Edición Cero

Iván Vera-Pinto Soto, Cientista social, pedagogo, dramaturgo.- Cada Año Nuevo dejaba alguna anécdota para el recuerdo, pero ninguna sobrevivió tanto tiempo como la memorable explosión... Cuando el barrio era una familia

Iván Vera-Pinto Soto, Cientista social, pedagogo, dramaturgo.-

Cada Año Nuevo dejaba alguna anécdota para el recuerdo, pero ninguna sobrevivió tanto tiempo como la memorable explosión de una noche de diciembre, aquella que hizo temblar más que una cuadra de Iquique. Han pasado décadas, el barrio cambió de rostro y los vecinos encanecieron, pero basta que alguien pregunte: «¿Te acordái del Guatón Choche?» para que regresen el olor a pólvora, la brisa del puerto y el eco de esa víspera inolvidable.

 

En aquel Iquique de comienzos de los años sesenta, los preparativos comenzaban varios días antes. Las mujeres preparaban empanadas, pan de Pascua y «cola de mono»; los hombres sacaban mesas a las veredas, y los chiquillos corríamos entre encargos y travesuras. Sin sospecharlo, estábamos construyendo recuerdos que nos acompañarían toda la vida. Entonces nos parecía una costumbre más de esa pequeña comunidad; hoy comprendo que éramos felices sin saberlo.

 

Poco a poco, el sector se transformaba en un gran comedor comunitario donde nadie quedaba al margen. Al anochecer, las guirnaldas se encendían, las ventanas dejaban escapar boleros, cumbias, rancheras y éxitos de la Nueva Ola, mientras las luces de los barcos brillaban frente al puerto y el aire traía consigo un lejano aroma a salitre, como si la pampa también quisiera sumarse a la fiesta.

 

Alrededor de las mesas se reunían pescadores, estibadores, comerciantes y antiguos pampinos. Lo que faltaba en una casa aparecía en otra sin necesidad de pedirlo. En aquel barrio nadie celebraba solo. Mientras las fogatas de «salitrón» iluminaban las esquinas y los monigotes aguardaban la hora de arder como despedida del año viejo, el vecindario entero parecía listo para dar la bienvenida al año entrante.

 

Y justo cuando todo seguía el libreto de siempre, hizo su entrada el rey de las travesuras.

 

En la vecindad todos sabían que Jorge no conocía la mesura. Siempre quería tener el petardo más grande, la broma más audaz o el espectáculo más comentado. Por eso nadie se sorprendió cuando irrumpió esa víspera cargando un enorme cohete bajo el brazo.

 

—Ahora sí que va a quedar la escoba, cabros —anunció con una sonrisa triunfal.

 

Todos corrimos a rodearlo. Los adultos lo observaron con una mezcla de curiosidad y desconfianza. El bromista depositó el fuego artificial en el centro de los festejos y, después de asegurarse de que todos estuvieran atentos, encendió la mecha.

 

El chisporroteo comenzó a abrirse paso entre la música. La pequeña llama avanzaba lentamente hacia el corazón del proyectil. Nuestro protagonista permanecía inmóvil, orgulloso de su proeza. Nadie quitaba la vista del cordón de pólvora.

 

Pero bastó una ráfaga llegada desde el mar para cambiar el rumbo de la historia. Cruzó la celebración y sacudió el artefacto. Como si hubiese despertado de pronto, el condenado dio un giro sobre sí mismo y salió disparado por el entorno, como alma que lleva el diablo.

 

La tranquilidad desapareció de golpe. Rebotó junto a una mesa, esquivó sillas, rozó piernas y salió zigzagueando de un lado a otro. Las copas tintinearon, una botella se hizo añicos contra el pavimento y el vecindario estalló en gritos, carreras improvisadas y manteles al viento.

 

—¡Agárrenlo!

 

—¡Pa’l otro lado!

 

—¡Cuidado, hombre!

 

—¡Pucha que salió bravo!

 

Ante la mirada atónita de todos, zigzagueó entre mesas y fogatas como si tuviera voluntad propia. De pronto se esfumó.

 

La gente quedó inmóvil. Hasta los perros guardaron silencio. Nadie quería ser el primero en averiguar dónde había ido a parar aquel proyectil descontrolado.

Justo en ese instante, alguien apuntó hacia una esquina. Allí estaba. Metido en un tarro de basura, resoplando chispas como un animal acorralado. Nadie se movió. Nadie habló. Hasta los perros olvidaron ladrar. Solo se escuchaba el siseo de la mecha consumiendo sus últimos centímetros. El tiempo pareció quedarse suspendido sobre la cuadra, como si hasta la noche estuviera conteniendo la respiración.

 

Y de pronto, el mundo estalló. El estampido hizo temblar cuanto había alrededor. Los vidrios vibraron en las ventanas. Una columna de humo y desperdicios se elevó por encima de los techos. Los mesones se estremecieron y el eco rebotó contra las fachadas antes de salir corriendo hacia el puerto. Algunos juraron que llegó hasta los barcos fondeados en la bahía. Otros aseguraron, entre bromas, que se escuchó hasta El Colorado.

 

Durante unos segundos, ni una sola persona entendió qué acababa de ocurrir. Poco a poco, la nube comenzó a disiparse y las siluetas fueron reapareciendo entre el humo. A esa altura apareció el responsable de la conmoción. Tenía la cara tiznada, una ceja chamuscada y una expresión tan desorientada que parecía recién salido de una chimenea. Nadie se atrevía a respirar. El silencio se mantuvo unos instantes más, hasta que alguien gritó desde una mesa:

 

—¡Mírenlo, po! ¡Quedó más negro que el mono de trapo!

 

La carcajada estalló de inmediato. Primero una. Luego otra. Después una docena. En cuestión de segundos, la risa se propagó de esquina a esquina como una ola incontenible. Reía doña Meche, reía el zapatero Acuña, reían los niños y terminaba riendo el propio culpable. El susto se desarmó entre bromas, abrazos y tallas que seguirían contándose durante años.

Ahí empezó la música grande del Año Nuevo. Sonaron las sirenas de Bomberos. Respondieron los barcos desde el litoral. Repicaron las campanas. El Himno de Iquique volvió a escucharse por encima de todo. Cada sonido ocupó su lugar hasta formar una sola melodía que anunciaba la llegada del año entrante.

 

Los abrazos cruzaron las veredas. Las copas volvieron a llenarse. Los muñecos de trapos ardieron entre chispas. La cumbia recuperó su reinado y los más entusiastas improvisaron una pista de baile en plena calle. La festividad continuó hasta que la primera claridad comenzó a dibujarse sobre el puerto.

 

Al amanecer, muchos emprendieron la tradicional caminata hacia los alrededores del Mercado Municipal. Allí los esperaban el ajiaco humeante y el caldillo de pescado, remedios infalibles para reconciliar el cuerpo con los excesos del jolgorio. Los más madrugadores seguían comentando la hazaña del culpable, mientras otros aseguraban que jamás habían visto un bólido tan porfiado ni una estampida tan escandalosa.

Hoy comprendo que lo memorable no fue la detonación ni el susto, sino esa forma de vivir: puertas abiertas, mesas compartidas y vecinos que terminaban la noche riéndose de las mismas desgracias. En aquella época, nadie tenía mucho, pero entre todos parecía no faltar nada.

Aquel armatoste explotó una sola vez. Mi barrio, en cambio, continúa estallando en la memoria. Porque el verdadero estruendo no fue el del petardo, sino el de una forma de vivir que ya no existe y que regresa por un instante cada vez que alguien pregunta: «¿Te acordái del Guatón Choche?».

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