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Anyelina Rojas Valdés, Periodista /Administradora Pública La objetividad es una máxima en el Periodismo. Y por objetividad se entiende que las dos partes en conflicto... A propósito del conflicto en La Araucanía, no me hablen de objetividad

Anyelina Rojas Valdés, Periodista /Administradora Pública

La objetividad es una máxima en el Periodismo. Y por objetividad se entiende que las dos partes en conflicto o referidas a determinadas situaciones, tienen acceso a contar “su verdad”.  Estas es la premisa que se enseña en todas las Escuelas de Periodismo, respondiendo al enfoque anclado en los viejos paradigmas de la comunicación, de clara influencia positivista.

Pues bien, desde que pisé por primera vez la sala de clases, como periodista que suscribo este comentario, digo que no comparto esa premisa de la objetividad que se traduce en la clásica frase de “las dos versiones”.

Puedo decir que desde la intuición vocacional primero; y luego con la madurez que da la calle, en el ejercicio profesional, comprobé que existe una falsa ilusión de objetividad, en la que confluirían “las dos versiones”,  y que más bien lo que existe es un objetivismo exacerbado, -por no decir distorsionado-, donde las partes involucradas, difícilmente están en igualdad de condiciones para contar “su verdad”, o su versión.  Está claro hoy, que la verdad no es única y que las versiones y visiones son múltiples.

Para que el principio de objetividad opere en todo su sentido, habría que tener acceso en situación de igualdad a los medios de comunicación, especialmente a los tradicionales: diarios, televisión y radios; aunque hay que reconocer que por naturaleza, la radio siempre ha sido un medio más amplio y pluralista.

Sin embargo, basta analizar la propiedad de los medios informativos, para saber que es imposible que opere el principio de igualdad en el acceso a ellos; y por ende, que impere la objetividad como valor supremo de esta profesión y que impere la lógica de “las dos versiones”, incluso, cuando en una nota de prensa, en forma efectiva estén presente esas dos miradas, porque la vorágine comunicacional y el pretendido ideal de igualdad de condiciones, es más que un hecho puntual. Subyace a ello, los sistemas políticos imperantes, sistemas que por esencia, son injustamente concebidos, en virtud de quienes concentran el dominio y el poder.

Quiero señalar que los intentos de los periodistas por romper esa línea de dominio informativo, también ha operado permanentemente, en un intento por preservar la esencia vocacional de la profesión. Pese a todo, las verdades se abren paso y genéricamente los periodistas no renuncian al ideal que nos convoca. Pero, los periodistas, no son los propietarios de los medios de comunicación –especialmente hablando de los tradicionales- ni concentran el poder social ni político, aunque se nos adjudique la categoría del “quinto poder”… Quinto poder… puede ser, pero no asociado al profesional, sino que a la propiedad de los medios.

Veamos. El medio de prensa es de propiedad de un grupo económico, por lo tanto, responde a sus intereses. Sin embargo, son los periodistas que cumplen la función reporteril, esencia del trabajo periodístico, -o de investigación-  los que logran poner los temas, de alguna forma, que no responden a los intereses de la propiedad  mediática. Es un intento, sin embargo,  que no logra romper el cerco informativo –o desinformativo-, ni generar la mal llamada “objetividad”.

En esta era de la información y con el surgimiento de las llamadas redes sociales, hoy los temas aparecen de todos modos. Diarios electrónicos, web temáticas, especialmente de los llamados temas emergencias como medio ambiente, diversidad sexual, pueblos originarios, etc. O twitter, facebook, por esencia conocidos como redes sociales, se constituyen en las plataformas de mayor uso, donde circula la información, especialmente, la información no oficial. Así, empieza a configurarse una vertiente de periodismo ciudadano, donde la señora equis, el trabajador zeta o la anónima dueña de casa, pueden ser generadores de noticias o establecer vocerías espontáneas según las circunstancias.

Pero –siempre hay un pero-  no todas las personas, tienen acceso a dichas plataformas alternativas ni a las redes sociales.  Si bien hay una brecha económica o adquisitiva para acceder a internet y a un computador, cada vez el acceso es más fácil, aunque insisto, no en el grueso de la sociedad.

Una segunda brecha, es la  brecha generacional.  Seguramente ni tus padres ni tus abuelos, se mueven con mágica perfección en el mundo de las redes sociales, por lo tanto, hay una parte de la verdad a la que no acceden. Y la realidad social, en este gran segmento de la sociedad, sigue construyéndose a través de los medios masivos, especialmente la televisión. Y… ¡qué televisión!

Es decir que lo que se impone como verdad social,  como “verdadera realidad” en los contextos formales y oficiales, es siempre la verdad que se filtra a través de los grandes medios, mientras que los medios alternativos, sobreviven a duras penas, sucumbiendo, en el intento, la mayoría de ellos. Un ejemplo concreto hoy, lo vive el medio electrónico El Ciudadano, que realiza una campaña pública para reunir recursos y realiza grandes esfuerzos por seguir existiendo.

No puedo dejar de mencionar la experiencia del Diario La Epoca, del cual fui su corresponsal, durante sus años de existencia. Surgió en las postrimerías de la dictadura, pensando en ser una alternativa que acompañara el proceso de recuperación democrática y, más aún, acompañar la nueva institucionalidad, desde un periodismo más pluralista, a la usanza del Diario El País de España.  Sin embargo, las nuevas autoridades prefirieron  apostar a los consorcios periodísticos tradicionales, dejando con escasa publicidad a este nuevo medio, que finalmente debió cerrar sus puertas.  Y el imperio de la concentración mediática, volvió a reinar en gloria y majestad… Ahora –qué paradójico-, en democracia.

Y qué decir de otras iniciativas periodísticas más ideologizadas como las revistas Hoy, Análisis y Cauces, que sucumbieron ante el nuevo escenario democrático. Insisto, qué paradójico.

Y hoy, sólo por poner un ejemplo y por su condición de emblemático, tenemos el tema de La Araucanía y las luchas reivindicativas del pueblo mapuche, luchas que se libran, como diría un religioso, por los siglos de los siglos. La opinión pública  va construyendo una imagen, a partir de una realidad que se pone en escena a partir del flujo informativo, especialmente determinado por los grandes medios y la televisión, y la vocería de las autoridades políticas y administrativas.

Queda claro. Los mapuches son gente floja, buena para el vino; violenta, provocadora. Son ladrones, despiadados, matan gente. Es mejor alejarse de ellos, porque no se conforman con nada; le quitan la tierra a sus verdaderos dueños. A saber, el pueblo mapuche era dueño de estas tierras, antes de la llegada de los “colonizadores españoles” ¿o invasores? Y antes que se conformara Chile, nuestro país. Y si aplicamos una mirada intercultural, está claro que la visión y relación  que los mapuches tienen de la tierra, es muy distinta a la mirada occidental.  Y más lejana aún, de la mirada capitalista.

No es que defienda al pueblo mapuche a brazos cerrados; ni que avale actos de violencia. Incluso, creo que me faltan  muchos elementos para tener una opinión sólida respecto del conflicto en La Araucanía, pero está claro, que a la hora de un análisis profundo, hay que indagar también, sobre las causas que generan esa violencia.  Por estos días, escuché al ministro de agricultura hablar de “legítima defensa”, refiriéndose a los agricultores de la llamada zona del conflicto. Me parece bien su enfoque, si entendemos que la legítima defensa es una categoría que se debe aplicar a todos y no en forma discriminatoria y selectiva.

Debo decir que no recuerdo que a nivele de educación o de sociedad, haya habido algún intento para que, cuando nos vamos formando como personas y ciudadanos, nos sintamos orgullosos de ellos, de quienes también provenimos en alguna medida. Debo reconocer, eso sí, que la profesora Alicia Rea, ya fallecida, nos habló alguna vez, de la fuerza y los ideales de los líderes araucanos. Quizás, allí empezó a incubarse en mí este sentimiento. Y ya, en mis primeros pasos de profesional –e incluso antes de serlo- me quedó muy claro cómo opera el sistema.

Por eso, quiero concluir esta reflexión en voz alta, instando a los que se den el tiempo de desenhebrar mis palabras, que hay que buscar también la verdad de los otros; hay que buscar canales distintos para nutrirnos de información e ir elaborando constructos propios y no impuestos, por el modelo avasallador. Hay que desarrollar un pensamiento crítico y cuestionador; y no asumir más otras premisas impuestas desde nuestros procesos primarios de socialización, con frase como “así es la vida”, “pobres han existido siempre” o “los indios son los malos”. Uff. Todavía recuerdo –de nuevo de vuelta a la niñez-, cómo se aplaudía la llegada de los “azules”, en las películas norteamericanas, donde los malvados indios mataban a los buenos.

Pero, no quiero desviarme de lo esencial. Esto es, buscar la variedad informativa, acceder también a las otras verdades, generar empatía con la realidad de los otros. Hay varios medios que muestran otra mirada del conflicto en La Araucanía que permiten ampliar nuestra visión determinada por el mensaje y masaje mediático oficial. Mi colega Leyla Noriega, me recomendó algunos:

http://mapuexpress.net/

http://www.werken.cl/

 azkintuwe.org

http://paismapuche.org/

Los invito a conocer también, las verdades de los otros.

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