Edición Cero

Waldo Aguilar Figueroa, hijo del papá Jano.-  Aún recuerdo cuando detuvo su bicicleta, su eterna bicicleta verde, recogió una piedra del suelo y la... Mi Papá el Jano, don Alejo Alejandro, en realidad se llamaba José Jacinto Ceballos Barra

Waldo Aguilar Figueroa, hijo del papá Jano.- 

Aún recuerdo cuando detuvo su bicicleta, su eterna bicicleta verde, recogió una piedra del suelo y la arrojó con fuerza contra un perro, un perro gigante que amenazaba con morderme. Yo en shock. Llorando. Asustado. Aterrado. Acechado por ese monstruo café. Esa fiera horrible, mostrando sus colmillos babosos que ya se cerraban sobre mi cara, en una mordida que trituraría mi pequeña masa encefálica.

Antes que pegara el salto para devorarme, mi papa se interpuso entre el perro y yo, con una fiereza mayor: la de un papá que no le teme a una bestia como esa ni a ninguna otra, la determinación, la fuerza del aguerrido corazón de padre no progenitor.

Me llevaba al colegio en su bicicleta verde, como pasajero diminuto, pasajero importante, sentado atrás de la bici, siempre pedaleante, luchador constante, como su lucha contra la pobreza, su ejemplo perseverante como su sentido de la responsabilidad, severo como su semblante. Pedaleaba y también me protegía mientras me educaba, nunca me sentí más seguro que ese día. Ese día comencé a sentirlo papá, no sólo a llamarlo así debido a ese concepto de mi niñez vacante y las enseñanzas de la mamá, considerarlo así, sentirlo Papá.

Yo era un niño de cinco años, tal vez 6, y nunca después me sentí más seguro que ese día. El papá Jano siempre me defendería, y no sólo de perros. Mas adelante, también del hambre, de la ignorancia, de la soberbia, del abandono, la mala clase, de monstruos aún más peligrosos que un canino callejero colérico, atacando circunstancialmente una bici verde en movimiento, me cuidó de monstruos como el odio, el rencor, la ira y la venganza. Amenazas más peligrosas, que si en el alma se quedan viviendo te devoran; te devoran el amor, lo vuelven sufrimiento. Mi padre también los espantó, no con una piedra, sino con su corazón hermoso y su cariño infinito. Me defendió de la vida, de los miedos, y los internos gritos de los temores más íntimos.

“Estos se llaman lazos, en el sur le dicen guaches, llámalos como quieras” dijo, mientras terminaba una docena con un alicate, esas trampas que mi papá hacia para atrapar conejos, me daba consejos “se amarran a una estaca y se martillan al suelo, mañana salimos temprano, vamos pal” Canelo”

Yo tenía 7 u 8 años cuando fui por primera vez con él a campo abierto. Para mí era una selva, un safari, una aventura llena de riesgos y posibles recompensas, peligros y adrenalínicas vivencias, criaturas salvajes, aves rapaces y animales que podrían devorarme si no fuera porque estaba el Papá ahí para defenderme, porque ningún monstruo real o imaginario podía derrotarlo. Él iba a cuidarme.

¿Dónde será la próxima acampada Papá? ¿Acaso la fogata deberá esperar muchos años para volver a ser encendida al amanecer? ¿La choca se quedará esperando en la improvisada mesa puesta entre árboles y malezas? ¿Quedarán llorando como yo los negros jarros con hollín de campo en primavera? ¿Dónde abrigo mis ojos exploradores al amanecer contigo en carpa mirando el mundo salvaje rural un invierno, un alba, un ocaso? ¿Dónde apago la linterna del camino pedregoso de verano? Aun veo tus pasos precediendo mi tránsito y mi destino para no caerme ni ser devorado por una culebra o mordido por una araña en los alrededores de la peña blanca.

¡¡Exijo comer conejo contigo ahora mismo!! Antes que el olvido cierre tu recuerdo, como las nubes negras el cielo, ese día que teníamos que regresar a casa antes de lo previsto, porque ese día lloraron igual que yo ahora que vas solo a encontrarte con la mamá y yo no voy todavía. No se coman todo el kuchen. Tendrán que guardarme sopaipillas y un trozo de la tortilla de rescoldo para cuando llegue mi día.

La vida se encargó de demostrarme que siempre tuviste razón, aunque la razón haya sido soberbia y su ego letrado alguna vez me convenció que no estaba contigo, porque sólo habías llegado a segundo básico. Papá. Ahora sé que los libros no son tan importantes, ni tan eruditos, ni tan sabios. Ahora sé que un rastrillo en tu mano rastrillando un jardín fue más instructivo que una clase de estructuras y superestructuras jurisprudenciales; más sabio que un sociologillo, que teorías filosoficacionicasempiricontologicales formales abstractas y conceptuales. Que alguna vez distorsionaron mi comprensión, me envenenaron verbalmente, tanto que me transformé en universitario soberbio y displicente y me llevó a subestimar tu sabiduría que por fin creo entender y predomina sobre cualquier academia o cualquier pedantería.

¿Dónde quedó la honda papá? Así le decías a la resortera, o como sea que se llame o la llamen hoy quienes tienen la suerte de conocerla, como yo gracias a ti, cuando cazabas con ella. ¿Dónde quedó? te pregunto Papá, porque quiero lanzar con ella un ruego al cielo que llegue tal vez a Dios para pedirle que te abrace.

¿Dónde quedó el morral de cuero? quiero guardar ahí tus consejos que se diluyeron en el camino cuando debí seguirlos y no me acordé de ellos, y volviste tu para recogerlos y entregármelos de nuevo. Gracias a eso aun los conservo. Y los llevaré colgados al hombro, hasta que sea el momento, de entregárselos como tu herencia a mi hijo Rodrigo. De tus sentimientos a mis sentimientos. De mis sentimientos que son tuyos, recuerdos que enseñarán a tu nieto.

Quiero que tus enseñanzas sean mi faro, que me orienta y advierte el peligro, quiero que tus perros se queden conmigo, el galgo lucero, hoy que La Mami te llama a su encuentro.

Los jardines hoy lucen caóticos y antisimétricos, los laureles reales lucen como indigentes urbanos y los árboles también de cerco (que llamabas “pitiporos”) se desordenaron, no hay quien pode los cipreses y las docas han descuidado su aspecto. Las casas de los patrones ya no se peinan, el azadón y la pala ya no trabajan, las regaderas ahora lloran como yo mientras alimentan a tus plantas y no encuentran consuelo ni subiendo escalera al cielo o bajando al suelo para recoger las tijeras que quedaron tiradas como las ramas que cortaste y hoy se deshojan al viento. Todos saben que te apagas, que no habrá más historias ni más mariscadas en la playa, no habrá más goles en los partidos del bosque del canelillo, ni junta con “los Llanca” y “los Picapiedras”, no habrá más pescados fritos con “los Piratas”.

El Capitán del equipo se marcha y yo me cuadro. Tus loros, perros y tus pájaros hacen reverencias y honores a tu paso. Adiós te dicen, comienzan a despedirse en este día que duele como una yaga incandescente y pesa como una cadena, como la implacable, como la innombrable que se asoma que se siente.

Dios te ha dado la venia para que nos dejes aquí y te vayas. Te mandó un cura para que no olvidará la fecha para que yo la recordara. Se la preguntaste. El tiempo pasa, no sé cuánto me quedo como tus jardines chascones, como todas tus plantas, tus gatos, tus canciones y en mi corazón tus palabras. Lo que heredaste se queda y eso lo logran solo quienes con su obra sembraron alegrías y esperanzas.

Siempre fuiste bueno papá, no hiciste nada cuando me comporté como una bestia, cuando fui irrespetuoso, no merecía tu cariño ni tu pena. Decidiste esperarme, esperar a que yo creciera. Nunca me abandonaste. Esperaste que yo aprendiera. Siempre tuviste fe en que yo podía llegar a ser. En quien yo era.

“Don Alejo, cuanto me cobra por pintar la casa, oiga, pos hom” dijo con su papa en la boca, un señor, irrelevante para esta historia, pero con plata, y ganas de pintar su casa en la playa, su veraniega residencia hoy llena de alarmas. Le hago un precio patrón” dijo el Papá Jano. Gracias don Alejo dijo el hombre cuando el papa Jano le hizo llegar el presupuesto.

Las casas ya no se ponen ropa nueva como todos lo veranos. No se bañan los jardines. Las perdices no se ríen por la mañana. Las trampas ponen conejos, el sol broncea las carretillas que llevan tu trabajo en sus espaldas. Pero ya no hay presupuestos para pintar casas o arreglar cercos, no quedan brochas para untar en azul. Ni manzanas, damascos, ni duraznos que se aferren al árbol mientras tu extraes de sus manos verde-ramas frutas de la estación, berros, nalcas, para llevarlos a mi plato a mi mano, mi manito que, en la bici, cuando vas a dejarme al colegio, te abraza.

Una liebre asada, o trutritos de perdices, huevitos de gallina, de codornices, u otras delicias y manjares que no volveré a probar en esta selva urbana, llena de simios y hienas en manadas.

¿Qué hago ahora que te vas y quiero la última rayuela, el ultimo dominó quiero la última ranchera?’ Papa, tráete la radio. Que Dios te espere. No te necesita como yo, aunque no te haya visitado lo suficiente, y me alejé más tiempo del prudente.Los postones ya no empuñan los rifles, que fingen y disimulan cacerías proscritas por el tiempo añejo. Papa Jano te vas, y yo me quedo don Alejo.

Extinto Don José Jacinto queda en mi tu disciplina, has dejado tu garra Ceballos Barra. Mi papa Jano don Alejo en realidad se llama José Jacinto Ceballos Barra, que pena más brava. Que forma de llamar al viejo más rara. Papá yo lo llamaba. Janarro, la mami y otros lo apodaban. Los patrones lo respetaban y contrataban como don alejo. Para mí era el viejo. Simplemente mi papá, que me defendió de un perro y de prejuicios, que me crio hijo, aunque no tuviera su apellido. Aunque no pueda leer hoy las líneas que en su honor escribo, ni pueda devolver a Dios este dolor. ADIOS.

 

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