«Niños haitianos perdidos» de Chile: La opereta de la contralora, la ultraderecha y el síndrome del miedo fácil
Opinión y Comentarios 19 junio, 2026 Edición Cero 0
Ricardo Balladares Castilla, sociólogo.-
En Chile, el escándalo rinde más que la investigación, y el caso de los «niños haitianos perdidos» es la prueba en 4K de que este país sigue siendo el reino del show, del rating barato y del miedo bien embalado al por mayor. El detonante fue la filtración de un preinforme de la Contraloría en manos de Biobío -una vez más-, y pongan atención porque esto es clave, PREinforme, o sea, un papel que todavía no es nada, un borrador que no encontró ilegalidad en los permisos de reunificación, sino en cruce de información y seguimiento que debían realizar instituciones públicas. Pero eso a los genios de la comunicación y a los políticos de pacotilla no les importa un comino, porque el titular ya estaba escrito: «Grave falla en ingreso niños haitianos a Chile». Y con eso, ya tenían la carnada para la jauría.
¿Qué pasó en 48 horas? Que la PDI, los municipios y hasta el periodista más ansioso de Meganoticias o TVN salieron a buscar a los menores y, ¡oh sorpresa!, los encontraron en el colegio, con sus tíos, con sus familias. En Estación Central aparecieron siete menores escolarizados y con tutor. En Graneros, dos más estaban en clases. La PDI ubicó a 25 niños y niñas de la lista. Los niños no estaban perdidos, estaban en la sala de clases. Pero eso, claro, no vende.
Y entonces vino la pregunta estrella de los genios de los medios mal intencionados y los iluminados de la política: «¿quién pagó los chárter?». Pregunta que en el fondo demuestra una ignorancia supina de la economía más básica. Un vuelo charter sale mucho más barato que pagar pasajes comerciales de ida y vuelta para un adulto y un niño, que podrían triplicar el costo. Pero la lógica no aplica cuando lo que se busca es el morbo. Y aquí los voceros haitianos han sido claros, por si alguien les prestaba atención. Las aerolíneas no quieren volar a Haití por la crisis de seguridad, así que «aparecen empresarios que arriendan aviones y venden los pasajes, la comunidad sabía que existían esos vuelos porque era prácticamente la única forma de traer a los niños», explicó William Pierre, vocero de la comunidad haitiana.
Lo que los genios de la farándula política y mediática no entienden, o fingen no entender, es que la comunidad haitiana no funciona como una familia nuclear gringa de manual. Allá opera el sentido comunitario puro y duro. El que cría es el que está, el que puede, el que llegó primero. Por eso no es raro que un tío o un conocido figure como tutor declarado solo para el viaje, porque en la práctica eso no es una anomalía, es la lógica de la supervivencia migrante. Eso no es trata, es economía de subsistencia.
Para entender esto, hay que dejar de mirar el mapa con los lentes de la seguridad y paz en Chile y ponerse en la piel de quien vive en un país donde las pandillas paramilitares controlan gran parte del territorio, donde más de 1.600 personas fueron asesinadas solo en los primeros tres meses de 2026, donde 1,5 millones de personas están desplazadas huyendo de sus casas y donde el reclutamiento de niños por grupos armados se disparó un 200% en solo un año. Eso no es una crisis, es un infierno. Desde la silla cómoda de Chile, nos rasgamos las vestiduras porque un niño escapa del infierno con un tío o tutor en lugar de con su papá. El papá no está porque lo mataron, porque desapareció en el camino o porque ya se encontraba en Chile. El cuidado comunitario no es una irregularidad administrativa, es la única red que le queda a un país en ruinas. Porque en Haití la sobrevivencia es un acto de resistencia cotidiana.
Este caso ha destapado el manual del miedo irracional, el mismo de siempre. ¿Tráfico de órganos? ¿Venta de niños y niñas? ¿Explotación sexual? Eso no lo dice la evidencia, lo dice el morbo que algunos medios y políticos de derecha inyectan con gotero, y funciona como un encanto porque el Homo Patheticus nacional, ese espécimen que se alimenta de titulares catástrofe y se olvida de que la economía es una mierda y la quita de derechos una vergüenza, muerde el anzuelo cada santo día. Este sujeto ya abandonó el logos (la razón) para bajar sus niveles de ansiedad e incertidumbre y lo reemplaza por el pathos (el sufrimiento). Es una opereta más para acelerar el paso del homo sapiens al homo patheticus[i].
Todo esto me recuerda la farsa de la Virgen de Villa Alemana y el vidente de Peña Blanca en dictadura, donde se inventaron un milagro para que la gente no viera la sangre. Hoy el milagro se llama «niño haitiano en peligro», y la cortina de humo la manejan el mismo sector político de siempre. Detrás de la cortina no hay un gran poder sino un asesor político del segundo piso buscando ruido. Así, el presidente, convoca a los tres poderes del Estado como si fuera salvador de la patria.
Michel-Ange Joseph, dirigente haitiano, lo ha dicho sin anestesia. Esto es uso político del caso para instalar sospechas sin información clara. Y tiene toda la razón, porque mientras la derecha y el gobierno se turnan para usar esta noticia como arma arrojadiza, se olvidan de que en Chile hay niños y niñas chilenas en situaciones igual o más complejas. Pero esos no venden porque no son extranjeros, porque no dan el titular xenófobo que la audiencia lame como perro con hueso.
La propia comunidad haitiana ha dicho «no sabemos a quién creer», y no les falta razón porque las cifras son un chiste. «Hay partes que dicen que son 120 niños, otros hablan de 200, otros de 460, entonces no hay dónde agarrarse». TVN dice que son 64. Mientras tanto, «mi hija ya lee noticias y me pregunta qué va a pasar, hay niños que están viendo todo esto y sienten que se está poniendo en duda quiénes son o cómo llegaron». En ningún caso este tratamiento de la noticia se ha tratado desde el interés superior del niño y el resguardo de sus derechos e integridad síquica.
No estoy diciendo que no haya que investigar deficiencias administrativas, tales como, falta de coordinación, falta de seguimiento y abandono de la triangulación desde las instituciones del Estado. Si un funcionario se mandó un condoro, que la pague. La evidencia hasta ahora indica que estos niños y niñas tenían a alguien que los cuidaba, un tío, una comunidad y una red de apoyo. El problema no son los niños y niñas, es nuestra incapacidad crónica de informarnos sin intoxicarnos de morbo, y mientras sigamos comprando el show, los de siempre seguirán vendiéndonos el miedo. Y lo peor es que nosotros, los chilenos y chilenas, seguimos pagando la entrada a la opereta del miedo y la manipulación.
[i] Tesis de investigación Del Homo sapiens al Homo Patheticus: carácter social y ciclo post estallido en Chile 2019-2025. Magister en Sociología, Universidad de Valparaíso (En desarrollo).
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