Edición Cero

Iván Vera-Pinto Soto. Cientista social, pedagogo y dramaturgo.- El reloj de mi familia tenía una costumbre que nadie consiguió explicarse: dejaba de andar cada... Que nadie nos quite la once

Iván Vera-Pinto Soto. Cientista social, pedagogo y dramaturgo.-

El reloj de mi familia tenía una costumbre que nadie consiguió explicarse: dejaba de andar cada vez que llegaba la hora de la once. Mi madre juraba que era una falla; mi abuela decía que solo necesitaba cuerda. Yo, en cambio, estaba seguro de que aquel mecanismo hacía una pausa para averiguar si todavía seguíamos juntos.

La tarde no llegaba a mi casa: se quedaba a vivir en ella. Entraba por las rendijas con olor a mar, parafina y pescado fresco; traía el rumor del puerto que apagaba lentamente sus luces mientras las gaviotas disputaban los últimos restos del día. Ahí empezaba la ceremonia que ningún calendario marcaba, pero que para nosotros era la más importante de todas.

En nuestro hogar nunca sobraba nada. A veces faltaban monedas en el monedero y faltaba también mi padre, sentado en una silla que llevaba mucho tiempo esperando. Yo tenía preguntas, pero los grandes las guardaban junto con sus silencios. Sin embargo, cuando llegaba la once, el comedor parecía volver a estar completo.

En la pared colgaba el antiguo reloj de péndulo heredado de mi bisabuelo. Algunos días adelantaba la vida; otros, se detenía como si escuchara voces que venían de muy lejos. Yo acabé creyendo que conocía secretos que los grandes preferían callar.

Por entonces la calle San Martín era todo mi universo. Más allá de sus esquinas comenzaba un territorio desconocido. En ese tiempo todavía no sabía que las penas de otros podían llegar hasta nuestra mesa.

El puerto seguía respirando, aunque los mayores repetían que una época llegaba a su fin. Venían familias desde la pampa con polvo en los zapatos y una tristeza escondida en los bolsillos. Decían palabras que yo apenas comprendía: cesantía, huelgas, oficinas cerradas.

Debajo de la mesa estaba mi lugar, donde Chumbeque dormía con un ojo abierto, esperando que alguna miga escapara del mantel. Tal vez el gato sabía algo que nosotros todavía ignorábamos.

Toyita, mi madre, extendía el hule floreado como quien preparaba un altar doméstico. La tetera llegaba con más agua que té, y el azucarero iba dando vueltas despacio, como si todos supiéramos que había que cuidarlo.

Y allí estaba Ignacia, mi abuela. Tomaba la marraqueta con ambas manos y levantaba lentamente la vista. No parecía contar personas. Medía hambres, cariños y ausencias. Nunca se equivocaba al partir el pan.

—¡Panchito, a tomar la once!

Yo entraba corriendo con el balón bajo el brazo y las rodillas marcadas por la calle. Detrás venía Chumbeque, que no necesitaba agujas para saber cuándo era la hora de la once.

Aquella tarde escuché decir que solo quedaba una marraqueta. Sentí un nudo en el estómago. Pensé que no alcanzaría para todos.

Ignacia abrió el canasto y encontró el último pan. Se quedó inmóvil, como si aquel pedazo de pan guardara la suerte de todos nosotros. Durante unos segundos nadie respiró. Hasta Chumbeque dejó de mover la cola. Entonces, el corazón de madera dejó de latir.

Nadie levantó la vista. Solo yo.

Mi abuela sonrió apenas, como quien ya había encontrado la respuesta. Comenzó a partirlo despacio: un trozo para Toyita, otro para mí, otro para la visita y otro más para quien pudiera llegar después. Cuando terminó, sobre el mantel quedaron apenas unos pedacitos de pan. Pero, de algún modo, nadie sintió que hubiera recibido menos.

—¿Y usted? —le pregunté.

Ella me revolvió el pelo con una sonrisa.

—Yo ya comí mientras preparaba la merienda.

Le creí. Los niños creemos en esas pequeñas mentiras que sostienen una casa. Fue en ese momento cuando algo cambió en la habitación.

Tac.

Tac.

Las manecillas volvieron a moverse, como si el viejo reloj hubiera quedado tranquilo al ver que el pan había alcanzado para todos.

En ese mismo instante Chumbeque se lanzó detrás de una miga, golpeó una silla y una taza cayó al suelo. El estruendo rompió el silencio, pero nadie se preocupó demasiado. Toyita recogió los pedazos con la serenidad de quien sabe que hay cosas mucho más importantes que una taza rota.

Después la vida empezó a vaciar la casa. Primero faltó Ignacia. Luego Toyita. También Iquique cambió de voz y aprendió otros sonidos. Pero hubo recuerdos que quedaron guardados como si alguien los hubiera encerrado dentro de una botella para que el tiempo no pudiera llevárselos: la ternura de mi abuela compartiendo lo último que quedaba, una tetera humeando entre las tazas y unas manecillas detenidas en la hora exacta en que nadie quedaba solo.

Hace unos meses llevé el reloj a un hombre que sabía conversar con las máquinas. Abrió su caja, examinó sus engranajes y sonrió.

—En todos mis años de oficio jamás había encontrado algo parecido.

Yo imaginé una pieza gastada, un resorte vencido, alguna pequeña fatiga de los años. Pero de entre las ruedas apareció una miga de corteza seca.

—Esto lo detenía.

La sostuvo en la palma de la mano como una reliquia. Era la última miga del pan que, en manos de Ignacia, siempre alcanzaba para todos. La guardé en el bolsillo. No sabía por qué, pero sentía que aquel pedacito guardaba algo que no quería perder.

Ahora, cuando tengo pan frente a mí, siempre miro alrededor antes de servirme. No lo aprendí en ningún libro. Me lo enseñó Ignacia.

Y algunas veces me parece escuchar un tac. Como si el viejo reloj todavía quisiera saber si seguimos todos en la mesa.

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