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Hugo Reyes Gazzo, profesor y músico.- Hay profesores que enseñan fechas, batallas y nombres. Y hay otros —mucho más escasos— que enseñan a pensar,... Antonio Bussenius: el arte de enseñar conversando

Hugo Reyes Gazzo, profesor y músico.-

Hay profesores que enseñan fechas, batallas y nombres. Y hay otros —mucho más escasos— que enseñan a pensar, a mirar con profundidad, a escuchar el murmullo subterráneo de la historia como quien se acerca a un fuego antiguo. Antonio Bussenius pertenecía, sin duda, a este segundo linaje.

Profesor de Historia por vocación más que por oficio, Antonio hacía del aula un espacio vivo. No hablaba: conversaba. Su palabra no caía desde la cátedra, sino que se ofrecía como un puente. Preguntaba, provocaba, escuchaba. Tenía ese raro don de quienes saben que enseñar no es imponer una verdad, sino despertar una inquietud.

Amaba la Historia no como un archivo muerto, sino como una respiración continua del tiempo. Para él, los procesos históricos no eran solo sucesiones de hechos, sino dramas humanos, búsquedas, caídas y renacimientos. Tal vez por eso conectaba tan profundamente con sus alumnos: porque los miraba no como receptores, sino como conciencias en formación. Los respetaba. Los quería. Y ellos lo sabían.

Entre recreos, pasillos y largas pausas marcadas por el humo de innumerables cigarros —casi un rito personal—, Antonio se transformaba en un conversador incansable. El cigarro encendido parecía marcar el ritmo de su pensamiento: pausado, reflexivo, sin apuro. Sus colegas lo respetaban no solo por su saber, sino por su humanidad serena, por esa forma suya de estar presente sin estridencias.

Tuve el privilegio de compartir con él conversaciones que hoy guardo como pequeños tesoros. Hablábamos de Gurdjieff y sus caminos de despertar, de Crowley y los laberintos de la voluntad, de Osho y la conciencia plena, de corrientes esotéricas que, más allá de dogmas o modas, buscan lo mismo que la buena Historia: comprender al ser humano en su anhelo más profundo. Antonio no hablaba desde la erudición vacía, sino desde una curiosidad honesta, casi espiritual, siempre abierta.

En esos diálogos, la Historia dejaba de ser solo pasado y se volvía interior, íntima, actual. Como si cada civilización, cada corriente de pensamiento, fuera también un espejo donde mirarnos.

Hoy, al recordarlo, queda la sensación de que Antonio Bussenius no solo fue un profesor de Historia, sino un artesano del diálogo, un sembrador silencioso de conciencia. De esos maestros que no buscan ser recordados, pero que permanecen.

En las preguntas que dejamos abiertas.

En las conversaciones que no se apagan.

En el humo leve de una idea que aún flota en el aire.

 

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