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Iván Vera-Pinto Soto/, Antropólogo Social, Magíster en Educación Superior y Dramaturgo En estos días de festividades navideñas y de fin de año, pareciera que no pocos ciudadanos... El Dios del consumismo y la felicidad

Iván-Vera-Pinto-Soto-dramaturgo-ok-comenIván Vera-Pinto Soto/, Antropólogo Social, Magíster en Educación Superior y Dramaturgo

En estos días de festividades navideñas y de fin de año, pareciera que no pocos ciudadanos perdieran el rumbo de su raciocinio y sus espíritus los dejaran llevar por los fastuosos y delirantes carros de los hacedores del consumismo. Por más que algunos bien intencionados aconsejen a no endeudarse, a planificar mejor las economías familiares y a darle un significado más profundo y sustancial a estas fechas especiales, la masa continúa su senda alienada hacia los templos fatuos, donde se glorifica la mercancía, el hedonismo y al señor omnisciente y omnipresente: el consumismo.

No es difícil visualizar que producir y consumir parecen ser en la actualidad las únicas perspectivas de nuestras existencias. No se necesita ser buen observador para darse cuenta cómo los medios masivos de comunicación nos manejan a su antojo con discursos e imágenes potentes que divulgan un sólo ideal de vida: ampliar al máximo la producción de objetos, productos y diversiones al servicio de nuestro bienestar material.

Y en esa dinámica –unos más que otros – se dejan arrastrar hasta perder la razón, se tensionan, compiten, pelean y hacen sonar las bocinas de los autos para llegar rápido a realizar sus compras, incluso, a veces, deliran en sus sueños y, también, despiertos. Algunos quedan en vigilia toda la noche por no saber cómo hacer alcanzar sus ingresos para comprar regalos, alimentos, bebidas alcohólicas y organizar las celebraciones con sus seres queridos y amigos. En suma, se vive una verdadera esquizofrenia colectiva, aceptada casi normal en estas celebraciones.

Al final, los pensamientos de las personas caen devorados por la vorágine de las compras y por los deseos de ostentar y agradar a quienes quieren. En esa convulsión de gritos, atropellos, música estridente, cancioncillas melancólicas y muchedumbre sudada por las ansias desenfrenadas, se divisa a un viejo decrépito, de barba blanca, vestido con un invernal trajecillo rojo y una risa impostada que nos persuade astutamente a comprar tal o cuál producto, dándonos a comprender que si seguimos su recomendación vamos a obtener la felicidad tan anhelada. Así y todo, los ingenuos, nublados por la cerrazón, apresuran sus pasos para adquirir aquel objeto que supuestamente dará satisfacción a los beneficiados de nuestros sentimientos.

Por otro lado, en estos mismos días, se acostumbra en diversas ciudades a inaugurar nuevos “templos” del consumismo, sin considerar que existen miles de personas en condición de calle, sin hogar. Como asimismo, millones de personas en situación de pobreza viven en verdaderos guetos, lejos de su lugar de trabajo (si lo tienen), sin plazas o áreas verdes, amenazadas por la delincuencia.

Estos son los dos Chile, absolutamente opuestos y antagónicos. ¿Acaso esto no interesa?  ¿No es posible extender ese espíritu navideño y los augurios de un nuevo porvenir para esos chilenos? Algunos dirán: Ese es un problema del Estado y no de los privados. No obstante, el Estado debe subvencionar las deudas de la empresa privada otorgándole “perdonazos”  con los tributos atrasados; mientras tanto, los deudores habitacionales y las pequeñas empresas se mueren con los cobros usureros de la banca.

Esta oscura y cruda realidad, lamentablemente, viene sucediendo desde hace mucho tiempo y nos costará mucho salir de ella.  Mientras no haya una transformación sustancial de las estructuras socio-económicas de opresión impuesta por este modelo de sociedad y no se sobrepongan los valores ante cualquier otra enjundia insustancial, la gente seguirá viviendo en una candidez asombrosa o en una alienación nacional, ya que lo único que le interesa es seguir, de manera incesante, adquiriendo mercancías que, en muchos casos, no sirven para nada y que nos conducen a perpetuar las deudas con las casas comerciales y el sistema financiero.

 Sin más ahondar, a esto se reduce el sentido de la vida de hombres y mujeres compulsivos que compran y compran, como si la felicidad estuviera en la satisfacción de las necesidades superfluas ¡Qué manera más sagaz para dominar la conciencia y las conductas de las personas! Diariamente suena el timbre de nuestro teléfono para escuchar una voz comercial que trata de imponernos supuestas ofertas, créditos aprobados y “regalos” por ser “clientes vip”…

Y tantas otras artimañas para esclavizarnos con las deudas y perennizar un régimen donde se  observa la exclusión y miseria; la falta de vivienda y trabajo; la precariedad de los sistemas de salud y educación; la persecución sistemática a los pobres; la falta de medios y acceso a las necesidades básicas; el maltrato institucional y, sobre todo, la incapacidad del pueblo para determinar su destino.

Los mercaderes nos venden promesas de prosperidad. Nos dan tarjetas de crédito brillantes para que nos sintamos importantes. Nos dan chequeras. Nos adornan con todo su oro falso. Pero, el delicado equilibrio que mantiene a estos poderosos operando es muy precario, y en la primera de cambio se va todo al tacho de la basura. Estos inescrupulosos diariamente ofrecen realidades ilusórias a gentes ilusas e incautas. Dan créditos con intereses usureros; dan hipotecas y después se quedan con todo.

El envoltorio de sus productos lo hacen impecable para ocultar el contenido plagado de especulación extrema. También inventa formas para la explotación de la mano de obra y la venta masiva o gradual de sus excedentes, de todos los productos producidos en sus propias usinas o importados del mercado internacional. A pesar de aquello, inevitablemente, la sociedad mercantilista crea en su propio seno las fuerzas que lo han de llevar progresivamente a su aniquilación.

 Suma y sigue. Otro signo de esta de esta vida hedonista (búsqueda del placer por placer) es el vivir de las apariencias. En otras palabras, hay que parecer jóvenes, atrayentes, bellas, con estatus, etc. Hoy, reina la cultura de la imagen o el culto a la estampa, en la que se sobrevalora la fachada por sobre lo esencial de las personas y las cosas. Los diseñadores y las tiendas multinacionales deciden cómo debemos vestirnos, cuál debe ser nuestra figura y qué debemos usar como atuendos de moda. Así, quizás, nos veamos más atractivos, aunque ello signifique perder nuestra identidad.

Probablemente, esta es una de las razones por la que tanta gente se lamenta de sentirse vacía y sin rumbo, y anda a bamboleos por la vida tratando de aplacar su drama a base de impresionar a los demás con una imagen falsa. ¿Acaso esta búsqueda narcisista de la perfección exterior no es una forma de evasión con la que se “drogan” la gente para no ver la crisis y el deterioro que impera a su alrededor?

 Ahora,  el capital cultural de las personas y del país vale menos que un centavo. Aunque no tengamos que comer, igual tenemos que cuidar nuestra imagen. Al presente, si estamos con los problemas “hasta el cuello”, entonces el sistema nos invita a evadirnos y aumentar las deudas hasta reventar en la calle.

 Así, nos convertimos en espléndidos exorcistas de todos los morbos y fantasmas de nuestro tiempo. Nos transformamos en paladines del confort, la diversión, el exitismo, el reconocimiento social, el lujo, el placer, el poder, la personalidad “triunfadora”, la tecnología, entre otros tópicos que en nuestros días disfrutan de gran popularidad y que constituyen las variables básicas que construyen nuestro entorno, menospreciando lo que verdaderamente es lo fundamental de una persona.

Es por ello que en muchas partes nos encontramos con seres solitarios, pero rodeados de máquinas, aparatos y trastos que únicamente sirven para marcar aún más cruelmente los límites de nuestra soledad actual y de la locura colectiva. En ese ritmo, hombres y mujeres en su soledad buscan tener muchos amigos virtuales, establecer relaciones sentimentales e intimas con otros que no conocen, salvo por algunas imágenes que descubren en su facebock.

En esas redes, viven pendiente de qué hizo y qué no hizo el otro, de exhibirse y de proyectar una imagen restaurada de sí para que justamente lo deseen los demás. ¡Qué triste y pobre es vivir así!

 No hay duda que este sermón de la denominada “cultura consumista” lo hemos escuchamos repetidas veces en boca de educadores y cientistas sociales; no obstante, al final igual nos dejamos seducir por los mercaderes que saben captar nuestros recónditos deseos y manipular nuestras conductas sociales. Al final, a pesar de nuestras elucubraciones críticas seguimos inmersos y esclavizado a este sistema enfermo y deshumanizado.

Pocos son los espacios de nuestra cotidianeidad donde no podamos detectar algún síntoma de la decadencia ética y moral a la que irremediablemente parece estar destinada nuestra sociedad. No es de sorprender que todo este magro panorama se manifieste en nuestras propias vivencias, en las relaciones familiares e interpersonales, en las noticias trágicas que a diario irrumpen nuestros medios de comunicación, en el discurrir rutinario por las calles, en todo.

 Sin pretender ser apocalíptico, pero la verdad es que en la mayoría de los ámbitos se vislumbran síntomas de una crisis que nos conduce hacia un futuro poco esperanzador. La pérdida de valores humanistas, la inexistencia de un sentido de lo moral en el quehacer común solidario, es cada vez más que una incipiente realidad que nos atropella a todas y todos, como una inmensa máquina retroexcavadora que pretende no dejar títere con cabeza.

En suma, esta es la triste atmósfera de una vida cada vez más competitiva e individualista, de un mundo cada vez más alejado de valores esenciales que deberíamos sustentar las personas con capacidad de razonar.

A pesar de este sombrío escenario, los defensores del neoliberalismo se “llenan la boca” diciendo que la competencia es un motor fundamental para el crecimiento económico y el progreso de la sociedad. Pese a sus slogans, ya no suelen tener argumentos suficientes para desmentir que esta sociedad mercantilista es, sobre todo, una fuente inagotable de personas frustradas, vacías e incapaces de lograr una autorrealización.

Ante esta trágica coyuntura, tenemos que reaccionar como ciudadanos pensantes. En este sentido la solución debe pasar, obligatoriamente, por un replanteamiento de las modelos sociales imperantes y un examen profundo del sistema económico vigente, ya que no es posible que siga existiendo un paradigma donde domine la competencia por encima de todo valor común; una sociedad donde los individuos se sientan sometidos a presiones.

En contraste, debemos procurar la gestación de una nueva sociedad donde la búsqueda de sentido existencial se encamine hacia el fomento de valores humanistas, tales como: la ayuda solidaria, la generosidad y la cooperación; acciones tan necesarias para llevar a cabo una vida plena y en paz con lo trascendental de la humanidad y con los valores propios de personas integras.

Por eso en estos tiempos, a nivel personal o en su pequeño mundo, haga algo diferente al resto de la gente o a lo que habitualmente usted ha estado haciendo. Celebre cómo guste y con quién desee, pero sin que tenga que mediar lo material por sobre los afectos.

No se empecine en llenar el carrito del supermercado con mercancías como si el mundo se fuera acabar. Ni crea a pies juntos la idea que porque se cambia la foja del calendario todo por arte magia va ser diferente. No haga caso a esos mensajes de las financieras y de los bancos que le ofrecen el cielo y la tierra para que sea feliz. Por favor, no le venda el alma al diablo. No olvide que hay muchos que hoy se lamentan por el falso canto de las sirenas.

No desconozca que vivimos en un país donde las diferencias sociales son abismantes y hay muchos que no tienen techo ni comida. No se deje deslumbrar por el placer efímero y por la manipulación de la publicidad. Invierta sus recursos económicos en el futuro de su familia, en sus hijos y en aquello que le entregue bienestar permanente. No siga encerrado entre cuatro paredes, embobado por los mensajes que le transmite la televisión o esperando conocer a un amigo o amiga de sus sueños por las redes sociales. Es mejor salir, respirar, caminar, conversar, relacionarse con quienes estima y ha dejado de ver desde hace mucho tiempo.

Es más saludable y enriquecedor disfrutar con su familia; expresar su amor a su pareja y a sus niños. Tener una convivencia agradable, vivir momentos placenteros, disfrutar del ocio, vivenciar el arte y el deporte; profundizar nuestras relaciones con los demás; sentir en nuestros corazones paz y evitar los conflictos innecesarios.

Es primordial sentirnos realmente bien con nosotros mismos para así solucionar los problemas, poder vivir los momentos dolorosos y seguir adelante con nuestros derroteros. Por último, es imprescindible no dejar de luchar, sin cesar, para alcanzar un estado de cosas diferente, donde, en lo posible, todo sea más justo, más satisfactorio y más noble. Por lo demás, debemos tener la convicción que todo lo podemos cambiar para nuestro beneficio y de los demás.

Lo señalado en el párrafo anterior, nos lleva a enfatizar que en la cima de nuestras necesidades siempre debe estar ubicado lo más importante: La felicidad. Ese hermoso estado de alegría, armonía y satisfacción plena que nos motiva a conseguir nuevas realizaciones. Por supuesto, ella no está exenta de escollos ni tampoco está contenida en una mercancía, no proviene de algo externo, ni de un comportamiento adaptativo a la cultura imperante.

De ningún modo, la dicha nos va a venir del cielo o de un estado místico. No. De esas fuentes ajenas y extrañas no se origina. Ella, por el contrario, está en nuestras propias manos, en nosotros mismos.

Es indudable que para alcanzarla debemos trabajar, día a día, para estar bien y cambiar lo que parece establecido y sagrado para esta comunidad, llena de injusticias y “males sociales”. Es posible que de esta manera podamos lograr la satisfacción de nuestras expectativas, logros y autoestima.

Ese debe ser el punto de inflexión de nuestras existencias. Si logramos encauzarnos por ese camino, teniendo como foco esa misión (ser felices), dejaremos de ser “carneritos” llevados pacientemente al “matadero” del mercado; seremos capaces de construir nuestros propios sueños, haremos posible nuestras utopías, obraremos auténticamente y, en consecuencia, cambiaremos esta cultura que atenta contra nuestro derecho a tener bienestar y disfrute pleno.

Correlativamente, perderán sentido y se desintegrarán, entre otras cosas presuntuosas, los “templos” del consumismo, al igual que castillos de arena, pues nuestras renovadas aguas marinas serán capaces de desbordar con alegría y júbilo todo nuestro inmenso litoral.

Piense en ello. Imagine otro mundo para usted y los suyos. ¿Acaso esta imagen no es más bella que la que vivimos actualmente? Claro que sí… Entonces, por tiempos mejores, hagámoslo realidad…