“Deporte, territorio e identidad: lo que realmente está en juego en el futbol chileno”
Opinión y Comentarios 8 abril, 2026 Edición Cero 0
Dr. Bernardo Muñoz Aguilar, Antropólogo social, Universidad de Tübingen, Alemania.-
En Chile, el deporte suele ser entendido como espectáculo, competencia o resultado. Se mide en medallas, en goles, en rankings. Pero en territorios como Iquique, el deporte ha sido —desde siempre— algo más profundo: una forma de construir identidad, de sostener comunidad y de transmitir valores entre generaciones.
No es casualidad que se le llame la “tierra de campeones”. Desde el boxeo de Arturo Godoy hasta los actuales Deportes Iquique, pasando por nadadores, beisbolistas, fondistas y atletas anónimos, el deporte en el norte ha sido una escuela de vida: una forma de enfrentar la adversidad con disciplina, esfuerzo y sentido colectivo.
Hace unos días, en el Estadio Nacional, observé a un atleta iquiqueño de 96 años, compitiendo y ganando en tres disciplinas. No solo se trataba de un cuerpo que resiste el paso del tiempo, sino de una mente lúcida, de una memoria viva, de una historia que se niega a desaparecer. Ese es el deporte que no aparece en las estadísticas, pero que sostiene el tejido social.
Lo mismo ocurre en el patinódromo, donde niñas y niños entrenan durante horas bajo la mirada atenta de sus familias. Ahí no hay contratos millonarios ni transmisiones televisivas. Hay algo más importante: comunidad. Pero hay otra dimensión, aún más profunda, que rara vez se explicita: el deporte también es memoria afectiva. En mi caso, esa memoria tiene forma de camiseta.
Una camiseta firmada por todo un plantel, enmarcada en un departamento en Santiago. Otra, con el nombre de Álvaro Ramos y el número 11, que uso al caminar por la ciudad. Y una tercera, idéntica, que viste mi nieta Martina Antonella cuando viene a verme.

En ese gesto, dos camisetas iguales, dos generaciones distintas, se expresa algo que rara vez se nombra: la transmisión de identidad. El mismo jugador que hoy marca goles y dibuja con sus manos la “M” de Martina en el aire, antes dibujaba la “A” de Antonia. Ese tránsito, aparentemente simple, contiene una narrativa profunda: el deporte como lenguaje familiar, como puente entre generaciones, como forma de pertenencia.
El deporte no solo produce campeones, también produce comunidad, identidad y por supuesto memoria deportiva.
Sin embargo, cuando se observa el fútbol chileno en su conjunto, aparece una tensión evidente entre esta dimensión profunda del deporte y las formas en que ha sido organizado en las últimas décadas. La irrupción de las sociedades anónimas, el creciente peso de los representantes y la concentración de poder en determinadas estructuras han transformado la relación entre clubes, territorios y comunidades.
En ese contexto, resulta relevante que hoy se discutan e impulsen cambios orientados a fortalecer la transparencia, a clarificar la propiedad de los clubes y a diferenciar funciones entre la organización de las competencias profesionales y el desarrollo del fútbol formativo y de selecciones. Son señales que, bien encaminadas, podrían contribuir a reequilibrar el vínculo entre el fútbol y su base social.
Por mi parte, con bicicleta diaria y media hora de musculación, sigo sosteniendo esa vieja máxima: mente sana en cuerpo sano. Pero hoy sé que esa frase no solo habla del individuo.
Habla también de los territorios. Y hay territorios como Iquique que siguen enseñándonos, desde hace décadas, cómo resistir, cómo pertenecer y cómo seguir corriendo, incluso cuando el resto se detiene.
El fútbol suele medirse en resultados, en goles, en tablas. Pero en ciudades como Iquique, donde el viento arrastra historia y pertenencia, el fútbol también se mide de otra forma: en la capacidad de unir generaciones, de sostener identidad y de construir memoria.
Por eso, esa camiseta, aunque esté en Santiago, en realidad nunca se fue. Porque cada vez que se usa, cada vez que se mira, cada vez que se comparte, vuelve.
Vuelve a Iquique. Vuelve al norte. Vuelve a casa.

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