Edición Cero

Sergio González Miranda, Premio Nacional de Historia 2014.- Corría octubre de 2018, estábamos en Barcelona en un congreso y esperábamos encontrarnos con Jorge Tapia... Jorge Antonio Tapia Valdés (1935-2020)

Sergio González Miranda, Premio Nacional de Historia 2014.-

Corría octubre de 2018, estábamos en Barcelona en un congreso y esperábamos encontrarnos con Jorge Tapia en Bilbao, donde sabíamos que él viajaba regularmente a la universidad del País Vasco, sin embargo, la noche anterior recibimos una llamada de Jorge donde nos solicita que fuéramos a Madrid, a su casa, que él ya no realizaba viajes largos. Extraña llamada de un viajero empedernido como él, además que nos desbarataba todo el itinerario. Llegamos a su departamento en el barrio Salamanca de Madrid, muy cerca de la famosa Plaza de Toros.

Nos abre la puerta del departamento el mismo Jorge, más pequeño, y con esa picardía de siempre nos dice: “esto es lo que queda de Jorge Tapia”. Había tenido un problema a la columna que lo obligaba a estar agachado, él que siempre -como decían los antiguos- era tieso como una vela. Vivía solo, acompañado de dos gatos iquiqueños, solo recuerdo el nombre de uno: “la noche”, porque era totalmente negro, gordo y regalón.  Jorge le hacía cariño mientras me narró toda su historia en la Isla Dawson, porque le pregunté si lo que contaba Sergio Bitar en su libro se ajustaba o no a lo que allí vivieron esos días de relegados.

Me resulta increíble pensar en esa frase tan antigua que dice “las vueltas que da la vida”, porque ese joven abogado radical y ministro treintañero, en dos carteras, del gobierno de Allende, que partió al exilio desde la zona austral retornó a Chile a la frontera norte después de más de dos décadas. Su itinerario fue la universidad de Yale, en New Haven, Connecticut (Estados Unidos), luego la universidad de Erasmus en Rotterdam, donde se doctoró. Con la recuperación de la democracia fue embajador en Holanda e Israel, siempre acompañado de Mónica, su esposa.

La partida de Mónica le dolía en el alma en esos días de octubre de 2018, su retrato y sus cenizas le acompañaban en la sala de estar. Una vez al mes, nos cuenta, le visitaban de la Logia masónica a la que pertenecía y donde había alcanzado orgullosamente los grados más altos. Esos hermanos eran su consuelo.

Nuestra visita de un día se transformó en una semana. Todos conocían a don Jorge Tapia en el barrio Salamanca, pero no sabían quién era realmente. Queríamos decirle a todos lo importante que había sido en Chile. Fue maravilloso para Orietta y para mi caminar sin apuros con él diariamente, recordando Iquique. A nuestro regreso temí que ya no lo volveríamos a ver.

Si pudiera calificarlo simplemente diría que fue brillante. Capaz de improvisar en público frente a miles de personas y lucirse en cualquier contexto social. Tenía una inteligencia rápida que podríamos decir “muy chilena”, siempre sorprendía con la palabra precisa sobre los más increíbles detalles. Poseía una gran cultura que provenía de la “Atenas chilena”, Chillán, profundizada en su larga estadía por Europa.  Fue el primero en Chile de escribir sobre paradiplomacia y un gran integracionista, especialmente con Bolivia.

No deseo explayarme más, en estos momentos, prefiero recordar al amigo en silencio, y agradecer al destino de haber trabajado y compartido con Jorge Tapia Valdés.