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Iván Vera-Pinto Soto. Cientista social, pedagogo y dramaturgo.-    Desde la reciente partida de Alberto Díaz Parra, los salones del Palacio Astoreca y los espacios... El eco creador de Alberto Díaz Parra

Iván Vera-Pinto Soto. Cientista social, pedagogo y dramaturgo.- 

 

Desde la reciente partida de Alberto Díaz Parra, los salones del Palacio Astoreca y los espacios de la bohemia artística iquiqueña —como el tradicional bar Curupucho— parecen haber quedado habitados por un silencio distinto, más denso, casi suspendido. Entre exposiciones, tertulias y conversaciones sobre jazz, pintura y literatura, fue construyendo una presencia inseparable de la vida cultural de Tarapacá, convencido de un arte entendido como experiencia compartida.

 

Su ausencia no es solo la de un pintor, músico o escritor. Se apaga también una manera de propiciar encuentros, de encender diálogos y de sostener la vida cultural en una región donde la creación ha debido insistir entre el abandono, la indiferencia y el centralismo.

 

Recuerdo especialmente los años en que me correspondió dirigir el Palacio Astoreca, entre 1998 y 2007. En aquel tiempo, el centro histórico de Iquique todavía luchaba por no perder su memoria entre casonas deterioradas, galerías semivacías y fachadas castigadas por la humedad salina y los años. Mientras muchos espacios culturales comenzaban a apagarse, en el Astoreca persistía —casi obstinada— la idea de que el arte podía devolverle respiración a la comunidad.

 

Y Alberto estaba siempre ahí.

 

Llegaba con frecuencia apresurado, con papeles desordenados y proyectos aún en gestación. Bastaba una plática breve en algún café del centro para que aparecieran nuevas ideas: exposiciones, recitales poéticos, talleres, encuentros musicales. Muchas de esas iniciativas nacían así, en el cruce informal de la conversación y la convicción de que hacer cultura en regiones también era una forma de resistencia.

 

Se movía entre pintores, músicos, actores, estudiantes y escritores como quien enlaza piezas de una misma trama. Hablaba con todos a la vez, y en ese entusiasmo suyo cada intercambio parecía abrir una nueva posibilidad. Incluso en los momentos más difíciles —cuando faltaban recursos, apoyo institucional o público— insistía en continuar. En él convivían la terquedad, el entusiasmo y una persistencia sin concesiones.

 

Uno de los episodios más recordados de aquella época fue Engatuzarte (2002-2006), una actividad artística y recreativa impulsada por artistas visuales de Iquique. Cada agosto, el Palacio Astoreca se transformaba en un laboratorio creativo inspirado en el universo felino. Durante varios días, los salones patrimoniales se llenaban de dibujos, máscaras, música en vivo, montajes teatrales y lecturas poéticas. Los patios se abrían a estudiantes, artistas y familias que recorrían el espacio y participaban en talleres donde convivían el juego, el humor y la imaginación.

 

Mientras el centro de la ciudad perdía vitalidad en sus vitrinas y casonas, dentro del Astoreca todavía era posible sostener una comunidad alrededor de la creación. Engatuzarte condensaba con nitidez la visión cultural de Alberto. Desconfiaba de los discursos solemnes y defendía una creación cercana, capaz de convocar públicos diversos. Su apuesta era por un arte sin fronteras rígidas entre lo académico y lo cotidiano.

 

Pero junto a esa cercanía había también una mirada crítica. Alberto podía pasar de la conversación amable a una reflexión aguda sobre la precariedad cultural del norte, el abandono de las regiones o la superficialidad de ciertos circuitos artísticos. Aun cuando parecía fatigado por esas mismas discusiones, volvía una y otra vez a impulsar proyectos, convencido de que el trabajo cultural exigía estudio, disciplina y pensamiento.

 

Esa rigurosidad atravesó su obra. En la pintura, la música y la escritura desarrolló una búsqueda persistente ligada a la memoria nortina, al paisaje humano de Tarapacá y a las preguntas por la identidad regional que atraviesan la historia del norte chileno.

 

En el ámbito musical dejó una huella significativa a través del Jazz Rubato, dirigido por el profesor Francisco Villarroel, y de la Banda Comodoro, agrupaciones donde exploró la improvisación y la experimentación sonora. En sus presentaciones, el jazz dialogaba con la melancolía del puerto, la memoria iquiqueña y las tensiones propias de la vida en regiones.

 

También tuvo una activa participación en la Sociedad de Escritores de Chile, Filial Iquique, impulsando encuentros y debates sobre literatura, patrimonio y pensamiento regional. Le preocupaba especialmente la fragilidad de la vida cultural en las provincias y la dificultad de sostener proyectos en contextos marcados por la discontinuidad institucional.

 

Quizás una de sus mayores virtudes fue la capacidad de tejer vínculos duraderos. No buscaba figuración ni reconocimiento inmediato: su impulso estaba en reunir personas, activar proyectos y mantener viva una comunidad cultural en un territorio cada vez más fragmentado.

 

Con su partida no se pierde solo a un creador. Se desvanece también una forma de entender el arte como diálogo, como encuentro y como compromiso con la vida local.

 

Su legado permanecerá en sus pinturas, en las composiciones musicales de Comodoro, en los espacios literarios que ayudó a consolidar y en la memoria de quienes compartimos con él jornadas de creación y pensamiento.

 

Aún hoy, en el Palacio Astoreca, parece que Alberto pudiera entrar en cualquier momento con una carpeta bajo el brazo, deteniéndose frente a una obra o proyectando la próxima exposición. Y aunque eso no ocurra, el eco del diálogo permanece, como si la ciudad todavía lo siguiera escuchando con su voz apasionada entre sus muros.

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