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Dr. Bernardo Muñoz Aguilar, Antropólogo Social, Universidad de Tübingen, Alemania.- Miles de iquiqueños e iquiqueñas se encuentran ya en el Santuario de La Tirana,... ¿Te veré el próximo año, Chinita?

Dr. Bernardo Muñoz Aguilar, Antropólogo Social, Universidad de Tübingen, Alemania.-

Miles de iquiqueños e iquiqueñas se encuentran ya en el Santuario de La Tirana, así como también miles de peregrinos provenientes de distintas regiones de Chile y de otros países, esperando la gran festividad que oficialmente se celebra los días 15 y 16 de julio. Como ocurre cada año, el pequeño poblado enclavado en el corazón del desierto de Tarapacá comienza a transformarse en un inmenso espacio de encuentro, fe, memoria y tradición.

Mucho antes de que la imagen de la Virgen del Carmen, la querida Chinita o Reina del Tamarugal, salga en procesión, el pueblo ya late con una intensidad difícil de describir. Los bailes religiosos llegan con días de anticipación para cumplir sus promesas; las familias vuelven a abrir las casas que solo ocupan durante estos días; las bandas afinan sus instrumentos y los peregrinos comienzan a llenar las calles, las plazas y los campamentos. El desierto, aparentemente silencioso durante gran parte del año, vuelve a convertirse en un territorio profundamente humano.

Desde la antropología, La Tirana constituye una de las expresiones más notables del patrimonio cultural vivo de Chile. No es únicamente una celebración religiosa. Es también una escuela de memoria colectiva, identidad territorial y cohesión social. Es una compleja manifestación de sincretismo cultural donde dialogan las antiguas tradiciones andinas con el cristianismo popular, dando origen a una identidad propia que ha logrado mantenerse viva durante generaciones.

Cada año más de doscientas mil personas llegan hasta este santuario. Allí desfilan las diabladas con sus espectaculares máscaras, los chinos con el sonido inconfundible de sus flautas, las cuyacas con sus cintas multicolores, los sioux, los dakotas, los gitanos y tantos otros bailes religiosos que convierten el poblado en un mosaico de colores, música y devoción. Las bandas, muchas provenientes de Bolivia, llenan el aire de bronces mientras el ritmo de las danzas parece desafiar el frío del desierto.

Las históricas diabladas del Goyo y del Manicero forman parte de la memoria religiosa de Iquique. Generaciones de bailarines y familias completas han consagrado su vida a la Reina del Tamarugal. Los preparativos comienzan durante mayo y junio en distintos barrios de la ciudad. Los ensayos se prolongan durante semanas hasta alcanzar la precisión que exige una promesa de fe. Cada paso, cada giro y cada toque de bronce constituyen una ofrenda que culminará frente a la Chinita.

Ya en el pueblo, durante el día sus calles polvorientas y un calor extremo del desierto acompañan los pasos de los bailarines, los visitantes y promesantes. De noche con un frío que cala los huesos la actividad no disminuye en las calles y en la iglesia que cobija a la Reina del Tamarugal, los bailes con sus sones y vestimentas recorren las calles hasta que llega el momento de cumplir su turno frente al templo.

Tengo un recuerdo muy especial de esta fiesta. En 1994 pasé allí mi luna de miel junto a Roxana. Permanecimos desde el 11 hasta el 19 de julio, alojándonos en el oasis de Pica. Cada mañana comenzaba con un jugo de mango recién preparado y los tradicionales alfajores de la zona, mientras observábamos cómo la población del pueblo crecía día tras día hasta convertirse en una verdadera ciudad levantada por la fe.

Recuerdo también las largas filas para ingresar al templo, los promesantes que avanzaban de rodillas o arrastrándose desde la cruz del Calvario hasta la iglesia, las lágrimas de quienes cumplían una manda y las madres que, como parte de antiguas promesas familiares, cortaban las trenzas de sus hijas frente a la Virgen. Son imágenes que impresionan profundamente y que hablan de una religiosidad popular que difícilmente puede comprenderse solo desde la razón.

La medianoche del 15 de julio continúa siendo uno de los momentos más conmovedores. En medio del intenso frío del Tamarugal, miles de personas acompañan a los bailes religiosos mientras globos iluminados ascienden al cielo y las bandas hacen resonar sus instrumentos en una ceremonia donde emoción, música y espiritualidad parecen fundirse en un solo lenguaje.

Al día siguiente llega la esperada procesión de la Chinita. Cuando la imagen aparece en la puerta del templo, el silencio se transforma en lágrimas, aplausos y cantos. Quienes tienen el privilegio de cargarla saben que ese momento permanecerá para siempre en su memoria. Yo mismo recuerdo haber observado esa escena desde el balcón de la familia Farías, contemplando una multitud donde cabían todas las edades, todos los oficios y todas las historias de vida.

Quizás allí reside la verdadera riqueza antropológica de La Tirana. Más allá del origen histórico de la leyenda de la ñusta sacrificada, más allá de las múltiples interpretaciones sobre el sincretismo religioso entre las antiguas creencias andinas y la devoción mariana, la fiesta expresa algo mucho más profundo: la necesidad humana de pertenecer a una comunidad, de agradecer, de pedir esperanza y de reencontrarse cada año con quienes comparten una misma tradición.

Hace pocos meses, el Premio Nacional de Historia, doctor Lautaro Núñez Atencio, publicó La Tirana: desde sus orígenes hasta la actualidad, una investigación monumental que aporta nuevas luces sobre la historia, el sincretismo religioso y la evolución de esta festividad. Es una obra indispensable para comprender la profundidad histórica y cultural de una celebración que trasciende ampliamente el ámbito religioso y constituye uno de los patrimonios culturales más importantes del norte de Chile.

Pero, por más libros que se escriban y por más investigaciones que se desarrollen, hay un momento que resume el verdadero significado de esta fiesta. Ocurre cuando termina la procesión, las bandas comienzan a guardar sus instrumentos, los bailes emprenden lentamente el regreso y miles de personas, con lágrimas en los ojos, miran por última vez el templo antes de partir. Porque en La Tirana no solo termina una fiesta; también concluye, para miles de personas, un ciclo de fe que esperan volver a vivir al año siguiente.

Atrás quedan las calles polvorientas, cada día más vacías. Los campamentos comienzan a desmontarse, los bailarines regresan extenuados a sus ciudades, a sus casas y a sus trabajos. El silencio vuelve lentamente al desierto, como si durante unos días hubiera contenido la respiración para acompañar a la Reina del Tamarugal. Entonces vuelve a escucharse la frase que acompaña a generaciones de peregrinos y que expresa, quizás mejor que cualquier estudio antropológico, el profundo vínculo entre la fe y la vida:

«¿Te veré el próximo año, Chinita?»

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