Edición Cero

Iván Vera-Pinto Soto. Cientista social, pedagogo y dramaturgo.- Hubo un tiempo en que las esquinas sabían más que los diarios. En el antiguo Iquique, las... La ciudad que dejó de conversar

Iván Vera-Pinto Soto. Cientista social, pedagogo y dramaturgo.-

Hubo un tiempo en que las esquinas sabían más que los diarios. En el antiguo Iquique, las noticias viajaban de boca en boca antes de aparecer impresas.

—¿Supiste que volvió el hijo de los Rojas desde Humberstone?

—Dicen que llegó anoche…

—Y parece que viene enamorado…

La escena no ocurre en un teatro, sino en una esquina cualquiera de aquel puerto nortino. Tal vez en calle Barros Arana, cerca del mercado, o en una banca de la Plaza Prat durante una tarde de domingo. Porque hubo una época en que la ciudad todavía sabía escucharse.

No se trata de idealizar el pasado. El Iquique de los años cincuenta, sesenta y setenta también conoció pobreza, crisis persistentes y profundas desigualdades, consecuencia del abandono con que el centralismo político trató durante décadas a las regiones del norte. Sin embargo, aún sobrevivía algo que hoy parece extinguirse: el hábito de convivir.

El filósofo Byung-Chul Han advierte que la sociedad contemporánea ha reemplazado la experiencia comunitaria por una lógica de rendimiento, velocidad y aislamiento silencioso. En medio de la hiperconexión digital, las personas hablan cada vez menos entre sí. Quizás por eso hoy resulta tan extraña aquella naturalidad con que antes los pobladores se relacionaban. Como señala en La desaparición de los rituales, “los rituales estabilizan la vida” y permiten construir vínculos duraderos.

Pero aquellos encuentros cotidianos no solo fortalecían afectos personales. También formaban conciencia cívica. En plazas, mercados, sindicatos y clubes deportivos, las personas aprendían a escuchar opiniones distintas, debatir ideas y sentirse parte de un destino común. La democracia también se ensayaba en esas pequeñas escenas cotidianas.

En el mercado, por ejemplo, nadie compraba solamente pescado o verduras.

—¡Caserita! Lleve albacora fresquita…

—¿Y cómo sigue su mamá?

—Mejorando, gracias a Dios…

Muchas veces, la compra terminaba convertida en un extenso coloquio. Los comerciantes conocían las historias familiares, preguntaban por los hijos y ponían al día la vida del barrio. La existencia diaria tenía un ritmo más humano. Todavía nadie sentía que escuchar fuera perder el tiempo.

El escritor Hernán Rivera Letelier retrató esa humanidad colectiva del norte salitrero: hombres y mujeres que sobrevivían gracias al humor, los relatos compartidos y la necesidad de reunirse para espantar la soledad del desierto. En muchos de sus personajes aparece esa comunicación popular que transformaba cualquier esquina en un pequeño escenario.

No era casual que en Iquique existiera esa intensa vida pública. La villa grande heredaba una larga tradición obrera y pampina donde la conversación, la asamblea y la organización colectiva formaban parte de la identidad nortina.

No resulta exagerado pensar que Iquique entero era eso: un gran escenario social. Los sábados y domingos, la Plaza Prat se transformaba en el corazón vivo de la urbe. Las familias se arreglaban para “ir a dar vueltas”. Los jóvenes caminaban lentamente alrededor de la plaza mientras las conversaciones se mezclaban con la brisa marina y el sonido lejano de las micros atravesando el centro.

Y entonces comenzaba el verdadero teatro del pueblo.

—Ahí viene la María…

—No la mires tanto, hombre…

—¿Y si hoy me atrevo a hablarle?

Muchos romances nacieron caminando cerca de la pileta, entre confidencias tímidas y silencios prolongados. Mientras tanto, en otro rincón, los adultos debatían sobre política, fútbol o trabajo.

—Este año Iquique va a cambiar…

—Eso dicen todos los años…

—Pero algo tendrá que pasar…

Aquellas pláticas aparentemente simples cumplían una función pública profunda. Allí se comentaban decisiones municipales, se criticaba a las autoridades y se compartían esperanzas de progreso. Mucho antes de las redes sociales, la plaza ya producía opinión pública.

El antiguo paseo ciudadano era una red social de carne y hueso donde circulaban noticias, afectos y preocupaciones colectivas.

El urbanista Richard Sennett sostiene en El declive del hombre público que la ciudad “enseña el arte de convivir con extraños”. Los espacios públicos, recuerda, son fundamentales para la vida democrática porque permiten el encuentro y el diálogo espontáneo.

En ese sentido, la formación ciudadana no depende exclusivamente de la escuela. También se aprende en la experiencia cotidiana de convivir con otros. Un niño que observaba conversar a sus padres con vecinos o comerciantes comprendía, casi sin darse cuenta, que vivir en comunidad implica escuchar, respetar y participar.

Hace algunos días observé una escena que me hizo pensar en todo esto. En el patio de comidas de un centro comercial, una familia compartía hamburguesas y bebidas mientras los padres permanecían atrapados por las pantallas de sus celulares. Durante largos minutos nadie habló.

Entonces comprendí que la soledad moderna ya no necesita aislamiento.

Hoy compartimos mesas y fotografías, pero no necesariamente presencia. Muchas veces el paseo ya no consiste en encontrarse, sino apenas en consumir imágenes y tiempo.

Posiblemente la modernidad nos entregó comodidad, rapidez y conexión inmediata. No obstante, en ese avance algo quedó atrás: la presencia auténtica. Antes, la vida transcurría afuera: en las plazas, en la feria, en el club deportivo y en las puertas abiertas de las casas.

—Vecina… ¿tomamos once?

—Pase nomás, si aquí siempre hay pan.

En muchas viviendas, la puerta todavía funcionaba como puente y no como frontera. No era un mundo perfecto. Sin embargo, aún existía tiempo para escuchar al otro.

Cuando desaparecen los ámbitos comunitarios, también se debilita el interés por el bien común. La indiferencia cotidiana termina afectando la participación social y el compromiso democrático. Una ciudadanía que ya no conversa difícilmente puede construir proyectos colectivos y termina dejando espacio a liderazgos que convierten la desconfianza y el resentimiento en herramientas de poder.

Iquique todavía conserva parte de la arquitectura del puerto y la memoria de sus históricos circuitos de sociabilidad. Pero entre el ruido del tránsito, las vitrinas encendidas y la hipnosis de las pantallas, parece haberse normalizado una forma de indiferencia donde el otro deja de importar.

Acaso esa sea una de las derrotas más evidente de nuestra época: aprendimos a comunicarnos con el mundo entero, mientras dejamos de hablarnos entre nosotros.

Referencias:

 Byung-Chul Han. (2020). La desaparición de los rituales: Una topología del presente. Herder Editorial.

Richard Sennett. (1978). El declive del hombre público. Anagram

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