Un canto aprendido
Opinión y Comentarios 16 agosto, 2026 Edición Cero 0
“La lluvia tiene un vago secreto de ternura,
algo de somnolencia resignada y amable,
una música humilde se despierta con ella
que hace vibrar el alma dormida del paisaje.”(Federico García Lorca)
Sonia Pereira Torrico, escritora iquiqueña.-
La lluvia ha decidido quedarse y no ha venido de puntillas, ha llegado con la fuerza de quien golpea la puerta después de tantos años de espera.
La lluvia tiene esa extraña capacidad de cambiarlo todo, cambia el olor de las calles, oscurece los cielos, limpia los techos y hasta consigue que uno mire hacia afuera, como si estuviera totalmente embrujado.
Cuando niña, recuerdo no ir a clases para ayudar a mi abuelita a colocar ollas, tarros y cuanto recipiente existiera. La casa se convertía en una pequeña orquesta de agua, ploc, ploc, ploc. Y mientras afuera caía agüita, nosotros aprendíamos a conversar con ella.
Un dato histórico relevante, fue la catástrofe de 1940, cuando un tremendo torrencial de agua azotó Iquique. Comenzó a las tres y media de la madrugada y se extendió hasta las diez de la mañana del 25 de julio. Techos endebles destruidos, familias que lo perdieron todo, madres desesperadas buscando abrigo y alimento para sus bebés en las iglesias.
Pareciera que esa historia hubiese ocurrido en un tiempo remoto, en un Iquique que ya no existe, pero la pachamama dijo lo contrario. El mismo Iquique que creció con el olor a progreso, que se volvió cosmopolita, que levantó edificios y extendió sus brazos hacia la cordillera de la costa y la depresión intermedia. El mismo Iquique donde todavía hay personas que miran el cielo intentando descifrarlo y ahora, años después, el cielo parece haber aprendido otra canción.
El llamado “niño Godzilla”, así inquieto y desobediente, como esos niños que llegan sin pedir permiso, ha provocado una verdadera metamorfosis, como en aquella de Kafka. Este niño está dejando la tole tole en el país y en Tarapacá específicamente, ha dejado caminos interrumpidos, suspensión de clases, nieve, agua nieve en el interior y un viento que, según me cuentan los vecinos, no dejó dormir a nadie, una ciudad que no está acostumbrada a recibir el llanto de la Virgen de esa manera.
Las calles están cubiertas de agua, las quebradas han recordado que existen. Y uno mira todo esto con una mezcla de asombro y respeto. Pareciera que las calles fueran ahora un espejo de cristal donde se refleja el cielo y los sueños de la ciudad.
La Pachamama cansada, quizás de nuestros ruidos, nos recuerda que el desierto también puede llorar, que los cerros pueden reverdecer, que las quebradas tienen memoria, que el viento puede levantarse. Tal vez hemos aprendido la canción, pero todavía no hemos aprendido completamente la lección. Porque cada generación escucha el mismo canto.
Mi tata lo escuchó, mi abuelita lo escuchó mientras ponía ollas bajo las goteras, la escuché yo cuando era niña, la escuchamos ahora, desde La Serena hasta Iquique. Un canto que invita a la reflexión, a la acción y la prevención, un canto que amasa la nostalgia sobre una mesa larga, donde aparece un puñado de harina dispuesto a convertirse en picarones y sopaipillas pasadas, un canto que aprendimos sin darnos cuenta. Pero esta vez el cielo parece pedirnos algo más. No solamente escucharla… sino qué hacer antes del final.
Y mientras el agua sigue golpeando mi ventana, vuelvo a mirar hacia el norte. Allá… donde está mi cuna, el cerro Dragón y la línea del tren que todavía guarda secretos.

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