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“Nos dijeron cuando chicos, jueguen a estudiar (…) y no fue tan verdad, porque esos juegos al final, terminaron para otros con laureles y... Estructura de la desigualdad en Chile y “Estallido Social”: Crónica de una revuelta anunciada

“Nos dijeron cuando chicos, jueguen a estudiar (…) y no fue tan verdad, porque esos juegos al final, terminaron para otros con laureles y futuros y dejaron a mis amigos pateando piedras…” El Baile de los que sobran. Los Prisioneros. 

Iván Valdés G., Periodista. Máster en Relaciones Internacionales y en Estudios Latinoamericanos.-

Como si del cuento del “Rey Desnudo” se tratase, las históricas protestas sociales de “Octubre”, no vinieron si no a cumplir el rol del niño que rompiese el espejismo acordado, señalando una verdad que nadie quería ver: el Chile “oasis” del que un mes antes hablara el presidente Piñera, no era más que una mascarada para un Chile real erigido sobre los pies de barro de una desigualdad que se volvió intolerable.

Este 18 de octubre se cumple el primer aniversario del llamado “Estallido Social”. Se ha empezado a escribir ya, y sin duda correrán ríos de tinta en análisis sobre sus causas y proyecciones, las que podrán llegar a múltiples conclusiones, pero lo que hoy parece fuera de duda, es que la crisis pudo ser cualquier cosa, menos inesperada. Los porfiados hechos mostraron que no puede haber gobernanza en un país en el que la mitad de los asalariados -trabajando- no gana lo suficiente para superar la línea de la pobreza; mientras que el 0,1% de la población concentra casi el 20% de la riqueza. Tras el fracaso de la promesa de progreso individual que ofreció el neoliberalismo, la acumulación de frustraciones sin cause institucional -frente a unas élites que acordaron la mantención estructural del orden de cosas- sólo podía desembocar esta situación. La pregunta entonces no era si ese estallido llegaría… si no cuando, o si se prefiera, cuál sería finalmente la chispa que incendiase a pradera.

La imposición del neoliberalismo en Chile supuso un cambio radical en la estructura económica del país, trasladando su centro dinámico desde el Estado, que era el articulador de las políticas desarrollistas de corte industrializador de la época; al sector privado, cuyo eje a su vez rápidamente se desplazó a los sectores financiero, comercial y en general de servicios. Esto posibilitó lo que Mac-Clure caracterizó como el surgimiento de “nuevas clases medias” en un marco a su vez de recomposición de la estructura de clases sociales en el país. En lo general, con el decaimiento del sector industrial, disminuyó el peso relativo de los sectores obreros, frente al ascenso de nuevas capas medias vinculadas al sector servicios. Las capas medias que entonces habían estado anidadas en la administración pública, fueron desplazadas al ámbito privado; y si su movilidad social ascendente había estado vinculada a la lucha colectiva de derechos en un largo proceso de acumulación de fuerzas; ahora el relato es que dicha movilidad debía producirse por “méritos” individuales.

El concepto de hegemonía en Gramsci, puede entenderse como la capacidad de los sectores dominantes, de proyectar su sistema de valores y creencias, también en los dominados. La capacidad de volver su relato, en el culturalmente hegemónico. El sueño utópico de quienes impusieron el modelo neoliberal en Chile, era destruir la capacidad de que la sociedad chilena volviera a articularse políticamente de manera colectiva, en partidos o sindicatos, lo que veían como una amenaza al sistema. Lograr esto no podía ser sólo posible mediante la fuerza y la coerción, había que construir un relato que deslegitimara los proyectos colectivos como instrumentos de influencia y más concretamente de movilidad social ascendente, centrando el discurso en que dicha movilidad sólo sería posible a través del esfuerzo individual.

La promesa rota de la “meritocracia”

 ¿Cómo en un país de trabajadores con bajos salarios se podía alcanzar dicha movilidad por “merito” propio, sin derecho a sindicalización, huelga o representación política?, la formación, y en particular la formación superior o terciaria, fue presentada como la “llave” para abrir las puertas de dicha movilidad, cuya promesa llevó a miles y miles de familias modestas a endeudarse para tener un primer integrante con “título”. De hecho, entre 1990 y 2015, el número de estudiantes de educación superior se quintuplicó.

Tal como advierten en su trabajo “Estratificación y Movilidad Social bajo el Modelo Neoliberal: El Caso de Chile”, Espinoza, Bonazet y Méndez, puntualizan que si bien el país a partir de la década del ’90, mostró una eficaz política de focalización social, centrada en los sectores más vulnerables y que permitió reducir dramáticamente los índices de pobreza, no ocurrió lo mismo con la distribución del ingreso, que sigue siendo uno de los más desiguales del mundo. Aunque las estadísticas indican que la brecha muestra cierta tendencia a acortarse -entre 1990 y 2015 los salarios reales aumentaron un promedio del 120%- pero la brecha sigue siendo abismal y eso es lo que está en el centro de la percepción ciudadana. De hecho, según la encuesta PNUD-DES de 2016, el 70% de los trabajadores de los sectores populares considera que gana menos o mucho menos de lo que merece.

Los hechos aquí también fueron crudos al mostrar la realidad; en primer términos la educación superior no era en si mismo suficiente para lograr ese ascenso social deseado, en particular por la sobreoferta de maro de obra cualificada en un país que mantiene una estructura productiva primaria exportadora; pero y también porque había una desigual distribución de cualificaciones y de “capital social” en los distintos tipos de graduados universitarios … nuevamente, no todos eran iguales, y las diferencias eran abismales. Sólo como ejemplo, según el PNUD que analizó los apellidos más recurrentes entre los profesionales egresados de carreras y universidades que se consideraban más prestigiosas, los 50 que más se repetían eran los vinculados a los sectores aristocráticos “castellano-vascos” de la colonia y los inmigrantes europeos que se incorporaron luego a esas élites; mientras que, en el extremo de menor prestigio, los apellidos recurrentes eran casi todos de origen indígena, particularmente mapuche.

Quizás la clave no esté sólo en la desigualdad misma -cuyo origen se puede remontar a los cimientos del país, cuando en la Colonia se fraguó una élite aún dominante, por la asignación de tierras- sino la evidencia de que el sólo esfuerzo individual o familiar no era suficiente para asegurar la movilidad social ascendente. Las influencias, los capitales económicos y culturales heredados, o el parentesco, seguían marcando la pertenencia a las élites y las capas medias elevadas. De hecho, también el estudio del PNUD, establece que más de la mitad de las más altas autoridades del Estado entre 1990 y 2016, estudiaron el colegios particular-pagados, cuando éstos apenas representan el 8% de la matrícula nacional. Con todo, no parece casual que uno de los himnos de la revuelta social haya sido precisamente el “Pateando Piedras” de “Los Prisioneros”, un ácido grito de decepción y rebeldía, frente a la promesa rota de la meritocracia. La desigualdad es, por tanto, una de las marcas de origen del modelo impuesto en dictadura.