Edición Cero

Nesko Teodorovic: Hay voces que el tiempo no consigue apagar. Iván Vera-Pinto Soto, Cientista social, pedagogo, dramaturgo.- Tenía diecisiete años y ya me creía grande,... Otra vez

Nesko Teodorovic: Hay voces que el tiempo no consigue apagar.

Iván Vera-Pinto Soto, Cientista social, pedagogo, dramaturgo.-

Tenía diecisiete años y ya me creía grande, aunque todavía me decían Panchito. Me sentaba al fondo de la Sala Veteranos del 79, detrás de las últimas butacas.

El recinto olía a madera, polvo, humedad y sudor. Afuera seguía mi Iquique, con las puertas abiertas, los hombres en las esquinas y los niños jugando en las veredas. Adentro comenzaba Las Potencias y todo cambiaba. Una silla podía ser una plaza; una pared, una fábrica; el espacio vacío, cualquier lugar.

Nesko era alto, rubio, de ojos celestes. Su voz era fuerte y su risa, franca. Caminaba de un lado a otro, detenía una escena, corregía un movimiento.

Levantó la mano.

—Otra vez.

El actor volvió a hacerlo.

—No.

El director hizo un gesto.

—Otra vez.

Si ya lo habían hecho, ¿para qué empezar de nuevo?

Una vez me descubrió imitándolo. Levanté la vista. Me miraba. Me quedé quieto. Sonrió y volvió con los actores.

También trabajaba con los niños del barrio El Morro. Cierta tarde lo vi rodeado de ellos. Uno corría hacia él. Otro se tiraba al suelo. Nesko hacía un gesto. Los pequeños estallaban en risas. Volvía a empezar y ellos lo seguían.

Le gritaban:

—¡Pantomimas!

A él parecía divertirle.

Se agachó frente al grupo.

—Hagamos teatro. Imaginemos que somos animales de la selva, pero en realidad somos bichitos de la ciudad.

Señaló a uno.

—Tú serás paloma.

Luego se señaló a sí mismo.

—Yo, colibrí. ¡Y listo!

Abrió los brazos.

—¡Al escenario!

Los pequeños corrieron entre risas. En segundos, la calle se llenó de alas inventadas. Una paloma chocó con un árbol que no existía. Un perro persiguió una mariposa invisible. El maestro volaba entre ellos como si todo aquello fuera perfectamente normal.

Después venían los actores. Llegaban cansados del trabajo. Nesko los hacía levantarse, caminar, detenerse. Corregía un gesto, cambiaba una posición y volvía a empezar. Ellos repetían. Él corregía.

Me quedaba largas horas allí.

Una noche esperé a que el recinto quedara vacío. Subí al escenario y caminé como si ya fuera un personaje.

Me salió mal.

Entonces recordé su indicación:

—Otra vez.

Lo hice una segunda vez.

Esta vez el cuerpo entendió antes que yo.

La ciudad comenzó a hablar más bajo. Mi madre callaba cuando ciertos nombres aparecían en la radio. Algunas conversaciones se cortaban si alguien golpeaba la puerta.

Nesko se había marchado a estudiar a Antofagasta. Yo estaba seguro de que volvería. Allí continuó haciendo teatro. Estaba con Elizabeth. Un hijo crecía junto a ellos.

Hasta que una mañana de septiembre fueron por él.

Se lo llevaron.

Pronto comenzaron los rumores: una fuga, dijeron.

Yo no estuve allí. Durante años, la memoria me llevó hasta ese lugar.

Primero aparecen las calles.

Después se borran.

Queda el desierto.

Cerro Moreno.

El viento levanta polvo y me golpea la cara.

Nesko camina unos metros delante de mí.

Lo sigo.

Acelero.

Corro.

La tierra se mete en mis ojos. Me limpio con el dorso de la mano y continúo.

—¡Nesko!

No responde.

Quiero alcanzarlo.

No puedo.

Me detengo.

El desierto no termina.

Quiero decirle que vuelva. Que los niños están esperando. Que todavía falta el final.

Entonces escucho un disparo.

Seco.

Otro.

Cierro los ojos.

Cuando los abro, está en el suelo.

Espero que se levante.

No sucede.

El viento pasa sobre la tierra. Permanezco allí, sin saber qué hacer con mis manos.

Por un segundo pienso que alguien gritará:

—¡Corten!

Después supe la verdad: Nesko había sido ejecutado.

Tenía veinticuatro años.

Cuando recibí la noticia, no pensé en discursos. Pensé en aquella sonrisa, en los pequeños convertidos en palomas y colibríes.

Y en aquellas palabras:

—Otra vez.

Después vinieron otros escenarios. Subí, dirigí, escribí, enseñé. Crucé otros territorios. Pero aquellas tablas seguían conmigo.

Hasta que el tiempo me llevó de vuelta a la Sala Veteranos del 79. La madera estaba gastada y las paredes cubiertas de nuevas capas de pintura. Reconocí el olor. Caminé hasta el escenario y apoyé una mano en el borde.

Cerré los ojos.

Nesko apareció frente a mí.

No en el desierto.

En el escenario.

Alto, rubio, de ojos claros. Igual que entonces.

Los actores esperaban en silencio.

El director levantó una mano y todo quedó suspendido. Luego me miró.

—¡Otra vez, Panchito!

Parpadeé.

La sala estaba vacía.

Pero al cerrar los ojos, él seguía allí.

Ya no sabía si recordaba o veía.

Pensé en Elizabeth. Su hijo. Aquella casa vacía. Las obras que quedaron sin escribir.

Apagué las luces.

La oscuridad invadió el local.

Esperé.

Solo escuchaba mi respiración.

—Nesko.

Silencio.

Desde algún rincón llegó una risa. Tras ella, las voces de aquellos niños: 

—¡Pantomimas!

Cerré los ojos.

—Otra vez.

Esta vez subí al escenario. Las tablas crujieron bajo mis pies. Caminé hasta el lugar donde alguna vez estuvieron sus actores. Me detuve.

Entonces lo vi, riéndose, con los brazos abiertos.

Solo la casona, el escenario y yo.

—Otra vez.

Alcé una mano.

Di un paso.

Y levanté el telón.

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