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Mackarena Calderón Angulo, Presidenta Consejo Regional Tarapacá, Colegio de Periodistas de Chile.-  Hay decepciones que vienen de las personas. De quienes uno creyó cercanos,... Cuando decepcionan las personas, las instituciones y también los silencios

Mackarena Calderón Angulo, Presidenta Consejo Regional Tarapacá, Colegio de Periodistas de Chile.- 

Hay decepciones que vienen de las personas. De quienes uno creyó cercanos, justos, valientes o simplemente decentes. De quienes estuvieron en la foto cuando todo era fácil, pero desaparecieron cuando había que poner el cuerpo o la voz. Y hay decepciones más hondas: las que vienen de las instituciones.

Porque de una persona uno puede esperar fragilidad, miedo, cálculo o conveniencia. Somos humanos, y a veces demasiado humanos. Pero de una institución se espera algo más: reglas claras, trato justo, coherencia, protección, responsabilidad. Se espera que no actúe según simpatías, jerarquías o silencios cómodos. Se espera que esté a la altura de aquello que dice representar.

Cuando una institución falla, no solo falla un procedimiento. Falla una promesa colectiva.

En tiempos donde la confianza pública se encuentra deteriorada, donde muchas personas sienten que reclamar tiene costos, que denunciar expone, que pedir derechos incomoda y que insistir en lo justo puede transformarse en una carga personal, el rol de los gremios vuelve a ser esencial.

Un gremio no existe para decorar ceremonias, entregar saludos protocolares o aparecer solo cuando la causa es fácil, popular o no incomoda a nadie. Un gremio existe, precisamente, para estar cuando la persona queda sola frente a una estructura más grande. Para recordar que detrás de cada caso hay una historia laboral, una trayectoria, una familia, una dignidad y una voz que no puede ser aplastada por el cansancio, la indiferencia o el temor.

El gremio no reemplaza a la justicia ni a los órganos competentes. Pero sí tiene un deber ético: acompañar, orientar, visibilizar, exigir garantías mínimas y no mirar hacia el lado cuando una o un trabajador queda expuesto ante decisiones que pueden afectar su vida entera.

Porque el silencio también comunica. Y muchas veces comunica abandono.

La decepción con las personas puede doler. La decepción con las instituciones puede quebrar confianzas. Pero la decepción con un gremio duele distinto, porque el gremio nace justamente para que nadie tenga que enfrentar solo aquello que el poder vuelve desigual.

Por eso, recuperar el sentido gremial no es un gesto nostálgico ni una consigna antigua. Es una urgencia democrática. Es volver a entender que defender derechos no es hacer favores; es cumplir una responsabilidad colectiva. Es comprender que la solidaridad no puede depender de simpatías personales, cercanías políticas ni cálculos de conveniencia.

Un gremio maduro no pregunta primero si el caso es cómodo. Pregunta si hay derechos comprometidos. Y si los hay, actúa. Actúa con prudencia, sí. Con responsabilidad, por supuesto. Con respeto a los procedimientos, siempre. Pero actúa. Porque entre la cautela institucional y la indiferencia hay una línea muy delgada, y cruzarla suele dejar a las personas exactamente donde nunca debieron estar: solas.

Hoy, más que nunca, necesitamos instituciones capaces de escuchar y gremios capaces de sostener. No desde la estridencia, sino desde la convicción. No desde el cálculo, sino desde la ética. No desde la comodidad del discurso, sino desde la consecuencia de los actos.

Porque cuando las personas decepcionan, una puede aprender. Cuando las instituciones decepcionan, una puede reclamar. Pero cuando los gremios decepcionan, lo que se debilita es la confianza en la posibilidad misma de organizarnos para cuidarnos entre todos.

Y esa confianza, en estos tiempos, no es un lujo. Es una forma de resistencia democrática.

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