Cuando Iquique cabía en un Liceo
Opinión y Comentarios 30 mayo, 2026 Edición Cero 0
Iván Vera-Pinto Soto. Cientista social, pedagogo y dramaturgo.-
El Liceo de Hombres Bernardo O’Higgins de Iquique no era solamente un establecimiento. Era un puente. Un lugar desde donde muchos aprendieron que el mundo era más grande que el barrio, pero que también podían encontrar en él un sitio propio. Detrás de su portón de pino Oregón, gastado por la sal y los años, comenzaba otra respiración de la ciudad.
Afuera quedaba el puerto: grúas detenidas bajo el sol duro, el olor persistente de la harina de pescado, el viento con arena que sube desde la costanera. Adentro, otra ley: campanas, filas, pasos sobre madera antigua, un orden que nadie explicaba porque parecía haber existido eternamente.
Cada mañana el portal crujía como si le doliera abrirse. Ese sonido partía el día en dos. Entraban jóvenes con polvo en los zapatos y la ciudad todavía encima: hijos del muelle, del comercio, de la pampa, de la precordillera que aún respiraba en algunas familias. El uniforme azul y gris intentaba borrar diferencias, pero estas persistían en los gestos, en las formas de hablar, en la manera de ocupar el patio como si cada cual defendiera un pequeño territorio invisible.
En los muros del recinto aún vibraban las palabras del himno, repetidas hasta volverse respiración: “La vanguardia de Chile formamos, nobles hijos de Tarapacá…”. No era una consigna. Era un modo de decir “aquí estoy” en una comunidad que nunca dejaba de preguntar de dónde venía cada uno.
El antiguo caserón absorbía el clima como una piel vieja. En verano retenía el calor áspero del mediodía; en invierno, la humedad costera volvía más lentos los pasillos. A ratos, el liceo parecía un barco inmóvil, crujiente, lleno de voces inmaduras tratando de orientarse en un mapa que todavía no comprendían.
Recuerdo que una mañana de junio, la camanchaca quedó suspendida sobre la bahía y el frío se coló por una ventana rota del segundo piso. El profesor siguió escribiendo en el pizarrón como si nada. Los estudiantes, inclinados sobre los cuadernos, escribían con las manos heladas. Nadie pidió detener la clase. Nadie reclamó.
Con el correr del tiempo entenderían que aquella lección no estaba en lo escrito: la educación pública también se aprendía en la intemperie, en ese empeño silencioso por seguir adelante cuando todo invita a detenerse.
Existía una ley silenciosa: lo que ocurría allí dentro permanecía, adherido a sus paredes como el salitre que el tiempo no consigue borrar. Y esa huella se parecía a la gente: tenía rostros conocidos, voces familiares y esa terquedad de permanecer en el recuerdo.
Ada Gahona hacía del francés una música que parecía venir desde otra costa. Angelina Chiang tensaba el castellano hasta volverlo exacto, casi ritual. Godofredo Morales llevaba la historia a su borde incómodo, donde deja de ser relato y se vuelve pregunta. Domingo Sacco insistía contra el olvido con una calma obstinada. Adriana Peirano abría los libros como quien abre una rendija de aire. Guillermo Arredondo desarmaba la solemnidad con conversación y humor. Violeta Contreras dejaba una huella leve, casi sin levantar la voz. El cura Domingo Soto hablaba despacio, como si acompañar fuera una manera de enseñanza. Y hubo otros profesores, varios de ellos ya envueltos en la neblina de los años, que sostenían cada jornada sin reclamar mérito alguno. En esa perseverancia cotidiana encontraba refugio una dignidad sencilla y profunda.
Los inspectores Julio Vallejos y Agustín Calle recorrían los pasillos con una calma que imponía respeto. Bastaba su presencia para que el bullicio cediera y la vida del liceo volviera a su cauce. En la oficina central, el rector Orlando Graboloza sostenía una idea firme: La escuela como una instancia para aprender a vivir con otros, no solo como una institución encargada de administrar alumnos.
Pero el liceo también era desborde. En los recreos estallaba otra realidad: carreras, gritos, discusiones que nacían y morían en minutos. Allí se aprendía lo que no estaba en los programas: la amistad, la rivalidad, el miedo a quedar afuera, la necesidad de pertenecer.
Una vez, una pelea detuvo todo. Dos muchachos quedaron frente a frente, tensos, sin avanzar ni retroceder. El círculo alrededor se cerraba en suspenso. Nadie intervenía. Entonces sonó la campana del final del recreo. El sonido cayó como una orden inevitable. Los cuerpos se dispersaron. La vida volvió a su terreno, aunque ya no era exactamente el mismo. Mucho después se entendería que crecer también era aprender a contener aquello que, de pronto, puede desbordarse.
En los actos cívicos, las voces temblaban antes de afirmarse. En los talleres artístico-culturales, el recinto respiraba de otra manera: por un instante, el norte dejaba de ser solo esfuerzo y sobrevivencia y se abría al canto, al teatro, a la imaginación, a un futuro que parecía posible.
Sin saberlo del todo, ese edificio era uno de los lugares donde varias generaciones aprendían a reconocerse unas a otras. Más adelante, el tiempo cambió de pulso. El puerto perdió algunos de sus aromas. Las casas envejecieron sin aviso. Y algo en la confianza colectiva comenzó a resquebrajarse, como una pared castigada durante más de un siglo por el aire marino.
Un día, la entrada dejó de sonar como antes. No porque hubiera cambiado, sino porque ya casi nadie la esperaba. Entonces se entendió, sin palabras, que algunas épocas no se van de golpe. Se van quedando sin testigos, como una canción que poco a poco deja de escucharse. Los muros siguen en pie, pero aquello que les daba significado empieza a retirarse en silencio, sin aviso, como si nunca hubiera pensado marcharse.
Y, sin embargo, algo permanece. Basta una fotografía olvidada en un cajón, el redoble distante de una banda escolar o un nombre pronunciado al pasar para que regresen aquellos días. Vuelven el viento recorriendo los corredores, las voces mezcladas en los recreos, la sensación de que el mundo todavía estaba por comenzar.
Porque el antiguo liceo nunca fue solamente sus muros. Fue también las voces que lo habitaron, los afectos que nacieron en sus patios y las preguntas que acompañaron a tantos jóvenes mientras aprendían a encontrar su lugar en el mundo. Fue una manera de aprender a estar con otros, de descubrir quiénes éramos y quiénes podíamos llegar a ser. Por eso sigue allí, más allá de los años y de las ausencias, habitando una memoria compartida.
Muchos cruzaron ese umbral creyendo que iban simplemente a clases. No sabían que también estaban entrando en un espacio que, con el tiempo, entraría para siempre en ellos.

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