La noche que ardió la camanchaca
Opinión y Comentarios 15 agosto, 2026 Edición Cero 0
Iván Vera-Pinto Soto, Cientista social, pedagogo y dramaturgo.-
Yo tenía diez años cuando descubrí que Toyita podía tener miedo.
Hasta entonces creía que las madres sabían qué hacer frente a cualquier desgracia. Para la guatita, un té de hierbas; para el resfrío, agua caliente con miel y limón. Y si aparecía el susto, decían:
—No pasa nada.
Y uno les creía.
Hasta aquel atardecer, el día había sido como todos.
Habíamos tomado once con marraqueta y aceitunas. Nelda escondió bajo el plato el último pedazo de pan. Yo hice como que no la había visto. Ella sabía dónde guardaba mis bolitas; en esas cosas era mejor no meterse.
Afuera estaba Iquique.
Las paredes todavía estaban calientes y el polvo de los acantilados se metía por todos lados. A lo lejos sonaba una radio. Más cerca se escuchaban unos niños riéndose y una voz que gritaba:
—¡Erizo fresco!
La camanchaca fue apagando los sonidos hasta dejar la ciudad a medias.
Me asomé a la ventana. Al otro lado, pensé que podía haber alguien mirándome.
No dije nada.
Mi abuela Ignacia decía que, después de oscurecer, uno no debía confiarse de las cosas que se quedaban demasiado calladas.
Nelda tosió en la pieza.
Fui a verla.
Tenía entre las manos una cinta roja, vieja y sucia. Ignacia se la había regalado hacía tiempo y ella la guardaba como si fuera algo que no debía perderse.
—¿Qué haces?
—Nada.
Cuando Nelda decía nada de esa manera, quería decir que no me metiera.
—¿Todavía tienes esa cuestión?
La escondió.
—No es una cuestión.
—¿Entonces qué es?
Buscó la salida con los ojos.
—Nuestra abuela dice que sirve.
—¿Para qué?
Se encogió de hombros.
—Para cuando uno necesita algo.
Yo no entendía para qué podía servir una cinta. La había visto muchas veces, pero esa tarde me pareció distinta, como si estuviera esperando que alguien la tocara.
Ignacia hablaba de cosas que a mí me costaba entender. A veces le pedía favores al Ánima de la Patita con una naturalidad que me hacía pensar que la tenía allí mismo, escuchándola.
Yo no creía en esas cosas. Pero tampoco me gustaba pasar frente a una animita cuando empezaba a oscurecer.
Toyita estaba en el patio, lavando ropa. Retorcía una sábana entre las manos, como si quisiera sacarle algo más que el agua.
De pronto se detuvo. Miró el cerro. Luego buscó el mar. No se veía desde allí, pero en Iquique el mar estaba siempre.
—Panchito, entra.
Entré.
Antes de cerrar la ventana volví a mirar. El manto gris había subido un poco y luego volvió a bajar. Parecía que la ciudad respiraba.
A medianoche sonaron las campanadas del reloj de la plaza Prat. La última llegó apagada, como si hubiera perdido el camino.
Yo seguía despierto. Algo había cambiado.
Me acerqué al vidrio. La camanchaca parecía haberse equivocado de camino y, en vez de irse hacia el mar, decidió quedarse a mirar. Los perros no ladraban. Las calaminas habían dejado de crujir.
Todo estaba callado.
Entonces lo vi.
Un hombre de mirada extraviada andaba por la esquina. Caminaba medio chueco. A veces movía los labios, hablando con alguien que yo no alcanzaba a ver. De pronto se quedó estático y levantó lentamente la cabeza. Miró hacia el cerro y luego hacia donde estábamos.
La camanchaca pasó por detrás de él y, por un instante, solo quedaron sus pies.
De repente gritó:
—¡Incendio!
El alarido nos hizo saltar a todos.
Cerca apareció una llamarada. Después otra. Y otra más. Parecía que el cielo se estaba encendiendo.
El fuego saltaba de techo en techo, como si estuviera jugando. Yo pensaba que el mar podía apagarlo. Esa noche entendí que hasta el mar podía asustarse.
Las calaminas comenzaron a golpear y los vidrios estallaron. El humo bajó hasta nosotros y se mezcló con la camanchaca.
La neblina quiso entrar en las casas, pero el fuego la hizo retroceder.
El barrio ardía dentro de una nube.
Las puertas se abrieron de golpe. La gente salió como estaba, llamando a sus hijos y corriendo con baldes.
—¡Agua!
La manguera escupió primero aire y luego un chorro flaco. Los baldes iban de mano en mano.
Un perro salió corriendo entre las llamas. Una mujer fue detrás y le echó una frazada encima. Los dos desaparecieron en el gentío.
Yo no sabía qué hacer.
Mi madre sí. O eso creía.
Las llamas avanzaban hacia nuestro hogar.
Entonces la escuché:
—¡Nelda!
Ella seguía dentro.
Toyita corrió hacia la entrada, pero una nube negra la hizo retroceder. Tosió, se cubrió la boca y volvió a intentarlo.
Quise seguirla.
Me sujetó del brazo.
—Tú no.
—¡Nelda está adentro!
Volvió a agarrarme. Esta vez la miré.
Le temblaban las manos. Apretaba la boca. El incendio le hacía brillar los ojos.
Hasta esa madrugada yo había creído que las madres siempre sabían qué hacer. Pero Toyita estaba paralizada, como si por un instante hubiera olvidado qué hacer.
Sin decir nada, me soltó y avanzó sola.
Di un paso detrás de ella.
En ese momento, una figura apareció delante de nosotros.
Un hombre alto, de abrigo largo y raído. Cojeaba, pero caminaba derecho, atravesando los gritos como si vinieran de otro mundo. Al llegar junto a nosotros se detuvo y ladeó la cabeza. Parecía escuchar a alguien escondido en el aire.
Empujó la puerta y entró. El resplandor se lo tragó.
Toyita dejó escapar el aire. Yo también.
A unos pasos se levantó una pared de fuego. Detrás ya no había calle, solo una luz que hacía daño a los ojos. La nube oscura se quedó en la bruma. Parecía que la noche ardía.
Cerré los ojos. Conté hasta diez. Después hasta veinte. Nunca veinte había sido tan largo.
Esperé.
Nada.
Entonces escuché una tos.
Abrí los ojos.
Otra.
Más cerca.
Entre la humareda apareció el hombre.
Traía a Nelda en brazos. Parecía dormida. La cinta seguía apretada entre sus manos.
Toyita corrió hacia ellos, la tomó y la estrechó contra el pecho.
Yo miré la cinta. Estaba negra de hollín, salvo por un hilo rojo.
Me acordé del Ánima de la Patita. Decían que escuchaba cuando uno ya no sabía a quién pedirle.
No dije nada.
A nuestras espaldas, el techo se vino abajo. La calle tembló.
El extraño siguió caminando. Detrás, el fuego pasaba de una casa a otra y trepaba por las paredes, como si supiera adónde ir.
Los bomberos llegaron más tarde. Los vecinos acudieron con baldes, frazadas y ollas. Nadie preguntó de quién era la casa.
Todos ayudaron.
Cuando empezó a amanecer, el fuego se fue apagando. Todo quedó bajo una capa de ceniza y olor a quemado, y la gente empezó a buscar entre las ruinas algo que todavía pudiera reconocer.
Un panadero llegó con una bolsa de panes. Una vecina repartía té caliente. Otros llevaban mantas.
Nelda seguía apretando la cinta.
—Está toda negra —le dije.
Bajó los ojos.
—No.
—¿Cómo qué no?
—Todavía sirve.
Yo me reí. Ella no.
Nunca volvimos a hablar de aquello.
Aquel hombre estaba sentado en la vereda. Tenía la cara flaca y los ojos perdidos en la distancia. El humo pasaba despacio y, a ratos, se la cubría.
Me senté junto a él.
Quería saber cómo había encontrado a Nelda, cómo había logrado salir y por qué, tras entrar cojeando, había vuelto caminando derecho.
—¿Cómo supiste que estaba adentro?
No respondió.
Esperé.
—¿Cómo la encontraste?
Tardó un momento.
—La escuché.
—¿A Nelda?
Asintió.
—La tos.
Nos quedamos contemplando las ruinas.
En seguida señaló la cinta.
—Ella también escuchó.
No pregunté qué quería decir.
Sin avisar, se levantó y alzó la cabeza, como si siguiera algo que yo no podía ver. Con la primera luz, la bruma comenzó a abrirse.
Cruzó la calzada y siguió caminando hasta perderse a lo lejos.
Nadie sabía de dónde había salido. Después aparecieron quienes decían reconocerlo, aunque cada uno lo recordaba de una manera distinta.
Mi madre nunca desmintió a nadie. Yo tampoco.
Pero yo siempre lo recuerdo saliendo de las llamas con Nelda en brazos. Su cara se me perdió en la bruma.
La cinta permaneció.
Mi hermanita la guardó mucho tiempo en un cajón. Seguía negra, con apenas un hilo rojo. A veces la encontraba y me quedaba mirándola.
Aquella madrugada quedó lejos. Ya no recuerdo los baldes ni cómo amaneció el puerto.
Pero no olvidé las manos temblorosas de mi madre, la tos de Nelda ni al desconocido que apareció con ella en brazos.
Todavía, cuando la camanchaca baja desde Alto Hospicio y deja Iquique entre luces sueltas, cierro los ojos y escucho.
A veces, una tos.
Unos pasos.
Y espero.
Porque detrás de la camanchaca, alguien todavía parece estar buscando el camino de vuelta.

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