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Ricardo Balladares Castilla, Socioanalista.- En los últimos días hemos sido testigos de un espectáculo diplomático que responde a un guion preestablecido. Las declaraciones de... El ángel (de la historia) está llorando y es por ti

Ricardo Balladares Castilla, Socioanalista.-

En los últimos días hemos sido testigos de un espectáculo diplomático que responde a un guion preestablecido. Las declaraciones de militares y funcionarios argentinos sobre el Estrecho de Magallanes no son un accidente desafortunado ni un error de comunicación. Son parte de una operación de manipulación mediática diseñada para instalar un clima de conflicto artificial entre Chile y Argentina.

La secuencia es reveladora. En enero de 2026, el contraalmirante Hernán Montero, jefe del Servicio de Hidrografía Naval de Argentina, afirmó en un podcast que el Estrecho de Magallanes es chileno, excepto la boca, y que la boca de Magallanes es argentina. La boca que une Cabo Vírgenes con Punta Dúngenes y de ahí hacia el Este es argentina. Esa declaración permaneció ignorada durante ocho meses. Solo en septiembre de 2026 fue resucitada, viralizada y presentada como una afrenta nacional. El timing coincide con la previa del ejercicio multinacional UNITAS LXVII, en el que participaban ambas armadas. El destructor argentino ARA Almirante Brown navegó por aguas chilenas rumbo a Perú, y un video oficial de la Armada argentina mostró el cruce por los canales australes sin mencionar que se trataba de territorio chileno. El recorte de ese video, amplificado en redes sociales, fue el detonante.

El caso del brigadier general Gustavo Javier Valverde es más elocuente. En una entrevista, el jefe del Estado Mayor de la Fuerza Aérea argentina declaró que Magallanes, el sur, el Drake, todo eso es soberanía, y que hay que mantener ahí presencia porque eso es una llave bioceánica Atlántico-Pacífico. El corte es tendencioso. Valverde no dijo soberanía argentina. Hablaba de la importancia estratégica de la zona para la seguridad regional en el marco de un ejercicio conjunto.

Sin embargo, el fragmento fue presentado en Chile como una reivindicación territorial. Lo mismo ocurrió con Patricia Bullrich, senadora argentina, quien mencionó el control del Atlántico Sur, del Estrecho de Magallanes y de la llegada a la Antártida. Días después, Bullrich ofreció disculpas y atribuyó sus dichos a una confusión de nombres, aclarando que quiso referirse al canal de Beagle y que el Estrecho de Magallanes pertenece en su totalidad a la hermana República de Chile. La disculpa fue inmediata y categórica, pero no recibió ni una décima parte de la cobertura que tuvo la declaración original.

Si uno mira un mapa sin sesgos, la realidad jurídica es incontrovertible. El Tratado de Límites de 1881 y el Tratado de Paz y Amistad de 1984, ratificados por ambos países, establecen que el Estrecho de Magallanes está íntegramente bajo soberanía chilena. Su artículo 10 fija la línea que une Punta Dungeness con el cabo del Espíritu Santo como el límite oriental del estrecho. Hacia el este de esa línea, las aguas son argentinas. Hacia el oeste, chilenas. Nada de lo dicho por los personeros argentinos es falso en términos geográficos. La boca oriental del estrecho colinda con aguas argentinas, pero el estrecho en su totalidad es chileno, y eso nunca estuvo en discusión.

Las operaciones de manipulación mediática no actúan sobre hechos inventados. Actúan sobre hechos reales descontextualizados y amplificados. La técnica es conocida. Se toma una declaración marginal de un funcionario de segundo rango, se recorta, se le asigna una intencionalidad que no tiene, se viraliza en redes sociales con cuentas coordinadas y se fuerza a los gobiernos a reaccionar. El objetivo no es el conflicto territorial, que jurídicamente no existe, sino crear un clima de confrontación que desvíe la atención de problemas internos y permita a los actores políticos posicionarse como defensores de la patria.

En este caso hay un elemento adicional. La sombra de Fernando Cerimedo, el asesor argentino detenido en Bolivia, vinculado a campañas de desinformación y a la empresa de bots que habría operado en elecciones chilenas. No es casual que las cuentas que amplificaron el conflicto por Magallanes tengan el mismo modus operandi que las redes de desinformación que operaron en campañas electorales de la región.

Lo más decepcionante es el papel de los sectores de izquierda y autodenominados progresistas. En lugar de aplicar un mínimo de pensamiento crítico, esa herramienta que dicen reivindicar, se lanzaron a amplificar el conflicto con una velocidad y una irresponsabilidad alarmantes. Representantes de la izquierda hasta la centro izquierda, calificaron las declaraciones como un cuestionamiento a la integridad del Estrecho de Magallanes como territorio de soberanía chilena y llamaron a tomar acciones contundentes en materia diplomática.

Canales de streaming y opinólogos del progresismo dedicaron horas de programación a alimentar la indignación, sin detenerse un segundo a analizar el contexto, las fechas, los recortes ni las disculpas posteriores. Menos aún agarraron un mapa y diccionario para entender que es “boca de un estrecho”, qué es el “borde oriental”, dónde termina el Pacífico y dónde comienza el Atlántico en el área.

Esta reacción no es inocente. La izquierda chilena enfrenta un dilema. Si no se suma al coro nacionalista, es acusada de antipatriota. Si se suma, legitima el marco discursivo de la ultraderecha. Y eligió sumarse. Prefirió el aplauso fácil de las redes sociales antes que la lucidez de desmontar una operación de manipulación.

No se trata de negar la existencia de tensiones reales ni de desconocer que Argentina tiene sectores que históricamente han cuestionado la soberanía de Chile sobre el estrecho. Se trata de no regalarle a esos sectores la victoria que buscan, la de convertir un ejercicio de comunicación conjunta en una crisis diplomática. La respuesta inteligente no es el nacionalismo de Twitter, sino la denuncia del montaje. Y esa denuncia, hoy, brilla por su ausencia.

Walter Benjamin advirtió sobre la estetización de la política, el fascismo como espectáculo, y sobre la necesidad de arrancar la verdad de las garras del montaje. Si ante una operación de manipulación como esta en pleno septiembre, con todos sus indicios a la vista, el timing, los recortes, la viralización selectiva, las disculpas ignoradas, no somos capaces de ejercer el más elemental escepticismo, entonces la memoria no sirve de nada.

El ángel de la historia llora y Benjamín, probablemente, se suicidaría de nuevo.

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