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Dr. Bernardo Muñoz Aguilar — Antropólogo Social, Universidad de Tübingen.- En Alemania hay una expresión para los días difíciles: “tener que tragarse un sapo”.... El día después: El Jaque a la reina visto desde la antropología.

Dr. Bernardo Muñoz Aguilar — Antropólogo Social, Universidad de Tübingen.-

En Alemania hay una expresión para los días difíciles: “tener que tragarse un sapo”. Esa mezcla de resaca, desconcierto y fatalismo recorre hoy a buena parte de Chile. Para algunos, la elección presidencial marcó el cierre definitivo de un ciclo político; para otros, apenas abrió un nuevo capítulo de disputa. Pero quizás para la mitad del país, lo que dejó fue una sensación de extravío: no saber qué país están construyendo ni qué país heredarán sus hijos y nietos.

Las elecciones no son meros procedimientos, son rituales colectivos donde una sociedad proyecta sus miedos, memorias y aspiraciones. Esta vez, ese ritual estuvo atravesado por una fractura moral profunda, una ruptura simbólica entre ciudadanía y política.

La pregunta que resuena no es solo quién perdió la elección, sino qué narrativa quedó derrotada: la de los partidos, la del gobierno, la de la izquierda o la del país que creímos tener desde el retorno a la democracia. El centro político prácticamente desapareció y los extremos se fortalecieron.

Cuando irrumpe una crisis política, emergen mecanismos que la antropología reconoce bien, la crisis como hecho simbólico: culpa compartida, búsqueda de responsables y necesidad de otorgar sentido al derrumbe. El “yo” se vuelve “nosotros”: “¿Qué no vimos?” “¿En qué momento perdimos la brújula?” Ese ejercicio no es puramente político: es un acto ritual de reorganización identitaria, propio de sociedades que sienten que su relato común está en disputa.

A ello se suma una tensión profunda entre los logros materiales exhibidos por el gobierno y el malestar moral que se instaló en el país. Aunque las cifras macroeconómicas sean positivas con un crecimiento moderado, baja inflación, alto precio del cobre, empleo recuperado, refuerzo de la PGU para una mayor cantidad de adultos mayores, reforma de las pensiones, pago de la deuda histórica de los profesores, salario mínimo al alza, una maquinaria estatal capaz de organizar mega eventos deportivos impecables y la existencia de una industria turística robusta. El relato gubernamental al final del día no calzó con la experiencia y la demanda emocional de la ciudadanía. Esta se sintió abandonada.

La política no se gana solo con números, se gana con sentido compartido y la inseguridad otorgó el marco emocional del país, ya que esta no opera solo como dato delictual. Funciona como dispositivo emocional, un marco que define cómo se vive, cómo se vota y cómo se interpreta el presente. Portonazos, narcotráfico, balaceras, instituciones debilitadas, fiscalías desbordadas y una justicia percibida como desigual para ricos, poderosos o pobres, generan un clima de vulnerabilidad emocional cotidiana.

Ese clima se amplificó con errores del oficialismo, desorden en las vocerías, fuego amigo y contradicciones internas que terminaron erosionando su capacidad narrativa, especialmente en los sectores de las clases medias que han visto amenazadas sus consecuciones económicas, lo cual tampoco es ajeno a los sectores populares sobre los cuales todos dicen conocer e interpretar.

La derecha sí logró articular un relato coherente y emocionalmente eficaz, simple, repetido y directo. La izquierda, en cambio, no consiguió ofrecer un marco simbólico alternativo que conectara con la experiencia real de la ciudadanía.

Chile vive un cansancio moral que atraviesa a todas las clases sociales y este cansancio moral se expresa contra las élites. La percepción de corrupción, privilegios y desconexión se volvió transversal. Mientras millones de chilen@s ajustan sus presupuestos mensuales, las élites políticas de todos los sectores exhiben viajes, propiedades y redes que hoy se leen como gestos de ostentación y qué no provienen justamente como resultado del trabajo.

El congreso nacional, con una de las peores evaluaciones históricas, refuerza esa imagen con nepotismo, herencias políticas y “turismo electoral”, donde diversos candidatos cambian de distrito o región según conveniencia más que por vocación territorial con las comunidades locales.

La precarización no afecta solo a los sectores pobres. La clase media emergente, endeudada en educación, vivienda y salud, pierde el empleo y cae rápidamente en vulnerabilidad sin posibilidad de acceder a ayudas estatales. Y en un país donde según la UNICEF y el ministerio de la mujer, criar a un hijo cuesta aproximadamente 595 mil pesos mensuales, la promesa de movilidad social se vuelve frágil y el voto histórico concedido a la centro izquierda también.

La ultima elección encontró a un proyecto progresista derrotado en lo simbólico. La candidata de centroizquierda obtuvo un 26,45%, lejos del umbral psicológico del 30% que se esperaba. Kast alcanzó el 24,46%. Aunque la primaria oficialista logró reunir a ocho partidos, la unidad se quebró durante la definición parlamentaria, con la salida del FRVS y el Partido Humanista, lo que electoralmente les significó perder varios escaños potenciales, incluso se calcula qué fueron cinco, para el pacto oficialista.

La derecha, en cambio, qué usó la primera vuelta como una primaria interna efectiva, ordenó a sus equipos en tiempo récord después del triunfo de Kast.

El voto extranjero, cercano a los 800 mil inscritos, sigue siendo una incógnita clave en un escenario cruzado por discursos antimigratorios radicalizados.

Con trece partidos al borde de desaparecer, el sistema político chileno muestra un nivel de fragmentación que roza la ingobernabilidad representativa.

La centroizquierda enfrenta ahora un desafío monumental: reconstruir su relato, reorganizar su campo simbólico y evitar una derrota aún mayor en la segunda vuelta. Lo que las urnas dijeron es claro: la izquierda, la centroizquierda y el socialismo democrático fueron golpeados no solo en votos, sino en sentido, en confianza y en narrativa, por lo tanto le queda menos de un mes para recomponer con un sentido épico no solo electoral sino que también de relato.

Y sin embargo, Chile sigue mostrando señales de institucionalidad fuerte: el conteo electoral estuvo listo en menos de cuatro horas; el IPSA subió cuatro puntos al día siguiente. Estabilidad electoral y tranquilidad de los mercados, dos pilares qué muchos países en el mundo entero envidian.

Pero la recomposición del país no será únicamente programática. Será simbólica, narrativa y emocional. Chile no se ordena solo con cifras; se ordena con significados compartidos. Y esos significados hoy están erosionados, especialmente en el ámbito político.

En esa tensión emerge la figura de Parisi, convertido en una sorpresa electoral. Un candidato con denuncias por abuso en Estados Unidos, con deudas históricas de pensión alimenticia. Que un liderazgo así alcance centralidad política habla del vacío, pero también del desconcierto. Algo huele mal en el país más austral del mundo.

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