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Ricardo Balladares Castilla. Sociólogo, Mtr( c) Desarrollo Territorial. Diplomado en Defensa y Seguridad.- No es el título de una película de ciencia ficción. Es lo... Lluvia en el desierto. Las soluciones que aún estamos a tiempo de construir.

Ricardo Balladares Castilla. Sociólogo, Mtr( c) Desarrollo Territorial. Diplomado en Defensa y Seguridad.-

No es el título de una película de ciencia ficción. Es lo que vivió esta semana la región de Tarapacá; llovizna constante, a ratos lluvia de verdad, tormentas y viento fuerte, en el desierto costero más árido del planeta. Iquique y Alto Hospicio, dos ciudades que históricamente le han dado la espalda al agua —menos de dos milímetros de lluvia al año, una de las cifras más bajas de Sudamérica— vieron caer precipitaciones que, según todo lo que sabíamos, no deberían estar cayendo ahí.

Y no, esto no fue un evento aislado. Es el cambio climático golpeando la puerta de un territorio que sigue sin estar preparado.

La directora regional de Senapred lo llamó «variabilidad extrema». Yo prefiero llamarlo por su nombre. La naturaleza haciendo exactamente lo que nos llevan años advirtiendo, mientras nosotros seguimos actuando como si nada. El problema de fondo no son los dos milímetros que cayeron esta semana, sino que el próximo evento pueden ser diez, o quince.

Hay al menos cinco quebradas con riesgo aluvional identificado. Más de 3.500 clientes se quedaron sin electricidad. Se suspendieron clases, se cerraron accesos, se repartió nylon a los vecinos. Como si eso fuera una solución de fondo. Estamos respondiendo con parches a algo que necesita cirugía mayor.

Lo que está en juego, es la viabilidad de comunidades que llevan siglos habitando este territorio. ¿Qué pasa cuando el desierto deja de comportarse como desierto? Alto Hospicio es una comuna que creció 31% en apenas siete años, buena parte de ella construida en laderas de tierra salina que ahora el agua —esa misma agua que antes nunca llegaba— amenaza con hacer ceder.

Porque esto no es una abstracción ni una cifra en un informe. Son familias que se despiertan de madrugada porque el agua se filtra por el techo o por debajo de la puerta. Son calles que quedan intransitables porque nunca se diseñaron para drenar nada. Son niños sin clases y electrodependientes que dependen de generadores que a veces llegan a tiempo y a veces no. La pregunta que debería inquietarnos es qué va a pasar el día que caigan diez milímetros y no dos.

La institucionalidad que tenemos, hay que decirlo, es precaria. Está llena de buenas intenciones y bastante vacía de acción concreta. El Gobierno Regional tiene un fondo de emergencia. Los municipios tienen sus equipos. El MOP tiene estudios guardados en algún cajón. Senapred emite alertas.

Todo suena razonablemente bien en el papel, y en las reuniones del COGRID probablemente también. Pero cuando el agua empieza a caer de verdad, terminamos viendo lo mismo de siempre; parches, nylon, y la esperanza —bastante poco estratégica, hay que decirlo— de que no vuelva a llover.

Esto no es, un problema técnico. Es un problema político, de voluntad y de prioridades. Los municipios, el gobierno regional y los representantes del presidente tienen que sincronizarse de verdad, con plazos y condiciones claras, no solo con buenas palabras. El clima no está esperando a que nos pongamos de acuerdo. Las lluvias no piden permiso antes de caer. Y perder comunidades enteras por incapacidad de adaptación y resiliencia es una posibilidad real si seguimos tratando esto como un problema del futuro.

Hay que reconocer que Alto Hospicio dio algunos pasos; fue la primera comuna del país en tener un Plan de Acción de Adaptación al Cambio Climático. Suena bien, en efecto. Pero un plan sin recursos, sin ejecución real y sin fiscalización es, en la práctica, un folleto bien diseñado. Iquique, por su parte, arrastra una deuda histórica en planificación territorial.

En tanto, la región cuenta con su Plan de Acción Regional de Cambio Climático (PARCC), pero cabe preguntarse: ¿qué ha cambiado realmente, en la vida cotidiana de una familia, con todo eso sobre la mesa? El Estado —en todos sus niveles— sigue llegando tarde. Llega con nylon cuando debería llegar con obras de infraestructura. Llega con alertas cuando debería haber llegado, mucho antes, con planificación.

Pero todavía estamos a tiempo de cambiar el rumbo, y para eso hace falta proponer y ejecutar soluciones pensadas desde el propio territorio. Algunas ideas concretas; un plan maestro de drenaje urbano, con obras que además permitan capturar y almacenar agua; una moratoria a la construcción en laderas y suelos salinos, con reubicación gradual de las viviendas que ya están en riesgo; un sistema de alerta temprana con sensores en todas las quebradas, protocolos claros y educación comunitaria real,

Además, un financiamiento climático permanente, con presupuestos plurianuales que efectivamente se fiscalicen; y una gobernanza participativa donde el CORECC integre a la comunidad con voz y voto —tuve la oportunidad de participar en su creación en 2017, representando al Gobernador Provincial de Tamarugal, y ahí vi de cerca cómo las buenas intenciones chocan, una y otra vez, con la falta de recursos y la escasa participación.

Y quizás lo más importante; hace falta construir cultura de respuesta y fortalecer el tejido social, porque la primera línea de emergencia son los propios vecinos, no Senapred ni el MOP. Por eso debería existir un programa regional de educación en gestión de riesgos, con brigadas comunitarias que reconozcan los saberes locales como un insumo clave. Tarapacá tiene un capital social enorme que hoy estamos desperdiciando.

La resiliencia no es un concepto de seminario. Es la capacidad concreta de una comunidad para absorber el golpe y seguir de pie. Pero para eso hay que aceptar, primero, que el golpe viene, y prepararse en serio. No con discursos, sino con inversión, planificación y una mirada de largo plazo que no dependa de los ciclos electorales.

Tarapacá enfrenta hoy un desafío sin precedentes; un desierto que llueve, ciudades donde el agua nunca debió llegar, una población que sigue creciendo sin que la infraestructura la acompañe. La pregunta ya no es si va a volver a llover, sino qué vamos a hacer cuando eso pase. Por ahora, la respuesta sigue siendo alarmantemente insuficiente. Pero todavía podemos cambiarla, si actuamos ahora y no cuando ya no quede tiempo. Con los pies en la tierra y la mirada en cielo.

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