Edición Cero

 Iván Vera-Pinto Soto/ Antropólogo Social, Magíster en Educación Superior, Dramaturgo (La lluvia cesa. Los hombres lentamente salen al centro de la plaza, y se... Serie Teatro y Cuentos de la Memoria: Extracto obra teatral La Última Batalla

IVAN VERA-PINTO SOTO Iván Vera-Pinto Soto/ Antropólogo Social, Magíster en Educación Superior, Dramaturgo

(La lluvia cesa. Los hombres lentamente salen al centro de la plaza, y se sacuden el agua que tienen en sus cuerpos. A Pascual aún le duele la espalda. Hipólito le da ganas de orinar y se acerca al monumento. Pascual y Tiburcio, en un tambor grande, hacen una fogata para calentarse)

HIPOLITO: Permiso, “ganchos”. Con el frío que hace me dio ganas de mear…¿Y  esta estatua de quién es?

PASCUAL: Es el monumento del soldado desconocido.

TIBURCIO: Es decir, es de nosotros.

HIPOLITO: ¡Chucha! Entonces me estoy meando a mí mismo (Mira a la estatua mientras orina)  Es fea esta güeva… Está llena de caca de pájaros.

PASCUAL: Está igualita que nosotros: cagada.

HIPOLITO: Mejor debería llamarse monumento al soldado cagado.

 (Los tres ríen. Pascual y Tiburcio se acercan al monumento y también orinan)

TIBURCIO: ¿Para qué tantos monumentos, digo yo?

HIPOLITO: Lo mismo digo. Si al final los soldados pobres quedaron olvidados en el desierto, o en las profundidades del Océano Pacífico.

PASCUAL: Muchos de nuestros camaradas yacen olvidados en perdidas fosas comunes o cementerios en Perú.

TIBURCIO: El llanto de las madres, de los hijitos, de los amores, está también olvidado por el fatal paso del tiempo.

HIPOLITO: El dolor de los deudos ya es pasado, y los chilenos, en una gran mayoría, no conocen sus vidas, sus vivencias, sus familias, sus historias.

 (En un arranque de locura, Hipólito sube al nivel mayor del monumento y se aferra a la figura de la estatua. Dramatiza exageradamente la actitud de un general frente a su tropa)

HIPOLITO: Soldados: ¡La hora de los combates ha sonado! Vuestros varoniles pechos palpitarán pronto en las grandes emociones de los guerreros cuando se ven frente a frente de los enemigos de su patria. Sé bien que no necesito recomendaros el valor y sacrificio, porque conozco que la arenga de nuestra Patria “vencer o morir” está esculpida en vuestros corazones.

 (Los tres se ríen. Pascual, también se para en otro nivel de la estatua y comienza a pronunciar una arenga, de manera exagerada)

PASCUAL: ¡Soldados!: Hace cuatro años que defendemos el honor y la integridad del Perú y Bolivia contra la insaciable ambición de un enemigo salvaje, que, en su ceguedad, ha resuelto el aniquilamiento de nuestra Patria. Sé que nuestra Patria cuenta con ustedes, defensores decididos y patriotas resueltos a reivindicar su honra hasta el último sacrificio.

 (Los tres vuelven a reír)

TIBURCIO: La guerra terminó hace tiempo; ahora vivimos la batalla de la vida.

HIPOLITO: Sí, es verdad. Unos, sin esfuerzo la ganan y otros, con mucho esfuerzo la pierden.

 (Los tres hombres se acercan al cilindro encendido y calientan sus cuerpos. Transición)

TIBURCIO: Me muero de hambre.

PASCUAL: Y yo me siento cada vez más débil.

TIBURCIO: Con este ayuno obligado, luego vamos a comenzar a delirar.

HIPOLITO: Si seguimos así, capacito que nos vamos a volver locos, igual que mis camaradas cuando tomaban “chupilca del diablo” para ir al combate.

PASCUAL: ¿Chupilca?

HIPOLITO: Era aguardiente con pólvora negra. Una droga que te hacía ver demonios verdes.

TIBURCIO: Se volvían locos…

PASCUAL: Asesinos.

HIPOLITO: En la guerra, todos se convierten en locos asesinos.

PASCUAL: Hablando de locos, creo que hay buenos y malos…

HIPOLITO: ¿Cómo así?

PASCUAL: Si, pues, porque a veces hay que ser locos para encontrar la felicidad.

HIPOLITO: ¡Cresta!  Te pusiste filosófico.

TIBURCIO: ¿Qué quieres decir?

PASCUAL: Un antiguo profesor me decía que quien tiene razón, sin pasión, es como una piedra sin vida, huérfano de sentimientos.

HIPOLITO: (Sin entender) ¡Ah!…Te fuiste en la profunda…

PASCUAL: Tuve un maestro rural que me enseñó a pensar un poquito. Pero, luego, cuando entré al ejército, ya no tuve que pensar, sino acatar órdenes.

HIPOLITO: Así es la vida militar. Tení que obedecer no más – como me  decía  el oficial – vo no tení que pensar nada.

TIBURCIO: (Se dirige a Hipólito) Hermano, ¿cuál es su nombre?

HIPOLITO: ¡Chucha! …Hace rato que llevamos conversando, y todavía no nos hemos presentado. Me llamo Hipólito y ustedes…

TIBURCIO: Tiburcio.

PASCUAL: Pascual.

TIBURCIO: Hipólito, ahora que ya nos conocemos más, cuéntanos, ¿fuiste voluntario a la guerra?.

HIPOLITO: Ni cagando. Yo era joven, bueno para el vino y la fiesta. Era como se dice un “tiro al aire”. No me importaba mucho lo que pasaba en el país.

PASCUAL: ¿Y cómo llegaste a ser soldado?

HIPOLITO: No me van a creer. Un día estaba en un prostíbulo, güeveando con unas putitas, cuando de repente aparecieron unos soldados y tomaron detenidos a todos los “cabros” que estábamos ahí. Me agarraron medio caramboleado y me cargaron. Al otro día, desperté en la bodega de un barco, vestido con uniforme militar y una escopeta.

PASCUAL: ¡A su madre! A mí me ocurrió algo parecido. Estaba en una fiesta patronal de mi pueblo. De pronto, un pelotón de soldados rodeó la plaza y a todos los jóvenes nos llevaron a la fuerza en carreta al cuartel. Al poco tiempo era marinero del Huáscar.

TIBURCIO: Mi caso fue diferente. Yo me presenté voluntario para ir a la guerra.

HIPOLITO: Vo si que fuiste un patriota. Yo no. Por esos años era un “cabro” ignorante de toda la cuestión política. Lo único que me interesaba era pasarla bien y gozar la vida. Nada más. Después de la guerra, entendí que habíamos peleado por los intereses de los ingleses y los ricos, pero jamás por el pueblo chileno.

PASCUAL: Lo peor de la guerra fue lo que ocurrió después en mi país, en especial con los que quedamos vivos y mutilados. A mí no me dieron “chamba” en ninguna parte.

TIBURCIO: A veces, es mejor morir que ser pobre e inválido.

HIPOLITO: Hasta los amigos te echan al olvido.

PASCUAL: Cuando estás en un callejón sin salida no te queda otra cosa que convertirte en “choro”.

 (Sufre un mareo y se apoya en la escala del fondo)

HIPOLITO: Yo tuve varios camaradas que eran macanudos para usar cuchillos, corvos y puñales. Además, no tenían miedo para matar y morir. A los pocos años, cayeron en “cana” por “pungas”.

 (Tiburcio, se da cuenta que Pascual se encuentra mal. Se acerca a él y lo sostiene con sus brazos)

TIBURCIO: Pascual, ¿qué te pasa? ¿Te duele la espalda?

PASCUAL: Es todo el cuerpo… El hambre está haciendo estrago en mi cuerpo.

TIBURCIO: ¡Carajo!

HIPOLITO: ¿Cuántos días llevan sin comer?

TIBURCIO: Muchos. Ya perdí la cuenta. ¿Y tú?

HIPOLITO: Lo mismo: muchos.

TIBURCIO: Si no encontramos algo que comer creo que nos vamos a volver locos.

HIPOLITO: ¡Qué injusticia! Yo transpiré sangre por la gente de plata; conquisté territorios para que se hicieran más ricos y ahora no tengo ni un mísero pan que comer.

TIBURCIO: Los poderosos son fríos, distantes y calculadores. Actúan con la cabeza para cuidar sus riquezas. En cambio, los hombres corajudos y sensibles – como fuimos nosotros – son mediocres, débiles, ingenuos e ignorantes.

HIPOLITO: Algo tenemos que hacer para salvarnos de una muerte miserable.

TIBURCIO: ¿Qué estás pensando?

HIPOLITO: No sé…Se me ocurre asaltar el mercado que está ahí al frente.

TIBURCIO: ¿Tú crees que podamos hacerlo? Estamos muy débiles y no tenemos ni siquiera un arma para asustar a esa gente.

HIPOLITO: Pero tenemos la experiencia del soldado. Podríamos sitiar el mercado, y empezar arrinconar al enemigo para que se rinda. Y cuando lo tengamos en nuestras manos, le podemos obligar que nos entregue todos los alimentos que tiene en su poder.

TIBURCIO: ¿Y si no se rinden?

PASCUAL: Entonces quemamos el mercado y los rematamos cuando salgan despavoridos por las llamas.

TIBURCIO: Para que no muera tanta gente, puede ir uno de nosotros a parlamentar para que se rindan.

HIPOLITO: Tenemos que ensayar nuestro plan. A ver tú, Pascual, que estás más débil te vas a colocar a la retaguardia; allí detrás del tambor. Si salen a atacarnos, le tirai cualquier cosas; lo que pillí a tu alcance.

PASCUAL: Espera, patita, a mí ya no me gusta que me manden, menos un chilenito.

HIPOLITO: ¡Por la cresta! Aquí no hay chilenos, ni peruanos ni bolivianos. Somos todos iguales: vagabundos con hambre, no más, iñor.

PASCUAL: Está bien. ¿Pero qué les voy a tirar a esos desgraciados?. Aquí hay pura basura, pues.

HIPOLITO: No sé pu´… Cualquier güeva…

TIBURCIO: ¿Y yo qué hago?

HIPOLITO: Vo, así lo que dijiste…

TIBURCIO: ¿Qué cosa?

HIPOLITO: ¡Chucha! Vai a parlamentar con los güevones pa´que se rindan y no hayan muertos.

PASCUAL: Hermano, cuidado con esa misión. No te vaya a pasar lo que nos pasó a nosotros cuando, en la batalla de la Concepción, teníamos rodeados en la iglesia  a los rotos y fue un oficial para que se rindieran, y lo mataron los compañeros de Hipólito.

HIPOLITO: No hablí güeva… No fue así. Ustedes no mandaron a ningún oficial. Todo lo contrario, masacraron a todos los chilenos; hasta las mujeres las violaron.

PASCUAL: Y ustedes las tremendas cagadas que hicieron en Tacna, Chorrillos y Lima. Fueron unos asesinos y ladrones.

TIBURCIO: Ya no discutan más de tiempos pasados. Ahora, estamos en el mismo bando tratando de sobrevivir…

La última batalla fue estrenada por el Teatro Universitario Expresión en su XXXV Temporada, año 2014 y aún se mantiene en cartelera.

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