Edición Cero

Iván Vera-Pinto Soto. Cientista social, pedagogo y dramaturgo.-  I. La cadencia de las tijeras El último recuerdo que conservo de mi padre no es su... El rumor de las tijeras: Crónicas de Iquique

Iván Vera-Pinto Soto. Cientista social, pedagogo y dramaturgo.-

 I. La cadencia de las tijeras

El último recuerdo que conservo de mi padre no es su voz, sino el abrir y cerrar de unas tijeras sobre un paño de casimir. Durante años creí que aquel compás pertenecía a mi infancia. Bastaba escucharlo para que se abriera de nuevo la puerta de la sastrería London.

La luz del puerto entraba por el ventanal. El vapor de la plancha de carbón se mezclaba con el aroma del té de mi madre. Los rollos de lino, junto a los moldes gastados, esperaban el primer corte.

Aquel legado había llegado con mis abuelos, Guillermo y María, desde la «Ciudad Blanca» del Perú, cuando el salitre reunía sueños y destinos en el norte. Traían unas herramientas, una plancha de fierro y un oficio.

Con ellas levantaron la sastrería. Mi abuelo escuchaba las fibras antes de cortar; mi abuela, dedal en mano, hilvanaba las bastas y recibía a quienes llegaban con una prenda, una historia o una pena. En aquella casa siempre había una silla, una taza caliente y alguien dispuesto a escuchar. Nadie imaginaba que un día la ausencia comenzaría a vivir con nosotros.

II. El hombre que cortaba la tela

Cuando mi abuelo murió, mi padre continuó su obra. No hubo ceremonias. Solo un oficio que debía continuar. Días después abrió la sastrería. Encendió la plancha y vaciló un instante.

-Un buen traje comienza mucho antes de empezar a coser.

El esplendor del salitre se fue apagando. Los negocios cerraban y las familias partían. Pero aún llegaban empleados, profesores y muchachos con los ahorros justos para el primer terno. Mi padre los recibía igual. Escuchaba más de lo que hablaba.

-¿Para qué ocasión será?

Las respuestas cambiaban; el ritual, nunca. Asentía, doblaba el papel y la tiza comenzaba su recorrido sobre el paño.

Mientras otros aprendían los secretos del mar y la pampa, yo aprendía un lenguaje de telas, medidas y paciencia.

En una oportunidad me llamó a su lado

-Panchito, pasa la mano.

El género parecía suave. Él sonrió.

-Otra vez.

Volví a tocarlo hasta descubrir que una cara ofrecía resistencia y la otra dejaba deslizar los dedos.

-La tela habla. Si no respetas su dirección, nunca caerá bien.

Días después levantó una chaqueta terminada.

-Mírala bien. Nadie verá las puntadas, pero ellas sostendrán todo.

Si una se torcía, deshacía el trabajo y comenzaba de nuevo.

-Lo mal hecho siempre termina por notarse.

Afuera, sin embargo, el mundo terminó por perder el hilo. Con solo abrirse el umbral, la incertidumbre entraba con ella.

III. Cuando dejaron las tijeras abiertas

El miedo no llegó de golpe. Primero se instaló en las conversaciones. Los clientes bajaban la voz y miraban hacia la calle antes de terminar una frase. Joaquín seguía llegando puntual; dejaba el sombrero sobre la silla mientras Francisco cosía, como si cada puntada sostuviera algo que empezaba a romperse.

Cierta tarde terminó de marcar un traje azul oscuro. Alisó el paño con la palma de la mano, se detuvo y contempló las líneas de tiza. Luego murmuró, casi para sí:

-Estoy cosiendo para los dueños del miedo.

Las hojas volvieron a deslizarse sobre la pieza. Nadie respondió.

Hasta que una mañana llamaron.

Tres golpes secos.

La taza se inmovilizó frente a mi madre.

Sin previo aviso, cuatro hombres irrumpieron. El que los encabezaba dijo el nombre de mi padre y levantó un papel.

Nadie preguntó nada.

Dejó la tarea a medio camino. Acomodó el género por última vez. Luego levantó la vista y nos miró a mi madre y a mí. Quise correr hacia él, pero las piernas no me obedecieron. Ella dio un paso; Uno de los hombres extendió el brazo para impedirle avanzar. No hubo despedidas. Solo el golpe seco de las botas que se alejaban por la vereda.

Cuando el eco de aquellas pisadas se apagó, el tiempo pareció detenerse dentro de la casa. El vapor de la plancha todavía ascendía, el sol se filtraba por la ventana y las herramientas seguían abiertas, como si esperaran su regreso.

Durante semanas nadie supo dónde estaba. Mi madre mantuvo el negocio abierto. Barría el piso, limpiaba los muebles y, al caer la tarde, se sentaba junto a la entrada a esperar unos pasos que nunca volvieron. Yo evitaba acercarme. Todo seguía en su lugar; nadie se atrevía a tocar nada.

La noticia tardó semanas en llegar. Lo habían llevado a un lugar remoto del litoral, encajonado entre los cerros y el océano. Allí el viento parecía llevarse las voces de quienes quedaban atrás.

Pasaron los meses. Un amanecer, una llamada tenue quebró la espera. Mi madre abrió. Tardó unos segundos en reconocerlo. Yo también. Conservaba su rostro, pero algo en él había cambiado: el cabello prematuramente blanco, los hombros vencidos, como si hubiera regresado con un peso imposible de nombrar.

Entró despacio y fue posando la mirada sobre cada rincón, como quien regresa a lo que nunca dejó de extrañar. Tomó las tijeras. Las abrió y las cerró una sola vez. Las dejó donde siempre. Nunca habló de lo ocurrido. Desde entonces, había días en que permanecía inmóvil, incapaz de empezar.

No alcanzó a envejecer mucho más. Los médicos dijeron que fue el corazón. Yo supe que había empezado a morir la mañana en que salió rodeado de botas.

IV. La verdadera herencia

Durante años evité volver al local. Pasaba por la vereda de enfrente y seguía caminando. El letrero gastado, la pintura descascarada y las cortinas a medio bajar me hacían sentir que el tiempo aún permanecía allí.

No volví a la sastrería hasta mucho tiempo después. Regresé en busca de una parte de mí. El olor a lana, hierro y madera vieja seguía intacto. Sobre el mesón esperaba el viejo acero. Lo tomé, extendí un retazo y tracé una línea con la tiza azul.

El roce de las hojas convocó aquellos días: Guillermo inclinado sobre el paño; María junto a la ventana; Francisco trazando la tiza con la paciencia de quien sabía que cada gesto perdura. Por un instante, los tres habitaron de nuevo la sastrería. Entre el murmullo del acero y el olor de la lana, el taller recobró el aliento.

El tiempo había seguido su camino: las antiguas sastrerías habían desaparecido entre vitrinas y prendas pasajeras.

Dejé todo como estaba y apagué la luz. Antes de salir me detuve a mirar por última vez la sastrería. Me alejé. Detrás de mí, el abrir y cerrar de aquellas tijeras seguía allí.

Comprendí, al fin, que la memoria también tiene un sonido.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *