juan Antonio Kast mantenía ese mismo silencio sepulcral frente al acuerdo argentino.
Prat no murió por una causa abstracta. Murió en el abordaje desde la Esmeralda porque creía que la dignidad de una nación no se negocia ni se subarrienda. Ciento cuarenta y cinco años después, sus herederos institucionales observan cómo Argentina firma un pacto militar que permite a Estados Unidos usar sus bases, realizar ejercicios conjuntos, patrullar como si fuera propio el Mar Austral y desplegar tecnología de vigilancia en el Atlántico Sur, a escasos kilómetros del estrecho de Magallanes. Y “los gallardos” callan.
¿Qué piensan las FFAA en privado? Sería fácil elucubrarlo. Pero según fuentes, piensan, en primer lugar, que este gobierno de derecha —que tanto criticó a Boric por “blando” en defensa nacional— está actuando con una pasmosa pasividad estratégica. Sospechan que la administración Kast, alineada ideológicamente con Estados Unidos y con el trumpismo latinoamericano, no quiere irritar a Washington justo cuando negocia acuerdos comerciales y de seguridad interior. Pero eso, en el lenguaje frío de la geopolítica, se llama subordinar el interés nacional a la fidelidad ideológica. Y duele más viniendo de quien prometió ser el guardián irrestricto de la patria.
El segundo indicio de esa incomodidad castrense está en la propia ceremonia del 21 de mayo. Este año, los discursos fueron notablemente parcos en referencias al contexto regional. No hubo alusiones veladas a “amenazas externas”, ni menciones a “la necesidad de mantener la paridad estratégica”. Los marinos desfilaron con sus uniformes impecables, pero sus rostros, reflejaban más incertidumbre que orgullo. Porque en las bases navales y cuarteles se sabe que el acuerdo argentino-estadounidense rompe la lógica del vecindario.
Si Argentina obtiene radares de largo alcance, patrullas marítimas, inteligencia satelital compartida o capacidad de reabastecimiento en vuelo de Estados Unidos, la vieja ecuación de disuasión chilena —montañas al este, mar al oeste, fuerzas propias al medio— se desbalancea sin que exista un socio equivalente al que recurrir.
El riesgo para Chile no es un conflicto bélico con Argentina —improbable hoy— sino la erosión silenciosa de su capacidad de disuasión regional. La amenaza no es un bombardeo, sino la degradación asimétrica del equilibrio. Para un Estado que ha basado su seguridad en la máxima de que “la paz es el resultado del equilibrio”, esa ecuación es profundamente inquietante. Y más extraordinario aún resulta que ocurra bajo un gobierno de derecha que se alimenta de símbolos patrios pero calla cuando esos símbolos deberían traducirse en acciones diplomáticas.
En el plano naval, el acuerdo erosiona la principal ventaja de nuestro país: submarinos Scorpène y fragatas tipo 23. Si Estados Unidos entrena a Argentina en guerra antisubmarina y comparte datos de sonoboyas en el Atlántico Sur y Mar Austral, la invisibilidad táctica de los Scorpène se degrada sin que Chile haya disparado un tiro. Las fragatas tipo 23, quedarían frente a una Argentina que podría recibir radares de apertura sintética y tecnología en guerra electrónica. No es una derrota en batalla, sino algo más insidioso. La pérdida silenciosa de la paridad naval construida desde los años noventa.
El silencio de las FFAA, del Congreso y del gobierno de José Antonio Kast, en el aniversario del Combate Naval de Iquique, es más elocuente que cualquier cañonazo. Es un silencio que arria, cada día, lo que Prat jamás arrió. Y mientras ese silencio persista, el mapa de poder en Mar Austral se reescribirá sin nuestra firma pero con nuestro silencio, con la única complicidad de quienes, por coherencia ideológica o por simple falta de reflejos, han decidido que la mejor manera de honrar a los héroes es no hacer olas. Pero la historia, como las aguas del Pacífico, no perdona a los que se quedan quietos mientras otros navegan armados.
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