Edición Cero

Un discurso en homenaje a los obreros asesinados en la Escuela Domingo Santa María de Iquique, presentó el Cientista social, pedagogo y dramaturgo, Iván... 21 de diciembre: «Hoy no estamos aquí solo para recordar una fecha. Estamos aquí para sostener lo que otros quisieron borrar»

Un discurso en homenaje a los obreros asesinados en la Escuela Domingo Santa María de Iquique, presentó el Cientista social, pedagogo y dramaturgo, Iván Vera-Pinto Soto, bajo un formato de dramatización. 

Esto fue parte  del homenaje, mediante una velada artística, organizada hace algunos días, por el Comité Centenario Salitreras 1925 – 2025, que preside Oscar Torres, cerrando las actividades realizadas durante todo el año, por dicha instancia.

El acto de memoria y homenaje se desarrolló en la en la Sala Veteranos del 79, ante una concurrida audiencia. En la ocasión  se escucharon algunas partes de la Cantata Santa María de Iquique, en banda de bronces; cantó el artistas pampino Patricio Leyton y se presentó el Conjunto de Danzas Tradicionales, TUNUPA

Compartimos acá, la presentación realizada por el dramaturgo Iván Vera-Pinto, que lo hizo  muy a su estilo, para mantener en la memoria esta masacre obrera.

Porque hay hechos que no envejecen.

Hay dolores que no se clausuran con el paso del tiempo.

Y hay muertes que, aunque hayan ocurrido hace 118 años,

siguen preguntándonos qué país somos

y qué país estamos dispuestos a ser.

El 21 de diciembre de 1907 no fue un accidente.

No fue un exceso.

No fue un error.

Fue una decisión.

Fue una decisión política.

Y las decisiones políticas,

cuando no se revisan,

cuando no se asumen,

se repiten.

Miles de trabajadores del salitre bajaron desde la pampa hacia Iquique.

Caminaron por el desierto

como quien camina hacia un juicio,

sin defensa

y sin juez imparcial.

Con niños en brazos.

Con mujeres embarazadas.

Con el cuerpo cansado

y el alma firme.

No bajaron a pedir privilegios.

Bajaron a pedir lo mínimo:

pan, salario justo

y dignidad.

Y lo que encontraron fue el rostro más crudo del poder.

La pampa —ese territorio inmenso y áspero—

ya les había enseñado a convivir con la muerte.

Allí la muerte no era un acontecimiento extraordinario.

Era cotidiana.

Fernando Pezoa lo dijo con una claridad que aún duele:

“Canto a la pampa, la tierra triste,

réproba tierra de maldición,

que de verdores jamás se viste

ni en lo más bello de la estación.”

La pampa era trabajo hasta el agotamiento.

Era cuerpo gastado antes de tiempo.

Era vejez prematura.

Era morir lentamente

sin que nadie lo llamara tragedia.

Pero cuando los obreros comenzaron a organizarse,

cuando levantaron la voz,

cuando descubrieron que juntos

podían ser más que individuos aislados,

entonces la muerte cambió de forma.

Ya no fue solo miseria.

Se volvió castigo.

Se volvió amenaza.

La palabra huelga empezó a incomodar.

La organización obrera empezó a asustar.

La conciencia empezó a ser peligrosa.

Y entonces apareció el Estado.

No como garante de derechos.

Sino como guardián del orden.

La Escuela Santa María se transformó en refugio.

También en encierro.

También en antesala del horror.

Allí estaban los obreros

esperando una respuesta que nunca llegó.

Allí estaban las autoridades

midiendo fuerzas.

Allí estaba la historia

conteniendo el aliento.

Y entonces habló el poder.

No habló para escuchar.

Habló para deshumanizar.

Habló con la voz del general Silva Renard:

“Ustedes no son chilenos,

sino una turba de subversivos y facinerosos,

unos antipatriotas indignos,

hostiles a la sociedad y al orden establecido.

Nosotros, como soldados de una Patria libre y soberana,

no nos temblará la mano

para disparar nuestras armas

contra este tropel de rotos apátridas,

seguramente pagados

con el oro peruano…

CORO:

¡No queremos más promesas vacías!

¡En paz, exigimos nuestros derechos!

¡No abandonaremos la escuela!

¡Acá nos quedamos, hasta las últimas consecuencias!

………

Soldados:

ellos son los enemigos de esta batalla.

¡Atención…

preparen armas!”

(Pausa larga)

Ahí se quebró toda posibilidad de diálogo.

Ahí el pueblo dejó de ser pueblo

y fue nombrado enemigo.

Antes de que el plomo hable,

el poder siembra rabia.

La rabia convierte a los trabajadores

en espectros del orden,

en culpa respirando.

Luego llegan las balas,

cuando las palabras ya venían manchadas de muerte.

(Pausa)

Tienen la fuerza, podrán avasallarnos, pero no se

detienen los procesos sociales ni con el crimen ni con la fuerza.

La historia es nuestra y la hacen los pueblos.

(PAUSA)

A las 15.45 la metralla cayó sobre cuerpos desarmados.

Sobre hombres.

Sobre mujeres.

Sobre niños.

Sobre trabajadores que no tenían

más armas que su convicción.

Ese día, el Estado decidió a quién proteger.

Y decidió también

a quién sacrificar.

Los muertos no tuvieron nombre.

No tuvieron ataúd.

No tuvieron duelo público.

Fosas comunes.

Cal viva.

Silencio impuesto.

(Silencio)

Porque el silencio no fue olvido.

El silencio fue otra forma de violencia.

Una violencia que duró décadas.

Allí quedaron acribillados

los hombres y las mujeres del salitre,

con su esperanza rota

y su sangre en la escuela.

Pero la historia no terminó ahí.

Porque hay muertes que buscan borrar,

y, sin embargo,

fundan memoria.

En el mundo pampino,

la muerte nunca fue solo final.

Era tránsito.

Era permanencia.

Era una forma de seguir

habitando la tierra.

Los trabajadores sabían que su cuerpo podía caer,

pero también sabían que su historia quedaba.

Que su sacrificio no sería en vano

si alguien lo recordaba,

si alguien lo contaba,

si alguien lo hacía palabra

y acción.

Por eso la muerte obrera en Santa María

no es una derrota total.

Es una derrota armada por el poder,

pero una victoria ética del pueblo.

Ellos y ellas no murieron

porque amaran la muerte.

Murieron porque no aceptaron

una vida indigna.

Eligieron resistir.

Eligieron quedarse.

Eligieron no huir.

Y la pregunta persiste,

118 años después,

golpeando la conciencia:

¿qué vidas siguen siendo prescindibles

cuando se trata de imponer orden?

Hoy, a más de un siglo de la matanza,

no estamos en este salón —

que acogió a soldados de la Guerra del Pacífico

y supo solidarizar con sus camaradas en tiempos de infortunio—,

para llorar a los muertos.

Estamos congregados para responderles.

Responderles con memoria activa.

Con verbo punzante.

Con organización que persiste.

Con dignidad que no se negocia.

Porque mientras haya injusticia,

la Escuela Santa María no será pasado.

Será advertencia.

Será una memoria que arde.

Será acusación.

Y mientras esa acusación siga viva,

mientras no se rinda la conciencia,

mientras la dignidad no se calle,

los muertos de la pampa

no habrán muerto del todo.

Porque vuelven en el paso que avanza,

en la lucha que insiste,

en la demanda que se levanta,

en cada acto de justicia conquistada.

Permanecemos de pie.

Respirando.

Y cada aliento,

aquí y ahora,

desmiente su victoria.

Los mártires de la Escuela Santa María

caminan en esta multitud.

Caminan en cada paso que damos.

Caminan con nosotros.

¡Por siempre!

Caminan con nosotros.

¡Por siempre!

Caminan con nosotros. (Pausa)

¡Por siempre!

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