Queremos que el aymara se vuelva a hablar
Opinión y Comentarios 23 agosto, 2026 Edición Cero 0
Dra. Marcela Quintana Lara, Decana de la Facultad de Ciencias Humanas UNAP. (*)
¿Qué perdemos cuando una niña deja de escuchar la lengua de sus abuelos? La pregunta parece referirse solo a palabras, pero, en realidad, nos conduce hacia algo mucho más profundo: la identidad, la memoria, los conocimientos y una manera particular de comprender el territorio.
En Tarapacá, esta reflexión adquiere una dimensión concreta. El Censo 2024 registra 55.266 personas que se identifican como pertenecientes al pueblo aymara, cifra equivalente al 61,5 % de quienes declaran pertenecer a algún pueblo indígena u originario en la región. En el país, son 178.637 personas. Esta presencia viva nos interpela: ¿cómo aseguramos que la lengua aymara continúe transmitiéndose a las nuevas generaciones?
Identificarse con un pueblo y hablar su lengua no constituyen, necesariamente, una misma experiencia. Allí radica uno de los grandes desafíos de la interculturalidad: evitar que una lengua ancestral quede relegada al recuerdo y propiciar, en cambio, espacios donde pueda ser hablada, escuchada y aprendida.
La UNESCO ha advertido que las lenguas indígenas son vehículos del patrimonio vivo y resultan fundamentales para la transmisión intergeneracional de conocimientos. Cuando una lengua se debilita, también se pone en riesgo un conjunto de saberes culturales, sociales y ecológicos acumulados durante siglos. Por ello, hablar de revitalización lingüística significa hablar, al mismo tiempo, de patrimonio, educación e identidad.
En Tarapacá, los Nidos Lingüísticos Aymara representan una respuesta concreta a este desafío. Durante 2026, funcionan en la Escuela Yatichawi de Quipisca, la Escuela Chipana de Iquique y el Colegio Metodista Robert Johnson de Alto Hospicio, en el marco del proyecto «Mujeres y Niñeces Indígenas: Transformando Entornos», desarrollado por el Programa Originarias de ONU Mujeres en alianza con la Facultad de Ciencias Humanas de la Universidad Arturo Prat.
Su valor radica en que el aymara no se presenta como una asignatura aislada. Niñas y niños lo aprenden mediante cantos, relatos, juegos, costumbres, instrumentos y experiencias vinculadas con la comunidad. Así, la lengua se recupera junto con las prácticas culturales y los vínculos territoriales que le otorgan sentido.
Para una universidad pública y regional como la Universidad Arturo Prat, esta labor supone una responsabilidad que trasciende la ejecución de un proyecto. Desde la Facultad de Ciencias Humanas entendemos que la educación intercultural exige reconocer los saberes que nacen del territorio y propiciar su diálogo con el conocimiento académico. La universidad puede aportar investigación, formación y capacidades; sin embargo, también debe saber escuchar y aprender de las comunidades.
En este propósito, la alianza con el Programa Originarias de ONU Mujeres cobra especial relevancia. Su experiencia de trabajo con mujeres, niñeces indígenas y comunidades permite ampliar la mirada y generar espacios en los que converjan la cultura, la lengua y la inclusión. No se trata únicamente de enseñar aymara, sino de crear las condiciones para que niñas y niños puedan reconocerse en esa lengua, usarla y proyectarla hacia el futuro.
Una lengua no permanece viva porque la declaremos patrimonio. Permanece viva cuando una generación la entrega, otra la practica y una nueva decide hacerla suya.
Así, cada palabra que vuelve a los labios de las niñeces es también una forma de decirles que su historia importa, que su territorio tiene memoria y que el futuro también puede hablar en aymara.
(*) La autora es Directora del proyecto ONU MUJERES – UNAP «Mujeres y Niñeces: Transformando Entornos».

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