Edición Cero

Sonia Pereira Torrico, escritora iquiqueña.- Hay memorias que no están solamente en fotografías, las iglesias, en los pueblos, en museos, en las calles polvorientas... Alma

Sonia Pereira Torrico, escritora iquiqueña.-

Hay memorias que no están solamente en fotografías, las iglesias, en los pueblos, en museos, en las calles polvorientas ni en aquellas construcciones que el tiempo insiste en transformar. Hay memorias que respiran por sí solas, que caminan, que cantan, se estremecen al sonido de un bronce, retumban con el bombo de una octava, hechizan con el aroma a mango, el olor de un enjundiosa calapurca y el sonido de la chusca pampina.

El patrimonio también tiene alma, tiene espirítu y algunas veces esa alma aparece a través de las voces, de quienes estuvieron allí como Juan, el hijo de Bertita Guzmán, la contadora de chistes.

Juan Álvarez Guzmán lleva una vida creando entre melodías, instrumentos, fiestas y pueblos. Es músico y cultor de una tradición que no aprendió solamente en una escuela, la aprendió caminando, tocando y siendo parte de aquellas celebraciones donde la música era también una forma de ser.

En el año 2015 llegó por primera vez al pueblo de Tarapacá para participar junto a la banda de bronces «Santa Cecilia», en la fiesta de San Lorenzo. Llegaron cerca de las nueve de la mañana del 9 de agosto. Apenas bajaron del minibús, comenzaron a tocar. No había tiempo para descansar, habían sido contratados como banda de pueblo y tenían una misión, acompañar la víspera, la procesión y cada uno de esos momentos en que el pueblo se reunía para celebrar al santo patrono. La noche llegó entre cachimbos, cuecas y melodías. La música se instaló en las calles y a las cuatro de la madrugada terminó la jornada. Dos horas después había que levantarse nuevamente, venía la rompía del alba.

Juan estaba acostumbrado a llegar a otros pueblos y encontrarse a esa hora con iglesias silentes, plazas casi vacías y pocos lugareños. Pero este pueblo era otra cosa. Su asombro fue tan grande, cuando apareció la banda, la plaza frente al templo estaba llena de gente. Devotos, familias, músicos, peregrinos, lugareños por doquier. Muchos estaban “curaítos”, porque en el norte hasta la fiesta religiosa tiene sus propios excesos y códigos. La procesión avanzó y en medio de aquella multitud, un hombre subió hasta los techos para gritarle a su santo. Juan observaba con la inocencia de un niño, miraba lo que ocurría a su alrededor mientras tocaba. Y sin saberlo, estaba guardando memorias en su corazón, de su vida como músico. Una experiencia que once años después, vuelve convertida en este relato.

San Lorenzo no es solamente una fiesta religiosa. Es un encuentro, pertenencia, es identidad, es reconocerse en el otro, volver a un territorio conocido, compartir la mesa larga, la música, la procesión, el baile, el abrazo, la bendición del santo y esa manera tan nuestra de celebrar, exclamando… ¡Viva San Lorenzo!.

Por eso, aunque la celebración cambie con los años. Influyan las redes sociales y los pueblos reciben cada vez más visitantes. Siempre permanece esa necesidad de reconocernos en nuestra tierra, música, en una fiesta y en una comunidad.

En 2015 Juan llegó tocando a Tarapacá.

En 2026, cuando agosto vuelve a despedirse y San Lorenzo queda otra vez en la memoria, su relato nos recuerda que once años pueden cambiar muchas cosas, pero no necesariamente aquello que llevamos en nuestro interior.

La tierra tiene alma y esa alma también se escucha. Ahí están Juan, San Lorenzo, la banda Santa Cecilia, la plaza llena, la memoria y la nortinidad.

Jikisiñkama.

(Hasta que nos volvamos a encontrar)

#plumaiquiqueña

Agradecimientos a Juan Alberto Alvarez

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