La fiesta de los Cepeda
Opinión y Comentarios 16 septiembre, 2026 Edición Cero 0
Iván Vera-Pinto Soto, Cientista social, pedagogo, dramaturgo.-
Toyita nunca tuvo una casa propia. Vivíamos de arriendo en arriendo y, cada vez que nos cambiábamos, yo iba conociendo otro pedazo de Iquique. A veces me gustaba, porque aparecían lugares nuevos, cabros para jugar y rincones que todavía no conocía. Una de esas mudanzas nos llevó hasta Vicente Zegers, casi llegando a Sexto Oriente.
En esa cuadra todos se conocían. Las puertas quedaban abiertas y uno entraba sin tocar. Sabíamos dónde daban una buena once, dónde se armaban los partidos y qué perros era mejor dejar tranquilos. Cuando había fiesta, uno llegaba nomás. Nadie preguntaba de quién era hijo ni quién lo había invitado. Si vivíamos por ahí, entrábamos al tiro y listo.
Por eso, cuando se casó Teresa, la mayor de los Cepeda, sentimos que la fiesta también era un poco nuestra. Vivía cuatro puertas más abajo y, como el patio era chico, los vecinos sacaron las tablas y las calaminas que separaban las casas. Todo quedó abierto. Para nosotros fue una maravilla. Podíamos correr de un lado para otro sin que nadie nos dijera nada.
Desde temprano empezaron a llegar ollas, fuentes, botellas y sillas. Las mujeres iban y venían trayendo cosas; los hombres acarreaban mesas y buscaban dónde ponerlas. Nosotros dábamos vueltas por ahí, pendientes de todo, porque cuando los grandes preparaban una fiesta siempre terminaba apareciendo algo rico para comer.
A veces alguien decía que ya venían. Salíamos corriendo a ver, pero pasaba el rato y no aparecía nadie. Volvíamos adentro y seguíamos esperando. Hasta que alguien gritaba:
—¡Ahora sí que vienen!
Queríamos conocer al novio. Decían que cantaba en una banda juvenil y que esa noche sus compañeros iban a tocar. Para nosotros era casi como tener un conjunto de verdad en la casa. Si cantaba tan bien como decían, capaz que algún día lo pusieran en la radio. A mí eso me parecía lo máximo.
Cuando llegó el Chevrolet Impala, salimos corriendo a verlo. Era enorme, por lo menos para mí, y quedó parado frente a la casa como esos autos que uno veía en las películas. Después salió la novia con un vestido blanco que casi no la dejaba andar. Tenía tanta tela que yo pensaba que, si soplaba fuerte el viento, se la iba a llevar volando.
La novia caminaba despacito para no pisarse el vestido. El velo y la cola blanca iban arrastrándose detrás de ella. Después apareció el novio, con el pelo brillante y una pinta que a mí me parecía de artista de cine.
—Se ve bien chute —dijo una de las mujeres.

Apenas entraron, todos aplaudieron. Algunas muchachas se acercaban a tocar a los recién casados y decían que así se les pegaba el Espíritu Santo. Yo no sabía dónde estaba ese espíritu ni cómo podía pegarse. Me imaginaba que era como la miel o el chicle, de esos que después no salen de los dedos. Por si acaso, no toqué a los novios.
Adentro todo estaba limpiecito y ordenado. Había un gobelino en la pared y varias fotografías familiares con marcos de madera. Todos salían muy serios. A mí me daba risa, porque cuando uno estaba contento no ponía esa cara. Las mesas estaban juntas y encima habían puesto un hule nuevo con flores rojas.
En un rincón estaba el pick-up, con los discos apilados uno encima de otro. Había Paul Anka, Neil Sedaka, Chubby Checker, la orquesta Huambaly y Pérez Prado. Yo no conocía a todos, pero me entretenía con las carátulas, esperando cuál iban a poner. Después empezaron las cumbias, el cha-cha-chá, el mambo y el twist. Los grandes se pusieron a bailar como si estuvieran esperando años ese momento. A mí me daba gusto verlos, porque cuando alguno de los cabros bailaba así, los demás se reían.
Doña Chela se sacó los zapatos y los dejó debajo de la mesa.
—Ya no aguanto más.
Siguió bailando en medias, como si nada.
Poco después pusieron otro disco y comenzó a sonar un bolero, “Sabor a mí”. Las parejas se juntaron y comenzaron a bailar más despacito. Se acercaban, se alejaban y se mecían siguiendo la canción. Nosotros los mirábamos sin entender mucho qué gracia tenía bailar tan pegados.
Después empezó a llegar la comida: gallina de corral, carne, arroz, ensalada a la chilena y ajiaco. Como había que dejar espacio para bailar, los grandes comían con el plato en la mano, sentados en las sillas pegadas a las paredes. A nosotros nos daban bebidas y yo trataba de hacerlas durar, tomando de a poquito. Pero cuando nadie miraba, les daba unos buenos tragos.
De vez en cuando alguna señora nos mandaba a buscar algo o a llevar un plato a otra casa. Hacíamos el mandado y volvíamos corriendo. Pero había una cosa que nos tenía más preocupados: la torta.
Sabíamos que estaba guardada por ahí, pero todavía no nos dejaban acercarnos. Era de cuatro pisos y la habían puesto sobre una mesa alta, donde nosotros no alcanzábamos. Más de alguno se estiraba para comprobar que siguiera ahí. No fuera a ser que la cortaran sin avisarnos.
—Todavía está.
—Está completa.
Con eso volvíamos tranquilos a la fiesta.
Los novios bailaron el “Danubio Azul”. Teresa daba vueltas y el vestido se abría, y nosotros estábamos atentos a sus pies, por si de repente se pisaba la cola. El novio, en cambio, bailaba muy serio, como si estuviera dando una prueba.
De repente, el disco se quedó pegado. La misma parte de la canción empezó a sonar una y otra vez. Primero nadie dijo nada. Después todos se largaron a reír. Uno de los músicos corrió a levantar la aguja, pero Naldo, mi cuñado, gritó desde atrás:
—¡Ey, déjala descansar!
Todos nos largamos a reír.
Luego llegó el momento de cortar la torta. Los recién casados tomaron el cuchillo y empezaron a repartirla con una calma que a mí me parecía eterna. Yo contaba los pedazos y pensaba que, si seguían así, quizás no iba a alcanzar para todos. Cuando aparecieron los primeros trozos, nos acercamos al tiro.
—¡Dejen para los invitados! —gritó una señora.
Nosotros también éramos invitados. O eso creíamos.
Después el novio tomó el micrófono y cantó “Diana”, de Paul Anka. Las muchachas lo miraban sin pestañear y algunas hasta suspiraban. Yo no entendía por qué. Pensé que a lo mejor se estaban quedando sin aire.
Terminada la canción, el conjunto siguió con un popurrí de twists. Los grandes volvieron a bailar y algunos hasta se pusieron a saltar. Naldo ya llevaba varias copas y andaba cada vez más suelto de lengua.
Se acercó al baterista.
—¡Oye, no le peguí tan fuerte!
El músico siguió tocando.
—¡No te hagai el sordo! ¡Te estoy hablando a ti!
El bombo sonó más fuerte todavía.
Naldo hizo un gesto con el brazo, como diciendo que él no tenía nada que ver, y volvió a su silla. Nosotros nos reíamos, pero bastaba que Toyita lo mirara para que se quedara calladito. Mi mamá no necesitaba decirle nada. Con una pura mirada le paraba los carros.
Ya tenía sueño, pero no quería irme. Capaz que pasara algo y después todos contaran la historia a su manera.
Cerca de la una me senté junto a una ponchera. Ahí estaban los duraznos, flotando tranquilos.
Metí la mano y saqué uno. Estaba blandito y dulce, pero tenía un sabor raro, medio picante. Igual me gustó. Pensé que quizás quedaban así de tanto rato en el ponche.
Saqué otro y después otro más. Como nadie me decía nada, seguí comiendo. Al rato la música empezó a escucharse más lejos y las voces parecían venir desde otra parte. Me paré y sentí que el piso se movía.
Volví a sentarme y busqué a Toyita. Ella seguía bailando como si nada. El piso continuaba raro, pero nadie parecía darse cuenta.
A las tres de la mañana tenía un ojo abierto y el otro se me cerraba solo. Los recién casados ya se habían ido y Toyita se había sacado los zapatos de taco alto. Ahora andaba con sus chancletas y conversaba con la mamá de la novia, que estaba medio triste porque su hija se iba de la casa. Me gustaba verla así, porque parecía más mi mamá de todos los días.
Naldo estaba cocido como tagua. Contaba un chiste y se reía solo. Al rato lo volvía a contar y se tentaba otra vez.
Los músicos guardaban sus instrumentos y algunos vecinos todavía cantaban en el patio. Sobre las mesas quedaban vasos, botellas abiertas, platos con restos de comida y algunos pedazos de torta. Los perros se metían debajo de las mesas buscando algo que comer. Uno salió disparado con un pedazo de carne en el hocico. Supuse que ellos también habían sido invitados.
Ya casi me dormía cuando escuché una sirena. No le hice mucho caso. Pensé que iba a pasar de largo.
Volvió a sonar, esta vez mucho más fuerte. Los perros empezaron a ladrar y todos se quedaron callados. Alguien dejó la botella sobre la mesa y salió corriendo.
Por unos segundos nadie sabía qué pasaba.
De repente se escucharon varias voces juntas:
—¡Incendio!
Al tiro se me pasó el sueño.
Los vecinos salieron volando, como cuete. Por los techos empezaba a salir humo y, tres casas más abajo, ya se veían las llamas. Los mismos que hacía un rato andaban con platos, botellas y sillas, ahora corrían con baldes y sacaban sus cosas. Unos arrastraban colchones, radios y fotografías. Una señora salió abrazada a su máquina de coser, como si no pensara soltarla por nada del mundo.
El pick-up quedó en silencio. Una chispa pasó por sobre uno de los techos.
Todos levantamos la cabeza.
—¡Cuidado! —gritó alguien.
Toyita me agarró del brazo tan fuerte que me dolió.
—Panchito, quédate aquí.
Y me quedé. No quería que me soltara.
Al poco rato llegó el carro de bomberos con la sirena a todo dar. Los bomberos bajaron corriendo con las mangueras y los vecinos se hicieron a un lado. Yo me escondí detrás de los grandes. Quería ver, pero también me daba susto acercarme. A ratos alcanzaba a ver las llamas entre el humo y otras veces solo veía las piernas de los adultos.
El agua empezó a correr por la vereda y me dejó los zapatos empapados. Los bomberos gritaban de un lado para otro y los vecinos también. Nuestra casa estaba ahí nomás, a pocos pasos del fuego.
Pensé que las llamas podían pasar de una casa a otra y llegar hasta la nuestra.
Entonces empecé a pensar qué salvaría primero. Pero no sabía qué escoger. Todo me parecía importante.
De a poco el fuego fue bajando hasta quedar en puro humo. A las ocho de la mañana, las sillas seguían afuera, todas mojadas. Adentro estaban los vasos vacíos y los platos sucios. Una manguera cruzaba por ahí y los vecinos caminaban entre el agua, levantándose los pantalones para no mojarlos.
Un pedazo de torta seguía sobre la mesa. La noche anterior nos peleábamos por ella. Ahora estaba ahí, sola, como si nadie se acordara de que existía.
Las flores rojas del hule seguían debajo de las gotitas de agua y la ceniza.
Naldo seguía conversando con los bomberos y tirándoles tallas, como si fueran amigos que habían llegado tarde. Los demás hablaban bajito. Ya no había música, baile ni aplausos. Solo se escuchaba el agua corriendo por ahí.
Cuando todo estuvo más tranquilo, busqué a Toyita. Estaba dormida en un sillón de los Cepeda, junto a mi hermana Nelda, con las chancletas todavía puestas. Me acerqué despacito para no despertarla. Yo también ya me caía de sueño.
Entonces me acordé de los duraznos. Todavía tenía ese sabor raro en la boca.
La próxima vez me los comería antes de que los echaran al ponche.
Cerré los ojos y me acurruqué junto a mi mamá.

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