La lección BTS y el desafío de la izquierda en Chile
Opinión y Comentarios 5 julio, 2026 Edición Cero 0
Ricardo Balladares Castilla, sociólogo.-
Hay imágenes que deberían abochornar a toda la izquierda chilena, progresista y rupturista. Me refiero a esa fotografía mental del gobierno de J.A. Kast siendo literalmente acorralado por una comunidad de fans de un grupo surcoreano hasta verse obligado a justificar y repensar una decisión que habían presentado como técnica e inapelable. Mientras tanto, en paralelo, ese mismo gobierno avanza sin mayor resistencia en el desmantelamiento de la salud pública, en la precarización de las pensiones, en el derecho laboral, en la criminalización de la juventud y la protesta social. La pregunta que debería quemarnos la conciencia es obvia ¿Cómo es posible que el k-pop mueva más fibras políticas que la necesidad material? (*)
La respuesta no es cómoda, pero hay que decirla. Nuestra izquierda sigue derrotada en el terreno de la comunicación porque opera con una epistemología del siglo XX mientras el poder se ejerce en redes horizontales del siglo XXI. Y no vengan con que es culpa de los medios hegemónicos. Esa monserga ya no sirve. Los medios tradicionales son cada vez menos relevantes; el verdadero campo de batalla de la comunicación hoy está en los algoritmos, en los trending topics, en ampliar la identidad y en la capacidad de saturar el espacio digital con un relato que no pida permiso ni espere validación de la pauta oficial.
El caso BTS es el ejemplo perfecto de lo que Manuel Castells denominó autocomunicación de masas. La capacidad de decenas de miles de personas para auto-organizarse sin pasar por los canales institucionales de la comunicación vertical. Un montón de jóvenes y sus familias con celulares y conexión a internet logró en cuestión de horas lo que la izquierda orgánica no ha podido conseguir en meses; forzar al Estado a reaccionar, a improvisar, a pedir disculpas y a buscar soluciones en tiempo récord. Y lo hicieron sin partidos, sin dirigentes, sin declaraciones públicas ni complicados análisis de coyuntura. Lo hicieron desde el puro y brutal ejercicio del contrapoder digital. El ARMY logró el shock.
Ahora bien, el lector apurado podría decir que el concierto es solo un evento de consumo, no es política. Y ahí está exactamente el error de la izquierda. Para esos jóvenes y sus familias, el concierto no era un mero evento; era la concreción de un vínculo afectivo, de una identidad compartida, de un derecho que sentían legítimamente adquirido. Cuando el IND les dijo no, ellos no escucharon una resolución técnica. Escucharon un desprecio hacia su mundo, hacia su forma de vivir y de significar el espacio. Y eso, precisamente eso, es política en estado puro. La disputa por el sentido, por el reconocimiento, por la dignidad de lo que se ama. Pero ojo, ese amor se sostenía en la promesa de un lugar físico, el Estadio Nacional, un espacio concreto donde 180 mil personas iban a encontrarse. Sin eso, la experiencia digital se desvanece; sin la organización estratégica, el lugar se vuelve una postal.
La izquierda, en cambio, sigue empeñada en hablarle a la gente desde el déficit, desde la carencia, desde la tragedia, desde lo malo que va a suceder. Vamos a perder las pensiones, nos van a quitar la salud, el costo de la vida nos está matando, perdimos en dictadura, etc. Y todo eso es cierto, pero la verdad no es suficiente cuando el relato rival ofrece una narrativa de esperanza, aunque sea falsa. La derecha aprendió hace tiempo que se gana más con promesas que con denuncias; la izquierda parece condenada a ser la eterna aguafiestas de la fiesta neoliberal. El ARMY nos enseña que se puede hacer política desde el goce, desde la pasión, desde la defensa furiosa de aquello que nos constituye como sujetos. Pero también nos muestra que ese goce necesita un dónde y un cómo. Un estadio, pero también una demanda articulada; una calle, pero también una estrategia de presión que no termine con el atardecer de un viernes.
Y no me vengan con que la izquierda ya está en las redes, porque sí, está, pero las usa como un megáfono de opinología y comentarismo, no como una trinchera de articulación de luchas. Publican manifiestos, tuitean indignación y comentan noticias, pero no construyen comunidad digital capaz de traducir el clic en movimiento organizado. Ese es el gran salto que aún no damos.
La izquierda chilena no puede seguir pensando que las redes sociales son un apéndice de la política real; las redes son hoy el escenario donde se juega la legitimidad de cualquier decisión. Pero tampoco puede olvidar que sin territorio, sin organización en los barrios, sin presencia en los sindicatos y sin la capacidad de ocupar el espacio público con inteligencia, el trending topic se vuelve un fuego de artificio. Y, sobre todo, debe desterrar la ilusión de que el grito en la plaza de siempre, por sí solo, derriba ministerios.
No se trata de que la izquierda se convierta en una agencia de fans de BTS. Se trata de comprender que cualquier lucha por derechos sociales debe ser traducida al lenguaje de la inmediatez afectiva que hoy gobierna el espacio público digital, además de estar anclada en la organización territorial que le proporcione densidad en serio, y articulada con una inteligencia táctica que no confunda la catarsis con victoria.
La defensa o conquista de derechos sociales no puede ser un expediente técnico; tiene que ser un relato de promesa concreta. Pero ese relato debe ser impulsado por las organizaciones de base que sí tienen presencia en los consultorios, en las poblaciones y en los lugares de trabajo, y debe traducirse en acciones de presión digital que ocurran tanto en el algoritmo e impacten en el hogar, el sindicato y la unidad vecinal.
Mientras aquello no ocurra, el gobierno de Kast avanzará en sus reformas regresivas sin encontrar un contrapoder a la altura. No porque no haya razones para movilizarse, sino porque las razones no están siendo traducidas al lenguaje del afecto, la urgencia y la identidad, ni están siendo ancladas en el territorio que les dé sustentabilidad, ni están siendo canalizadas en una estrategia que desborde la ritualidad de la protesta fotografiada. O la izquierda aprende a comunicar desde el deseo, a organizarse desde el barrio y a pensar la protesta como una herramienta y no como un fin, o seguirá siendo espectadora de un mundo que otros construyen mientras ella aplaude o protesta en el lugar equivocado.
(*) NdelaR: “BTS al Nacional” es la consigna que fans de K-Pop utilizan para llamar a protestas pacíficas en distintas ciudades del país para exigir que el gobierno de Kast responda por la negativa gubernamental para autorizar la realización de shows de BTS en el Estadio Nacional para concretar recitales programados.
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