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Carolina Inostroza Flores, Periodista.-  Camilo Escalona Medina falleció este viernes 4 de septiembre en la Clínica Indisa de Santiago, a los 71 años, tras... El Peso del Timonel: Camilo Escalona y el Oficio de la Política

Carolina Inostroza Flores, Periodista.- 

Camilo Escalona Medina falleció este viernes 4 de septiembre en la Clínica Indisa de Santiago, a los 71 años, tras enfrentar un agresivo cáncer de próstata. Con su muerte se cierra una biografía de más de cinco décadas de militancia activa.

Hay hombres hechos para la diplomacia del aplauso y otros forjados en el acero más áspero del poder. Camilo Escalona perteneció, sin duda ni concesión, a esta segunda estirpe. Su partida despide a uno de los últimos ejemplares de esa generación que entendió la política no como una pasarela de consensos fáciles o consignas de ocasión, sino como una lucha constante por la gobernabilidad y el destino de un país.

Formado en el rigor de las Juventudes Socialistas en vísperas del quiebre institucional —ingresó a la organización en 1969, a los 13 años—, conoció la clandestinidad, la persecución y el exilio. Esa experiencia no moldeó a un dirigente testimonial; templó a un operador estratégico. Cuando el régimen militar comenzaba a resquebrajarse, Escalona comprendió con lucidez que la recuperación democrática no llegaría por inercia, sino a través de la articulación paciente, a veces ingrata y a menudo incomprendida, de una oposición unida. Fue una pieza angular en la edificación del puente que permitió a Chile transitar desde la dictadura hacia la democracia pactada, asumiendo los costos políticos que esa transición exigía.

Durante medio siglo no hubo debate de envergadura en la centroizquierda chilena donde su nombre no resonara. Presidió el Partido Socialista con mano firme en distintos períodos, convirtiéndose en el sostén indiscutido del primer mandato de Michelle Bachelet y en un disciplinado articulador de la Concertación. fue diputado y senador, pero su hito institucional más elocuente llegó al asumir la presidencia del Senado en 2012: se convirtió en el primer socialista en encabezar la testera de la Cámara Alta desde que Salvador Allende lo hiciera, 43 años antes. Ese momento sintetizó una paradoja histórica: la vuelta de la izquierda republicana al corazón del Estado, investida de solemnidad institucional y sentido de República.

Juzgar a Escalona desde el prisma de la complacencia sería un error histórico. Sus aciertos fueron decisivos para consolidar el período de mayor estabilidad y desarrollo democrático de Chile; sus errores y su estilo frontal —siempre reacio a las modas discursivas y célebre por su escepticismo ante los atajos refundacionales— le valieron la resistencia de las nuevas camadas políticas y el desdén de quienes confundían moderación con complacencia. Nunca le interesó ser una figura simpática; le interesaba la disciplina, el peso de los acuerdos y la viabilidad de los proyectos colectivos.

Incluso en sus últimos meses, ya alejado de la primera línea por la enfermedad, siguió interviniendo en la interna socialista como secretario general de la actual directiva del partido, insistiendo hasta el final en un mensaje que le fue propio: la unidad como condición de sobrevivencia política.

Con la partida de Camilo Escalona no solo se va un expresidente del Senado o un histórico dirigente del socialismo. Se marcha una forma de ejercer la política: la del estratega que no temía pagar costos personales por sostener el rumbo del Estado, el dirigente que no rehuyó el barro del poder y el hombre que dedicó cinco décadas a garantizar que la democracia chilena, con todas sus imperfecciones, siguiera en pie.

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