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Juan José Podestá/ Escritor y periodista. Magíster en literatura latinoamericana Es singular el destino de las ciudades. Algunas se vuelven con los años grandes metrópolis,... Mirada al límite

Juan José Podestá/ Escritor y periodista. Magíster en literatura latinoamericana

Es singular el destino de las ciudades. Algunas se vuelven con los años grandes metrópolis, sofisticadas e impresionantes. Otras, en cambio, se atrofian y pareciera que van a colapsar en cualquier momento. Por su parte, hay urbes que empiezan a desdibujarse y tienden a desaparecer. Basta ver el caso de las inmensas megalópolis de la antigüedad. Sin embargo, este último aspecto ya no es tan común. Lo regular es que el tiempo vuelva a ciertas ciudades contra sí mismas.

La reflexión anterior puede parecer exagerada para el caso de Iquique, pero no deja de ser interesante cómo ha mutado este puerto.  Y también la visión sobre él.

El naturalista (qué antigua parece la denominación) británico Charles Darwin pasó por Iquique en 1835, y ya mucho se ha dicho sobre su impresión, que se relacionaba con que todos los víveres encontrados en nuestra ciudad eran traídos de otra parte: “Aquí se vive como a bordo de un buque… Nada tan triste como el aspecto de esta ciudad”. No deja de llamar la atención el apunte. ¿Cómo será vivir como en un buque?, ¿puede ser una ciudad de aspecto tan triste que merezca la pena anotar el comentario? Lo cierto es que todos coinciden en algo: Iquique puede ser cualquier cosa, menos una ciudad triste.

En 1963, el novelista Nicomedes Guzmán publicó en editorial Zig-Zag su libro La luz viene del mar, en uno de cuyos párrafos describe parte de uno de los barrios más populares de Iquique: “Por sobre el caserío de El Colorado, chato y mísero, de viejos ranchos y edificios de madera ennegrecida, mordida por el yodo, la sal y las emanaciones metálicas, la torre de San Gerardo, obscura también, se mimetizaba con los matices tristes y fatales del barrio mismo…”.

Visión decadente y algo trágica la de Guzmán, la que sin embargo se conecta en su contenido pesimista con la de Darwin. Uno, hombre de letras; el otro, de ciencias.

Lo cierto es que las urbes son contradictorias, ambivalentes, plurales, heterogéneas, y tratar de cercarlas en una definición unívoca es imposible. Por ello resulta interesante apreciar la mirada del narrador y el naturalista, ya que hoy Iquique (en donde aún existen bolsones de pobreza y miseria) seguramente sería descrito de otra forma. Quizás un escritor hablaría de sus aires de progreso, sus largas noches, de las avenidas iluminadas, de su aparente exitismo.  De sus edificios y los autos último modelo. Sólo quizás.

Aunar en una mirada amplia y diversa Iquique y la región, es una de las tareas que se ha propuesto el proyecto “Tarapacá en el mundo”, en la sólida creencia que para entender nuestro entorno físico e intangible es necesario echar mano de la más absoluta tolerancia, de nuestra más profunda y compleja percepción, y de llevar al límite la idea de lo que entendemos por patrimonio. En el fondo, queremos empujar algo más allá  ese muro que es la forma en que nos entendemos como personas.