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Gonzalo Prieto Navarrete, Sociólogo. Concejal de Alto Hospicio.- (*) La confianza pública, según Zygmunt Bauman, es el vínculo entre el proyecto individual y el... ¿Para qué una nueva Constitución?

Gonzalo Prieto Navarrete, Sociólogo. Concejal de Alto Hospicio.- (*)

La confianza pública, según Zygmunt Bauman, es el vínculo entre el proyecto individual y el proyecto colectivo, y eso se ha roto en Chile. Hay un sistema económico, político y cultural que ha minado, socavado y diluido las estructuras que permitían a las personas creer y convivir.

Después de la Segunda Guerra Mundial, quienes ganaron comprendieron la necesidad de mantener su sistema económico y social. Para ello se requería establecer condiciones de vida básicas y universales, lo que permitiría una integración social de los individuos. Sin embargo, poco a poco, la globalización y la exacerbación de una economía de mercado capitalista, terminaron por instalar la idea de que lo único importante era su propia capacidad de mejorar, y por el contrario, todo aquello que significara cooperar con otros, y confiar en aquellos que decían trabajar para el bienestar general, no era más que un engaño.

La sociedad comenzó lentamente a desintegrarse y los grupos de interés perdieron sus estructuras tradicionales de cooperación. Al cabo del tiempo las personas han descubierto que mientras haya dinero y cierta estabilidad todo funcionaría más o menos bien, asumiendo el mercado como una cualidad positiva en sus vidas y la posibilidad de lograr ese ideal, que, aunque no esté tan claro, parece darles sentido. Pero ¿qué pasa cuando ese sistema se cae? Cuando las vidas de las personas sufren un traspié importante como una enfermedad, desempleo o un accidente.

Dicho sistema ha permitido a la gente mayores ingresos, pero que por lo general no alcanza para invertir o ahorrar y mantiene endeudadas permanentemente a las economías familiares para lograr el supuesto “estándar de vida necesario”. Muchos carecen entonces de lo básico e imprescindible para vivir. Esas mayorías son las que frecuentemente clasificamos como clases medias. Y qué pasa con aquellos que no tienen la posibilidad de endeudarse. El mercado también ha logrado penetrar en ellos, manteniendo un peligroso sistema financiero que consiste en endeudarles igual. Miles de millones de pesos se mueven entorno a esto y sostienen no sólo la economía, también la política del país.

La consecuencia de esto es la enorme desintegración, la destrucción de la cohesión social del país y por consiguiente la inestabilidad de una sociedad que debiera ser colaborativa y democrática. Este es uno de los desafíos más complejos que debemos enfrentar. La evidencia más clara la vemos en la actualidad. La pandemia nos ha pillado débiles, divididos, empobrecidos y desconfiados de todo, y por buenas razones.

El estallido social puede verse como el resultado desastroso del modelo económico y social actual, que trata a las personas como clientes y no como ciudadanos, provocando que nos agrupemos para defender nuestros intereses y supuestos privilegios ganados con el esfuerzo personal, pero que incubó el hecho de que vivimos en una cuerda floja, donde tarde o temprano, caeremos al precipicio. La gente salió a decir que este modelo ya no va más, que no podemos continuar como hasta ahora. Sin embargo, no hay claridad sobre qué es lo que se quiere construir hacia delante. Sólo sabemos que debemos cambiar y recomenzar.

Ese nuevo comienzo tiene como inicio formal la posibilidad de una nueva Constitución. Un asunto que algunos tratan desde la perspectiva jurídica y procedimental. Algo muy propio del siglo XX, esa cosa de que cada uno a lo suyo, compartimentando el conocimiento, especializándolo y otorgándole un poder especial a quienes lo ostentan y reproducen para sí mismos. Nada más alejado de lo que necesitamos ahora.

La Constitución es donde nos reunimos para definir quiénes somos, qué deseamos y para dónde vamos. O mejor dicho ¿qué pasos daremos para lograr esa idea de convivencia común? Debemos comprender la nueva Constitución como la posibilidad de volver a encontrarnos como personas, como seres humanos. En ese encuentro debemos decidir qué tipo de sociedad queremos ser y cómo avanzaremos para lograrla.

Es una oportunidad para tejer la cohesión social necesaria, donde juntos encontremos las respuestas a los desafíos del presente y del futuro. Para ello necesitamos una actitud abierta a la escucha, propositiva y conciliadora. No es el uno contra otros, sino la máxima del triunfo de los seres humanos: la cooperación.

Debemos desarrollar las posibilidades para que esto ocurra y lograr una nueva carta magna que implique el inicio de una sociedad chilena más humana y cooperativa. Donde las necesidades básicas estén cubiertas por el conjunto de la sociedad, teniendo en cuenta que no somos el centro de la tierra, sino parte de ella. Que nuestro medioambiente natural debe ser protegido y que nuestra interacción con él debe ser equilibrada para lograr que nuestros hijos, hijas y nietos puedan tener la oportunidad de realizar sus propios proyectos de vida, sin tener que solucionar nuestros errores. Que todos podamos tener libertad y desarrollar nuestras capacidades, no para competir, sino para colaborar en la construcción de esa sociedad que juntos decidiremos.

Es un espacio para discutir en profundidad que los recursos y su explotación tienen límites. No sólo debemos debatir cómo distribuirlos, hay que pasar a la etapa dónde resolveremos cómo crearlos, de tal manera que ello implique la sostenibilidad de la vida común y que la economía sea un instrumento para el bienestar. Es el diseño de nuevas estructuras de poder que nos permita tomar nuestras propias decisiones sobre el barrio y la ciudad y de una economía local fuerte que contribuya a la felicidad de todos.

La Constitución será el comienzo de un nuevo acuerdo. Un acuerdo democrático, participativo, abierto y transparente para decidir qué sociedad queremos. Cada persona debe contribuir a ello, porque todas y todos tendremos una responsabilidad de lograr el bienestar propio y general, además de construir una cohesión basada en la cooperación flexible y armónica con el planeta. Así, no sólo podremos resolver nuestros dilemas, sino que puede ser un paso seguro hacia una convivencia armónica y feliz.

(*) El autor, Gonzalo Prieto Navarrete, es sociólogo y máster en medio ambiente por la Universidad Complutense de Madrid. Político, docente universitario y colaborador de varios medios digitales. Columna publicada en Le Monde Diplomatique, Chile. Contacto: gonzalo.prietonavarrete@gmail.com / @gonzaloprieton (RR. SS)