La retórica derechista: Cuando declarar la “Guerra al Narco” es rendirse.
Opinión y Comentarios 25 octubre, 2025 Edición Cero 0
Ricardo Balladares. Sociólogo y Analista Político.-
La reciente declaración de la candidata Evelyn Matthei, afirmando que “deberíamos estar en guerra con el narco”, ha resonado con la fuerza contundente de un eslogan simple para un problema complejo. Sin embargo, lejos de ser una muestra de determinación, esta frase es la cristalización de un pensamiento pobre, peligroso y profundamente ignorante sobre la naturaleza del narcotráfico y los mecanismos para combatirlo. Analizarla desde sus fundamentos teóricos, sus implicancias estratégicas y sus desastrosas consecuencias tácticas revela por qué este discurso es, en sí mismo, una capitulación ante el problema.
El Error Conceptual de Legitimar al Enemigo.
Hablar de “guerra” no es un término neutro. En la teoría política y militar, una guerra supone un conflicto entre dos o más actores que se reconocen como beligerantes, con un control efectivo sobre territorios y una capacidad de fuerza simétrica o, al menos, comparable. Al declarar la “guerra al narco”, el estado está realizando un acto de reconocimiento tácito. Está elevando a las organizaciones criminales a la categoría de “enemigo” en un sentido bélico, un estatus que les confiere una legitimidad macabra y una paridad simbólica que no merecen.
El narcotráfico no es un ejército convencional; es una red parasitaria, un cáncer social que opera desde la clandestinidad y la corrupción. Su poder no reside en la superioridad militar, sino en su capacidad de infiltrar las instituciones, el mercado y el tejido social mediante prebendas y dinero. Tratarlo como un enemigo en pie de igualdad es un error categorial. La estrategia inteligente, por el contrario, consiste precisamente en negarle ese estatus. Es tratarlo como lo que es: un delito complejo, una amenaza a la seguridad pública, pero nunca un rival beligerante. Reconocerlo como tal para una guerra es, en teoría, la primera y más grave derrota: admitir que ha crecido lo suficiente como para ser considerado una fuerza beligerante.
La Lección Sangrienta que la derecha se niega a aprender.
Estratégicamente, la metáfora de la “guerra” ha sido un fracaso monumental en todo el continente. El caso de México es el manual de lo que no se debe hacer: una década de declaraciones belicosas que desataron una violencia sin precedentes, con más de 300,000 muertos y decenas de miles de desaparecidos. ¿El resultado? Las cárteles no solo no fueron derrotadas, sino que se fragmentaron, se diversificaron y se volvieron más violentas.
La estrategia de la “guerra” se centra en el uso de la fuerza bruta: operativos militares, enfrentamientos, balaceras. Esta aproximación ignora por completo la naturaleza del negocio. Por cada capo abatido o microtraficante detenido, surgen diez más para ocupar su lugar, porque el problema de fondo —la demanda, la falta de oportunidades, la marginalidad— permanece intacto. La guerra es un enfoque puramente reactivo y supuestamente “duro” que, en la práctica, fortalece a los grupos criminales al aumentar los precios de las drogas y los riesgos, lo que a su vez incrementa sus ganancias y su poder de fuego.
La verdadera estrategia, la que exige inteligencia y no solo músculo, es la que busca desarticular, no solo disparar. Esto implica un trabajo de inteligencia financiera para cortar los flujos de dinero, inteligencia policial para infiltrar redes, y una justicia eficaz que pueda procesar a los líderes y lavadores de activos. Es una estrategia aburrida, que no genera titulares espectaculares, pero que es infinitamente más efectiva. Declarar la guerra es optar por el espectáculo de la pirotecnia sobre la efectividad de la cirugía.
La Crítica Táctica: El Costo en Vidas Inocentes y el Territorio Perdido
Tácticamente, una “guerra” tiene un campo de batalla: las calles, los barrios, las plazas públicas. Y en toda guerra, las bajas colaterales son inevitables. Al adoptar este marco, el Estado está tácitamente aceptando que la muerte de civiles es un precio a pagar. Los niños que juegan en una balacera, los comerciantes extorsionados, las familias desplazadas por la violencia, se convierten en “daños colaterales” de un conflicto que ellos no pidieron.
Esta aproximación táctica, basada en la confrontación directa, aleja a la comunidad del Estado. La población, atrapada entre dos fuegos, termina por no cooperar por miedo a represalias. La “guerra” destruye el puente más importante en la lucha contra el crimen organizado: la confianza ciudadana. Sin denuncias, sin información, sin colaboración, las fuerzas de seguridad quedan ciegas. La táctica inteligente, en cambio, es la de la proximidad: policías de barrio, programas sociales, protección a testigos. Es una táctica que busca proteger a la población, no usarla como escudo humano en un conflicto abstracto.
Conclusión: La Ignorancia como Programa de Gobierno.
Las frases de los candidatos de la derecha: Matthei, Kast y Kaiser no son solo un error; es la promesa de un camino trillado hacia el abismo. Es populismo puro de ofrecer una solución simple, viril y fácil de digerir para un problema que exige complejidad, inteligencia y paciencia. Es una frase que huele a pólvora y resuena con el eco de los fracasos de México y Colombia.
Criticar esta postura no es ser “blando con el narco”; es todo lo contrario. Es entender que ser “duro” de verdad no consiste en gritar consignas belicosas, sino en tener la inteligencia y la valentía de implementar estrategias sofisticadas que ataquen las raíces económicas y sociales del crimen, sin convertir a la población en el campo de batalla. Declarar la guerra al narco es, en última instancia, la rendición de la inteligencia ante la idiotez, y es un lujo que un país que dice valorar la vida de sus ciudadanos no puede permitirse.
Aún estamos a tiempo de no llegar a la guerra; la inteligencia lo dirá.

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