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Ricardo Balladares Castilla, Sociólogo.-  Estoy aburrido de esperar. Esperar que la oposición política se ponga de acuerdo, que los partidos dejen de mirarse el... Del barrio al hogar: La batalla cognitiva que la izquierda no puede seguir perdiendo

Ricardo Balladares Castilla, Sociólogo.- 

Estoy aburrido de esperar. Esperar que la oposición política se ponga de acuerdo, que los partidos dejen de mirarse el ombligo, que en La Moneda reconsideren. Mientras esperamos, el gobierno de Kast ya lleva una semana con el acelerador a fondo. 40 medidas en un solo proyecto, aprovechando los incendios para bajar impuestos a los empresarios, la guerra en Irán para echar mano al MEPCO y la crisis mundial para desmantelar avances sociales.

La estrategia de la ultraderecha es avanzar rápido, inundar, no dar tiempo a reaccionar. ¿Y qué tenemos del otro lado? Partidos de izquierda y progresistas discutiendo si se sientan o no en la misma mesa, calculando su conveniencia electoral, midiendo cuánto pueden gritar sin arriesgar sus cuotas de poder. La política institucional, esa que negocia en Valparaíso, se está quedando corta.

Pero hay algo que el oficialismo calculó mal. La batalla no es solo legislativa ni solo de calles. Es también cognitiva. Es una guerra por el sentido común, por lo que la gente termina creyendo que es natural o inevitable. La ultraderecha lo sabe, por eso ocupa cada canal, cada radio, cada TikTok. Construyó una maquinaria que normaliza el odio, que hace parecer de cajón que los pobres son culpables de su pobreza, que los migrantes son el enemigo, que la educación es un lujo, que la represión es orden.

Nosotros, los que decimos estar del otro lado, caímos en la trampa de pensar que basta con tener la razón y los que -todavía peor- creen que hay que comportarse y hablar igual que la derecha para conectar con las mayorías. Pero la razón no se impone sola ni la copia facha acerca al humanismo. Los hechos se interpretan desde algún lugar. Si no estamos disputando activamente esa interpretación en cada rincón donde se produce opinión —radios locales, juntas de vecinos, grupos de WhatsApp— entonces la batalla cognitiva la están ganando ellos sin que nos demos cuenta.

Por eso propongo construir con urgencia una Oposición Social. Y cuando digo social, digo movimiento. Y cuando digo movimiento, digo barrio, liceos, lugares de trabajo, universidades, juntas de vecinos, comedores populares, territorios. Pero también —y esto es crucial— digo hogar. Digo conversación de cocina. Porque si la batalla cultural se gana en lo cotidiano, entonces el frente más importante puede ser la mesa del comedor.

¿Cuántas veces hemos dejado pasar el comentario del tío en el asado? ¿Cuántas veces hemos preferido callar para no «politizar» la sobremesa? ¿Cuántas veces dimos por perdido al familiar que repite consignas de Kast, sin entender que ese familiar es un territorio en disputa, una conciencia que puede ser conmovida?

La ultraderecha entendió hace rato que el hogar es un aparato ideológico de primera categoría. Ha trabajado para capturar ese espacio íntimo, para hacer del hogar un territorio de reproducción de su ideología. La familia tradicional como valor absoluto, la autoridad paterna como modelo de gobierno, el mérito individual como explicación del éxito y el fracaso. Todo eso se cuela en la conversación diaria, se naturaliza, se vuelve sentido común. Nosotros, los que creemos en la emancipación colectiva, dejamos ese flanco abandonado. Nos dio pudor meter la política en la casa. Y mientras tanto, ellos metieron su política en todas las casas.

El poder se disputa en la materialidad del barrio y el trabajo, pero también en la subjetividad de cada persona. Se disputa en el diálogo bilateral, en el cara a cara, en sentarse a conversar con la tía que repite lo que escuchó en la tele, con el compañero de pega que cree que los derechos humanos son solo para delincuentes, con la vecina que tuvo miedo de que le quitaran su casa. Ese diálogo no es pérdida de tiempo. Es la trinchera más profunda, la que determina si cuando haya que movilizarse la gente sale o se queda en la casa con miedo.

La lógica de «hay que esperar», de «primero la unidad programática», de «hay que agotar las instancias institucionales» es la misma que nos ha llevado a estar siempre reaccionando, siempre llegando tarde. Los que hoy gobiernan no están esperando. Están usando su primera semana para imponer una agenda refundacional bajo la excusa de la «reconstrucción» y la «seguridad».

Pero en Chile la memoria de la lucha no se ha perdido. En las poblaciones, en las regiones, en las universidades y en las calles está despertando una energía que no se negocia, que no le pide permiso a ningún partido. Esa energía tiene que organizarse, articularse, volverse fuerza popular. Y esa fuerza tiene que entrar a la cocina, a la pieza, al living.

No podemos seguir esperando a que la oposición se ponga de acuerdo. Los afectados estamos aquí, ahora. Necesitamos una coordinación nacional de organizaciones territoriales, sindicales, estudiantiles, feministas, de derechos humanos, ambientalistas, que sea capaz de anticiparse, de marcar agenda, de hacerle sentir a este gobierno que cada medida tendrá costo político en la calle y en regiones.

Cuando el pueblo se moviliza unido, el poder tiembla. Cuando espera sentado a que sus representantes lo representen, el poder avanza. Por eso el llamado es a organizar cabildos territoriales, coordinar acciones locales, construir redes de apoyo mutuo, generar información propia, desmentir narrativas oficiales, movilizarnos. Pero también —y esto no es menor— a conversar. A entender que la transformación cognitiva es tan importante como la transformación institucional.

La ultraderecha chilena no es invencible. Se sostiene sobre la desmovilización, la desinformación, la manipulación y la pasividad de las mayorías. Si articulamos una oposición social potente, descentralizada, con capacidad de disputar el sentido común en cada hogar y cada conversación, podemos hacerle frente.

Ojo que tampoco se trata de defender una institucionalidad injusta. Se trata de construir participación popular para resistir la ofensiva que viene y avanzar en las transformaciones que la democracia neoliberal nunca nos va a conceder. Se trata de poner la vida en el centro, la organización en las manos, el barrio y el hogar como territorio. La conversación como trinchera. La palabra como herramienta de liberación.

Que la calle sea nuestra trinchera, pero que el hogar sea nuestra fábrica de conciencia. Que cada conversación en la cocina sea un acto de resistencia. Que cada duda sembrada sea una victoria silenciosa que allana el camino para las victorias visibles. Porque el poder no solo está en los palacios, sino también en las cabezas. Y mientras no hayamos disputado cada una de ellas, mientras no hayamos ganado la batalla por el sentido común en cada rincón donde se fabrica opinión, la ultraderecha seguirá teniendo un pie adentro de nuestras casas.

Y esa es una visita que tenemos que terminar de echar.

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