La fonda de la tía Carmen
Opinión y Comentarios 7 septiembre, 2026 Edición Cero 0
Sonia Pereira Torrico, escritora iquiqueña.-
Las ramadas siempre han sido eso, un encuentro, música, comida, baile y fiesta. Desde tiempos coloniales fueron espacios populares donde cabía de todo, lo familiar, lo religioso, lo lúdico y por supuesto, la celebración.
Los cabros de Orella partían a encumbrar volantines al final del camino, donde no había estrellas, solo un manto infinito de arena y cerros protegiendo el puerto. El más avispao llevaba hilo curao para cortar los sueños del niño enamorao.
—¡Vamos al coliche! —gritaba el más valiente.
—¡No! Mejor vamos a los baños Bellavista —respondía la flaca de la esquina.
—¡Hey, cuatro ojos! ¡Es 18! Vamos a las fondas de la playa y a jugar lota hasta las ocho.
Y allá partían, en patota, los niños de Orella junto a padres, abuelos y hermanos. Y en aquellos años sesenta, las Fiestas Patrias tenían otro paisaje. No había autos por todas partes ni celulares. Había techos planos, calles amables, clubes de barrio, canchas de tierra, la challa, música para enamorar; el Pate Cuete, el Rico Rico, la Lambretta, el hilo curao, el aeropuerto en la playa, la lechería, el matadero, la Plaza del Salitre y el Longino.
Pasaron los años y llegaron los ochenta y los noventa. Las fondas seguían levantándose y los sitios eriazos volvían a convertirse como por arte de magia en el corazón del puerto.
Recuerdo las ramadas de Héroes de la Concepción con Cuarta Sur, aquel enorme sitio al que llegaban los juegos mecánicos (FISA) y también los circos como «Las Águilas Humanas». ¡Uuff! Qué nostalgia. Para el 18 había que estrenar pintacha. La mamita se encalillaba en alguna tienda pirula para conseguir el vestido y los zapatos nuevos.
Sacar monedas de la harina, la carrera de tres pies, la cuchara con el huevo, los ensacados, el trompo, la rayuela, el baby fútbol, tirar la cuerda y tantos otros eran parte del divino quehacer. Y con el sueldo de la quincena, nos compraban un anticucho, una empanada o una pesca milagrosa. Los adultos se acomodaban con un vaso de chicha de San Felipe o un cortito de vino tinto.
Entre todas aquellas fondas había una que tenía un aroma distinto… «La fonda de la tía Carmen».
La tía Carmen era de esas mujeres que no esperan que la vida les regale nada. A puro esfuerzo, trabajo y ñeque consiguió levantar su propia fonda. Llegaban familiares, vecinos, amigos y conocidos.
Hoy cada ciudad de Chile celebra con sus propias tradiciones. En Iquique, el asado con arroz y papas a la huancaina es un clásico. Sin embargo, tenemos que mirar a la Pampilla, la fiesta más grande de Chile. La cual nació con un profundo arraigo local, pero con los años se transformó en una de las celebraciones más multitudinarias de Chile.
Saben, a lo mejor La Pampilla y las ramadas de Iquique cuentan la misma historia, ya que pueden cambiar las luces, los escenarios y la cantidad de gente, pero seguimos buscando lo mismo… una mesa larga, una empanada, un vaso de chicha o terremoto, una cueca chora, una canción de moda, un niño encumbrando un volantín y también una mujer trabajadora que levantó su propia fiesta para compartirla con los demás.
Yo fui feliz allí, en aquella mesa larga.
Yo fui feliz en la fonda de la tía Carmen.

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