Edición Cero

Ninoska Peñaranda Tapia, miembro de Sociedad de escritores de Chile Filial -Iquique.  Tamarugo, es un hombre envuelto en espíritu de hombre, en un manto... Simbiosis (Reedición del libro “Tamarugo Alma del Desierto).

Ninoska Peñaranda Tapia, miembro de Sociedad de escritores de Chile Filial -Iquique. 

Tamarugo, es un hombre envuelto en espíritu de hombre,

en un manto de hojarascas vivas.

El hombre es un tamarugo, corazón de corteza

que esgrime solaz.

Se ha plasmado en su piel, espina de dorado árbol,

se ha mimetizado ulular del viento fúnebre,

y ambos son uno solo, aun estoicos inquebrantables

en la acerba lucha de tormenta.

 

Solitarias piedras guardadoras de sus ansias planicies,

cubren soledad que lo rodea junto a fantasmas.

El árbol y el humano uno solo al pie del mudo cerro.

Arena canta al oído de cerca, la canción de siempre

atisba recuerdos y lloviznas primeras.

Hay en el desierto un perfume arbóreo,

cenizas dolientes se lanzan al sol y a su encuentro.

 

Lluvia invisible y estoicos tamarugos se acercan.

Veneran ellos su sombra, en un mar de miradas.

Identidad de acero, serenidad y paisaje lo rodea,

como una multitud arrolladora,

como un milagro del secano.

Entonces el hombre y el árbol,

uno solo en el universo.

 

El guerrero antiguo del desierto, busca su cuna, su alberge,

en la hazaña de la luz y la batalla.

En lo íntimo de su pecho jubiloso observan los nativos

una llama rebelde.

Una esperanza y sus migajas.

Los niños junto a su infancia abrazan un cuerpo

de troncos abuelos.

Con profundo anhelo se albergan raíces del tamarugo

 en tierra y vuelven al nido y al humano que lo riega.

 

Cal de suelo y la hoja moldean el rostro café

bifurcado en la llanura.

Surgió raíz desde la esfera, entre tierra y arena.

Una hebra arrastró la semilla del milagro en la lumbre,

y de ella nació el espartano, lo anido en su vientre

de madre eterna,

lo abrazó fuertemente y le hizo crecer laberintos

de manos sembradoras,

le hizo tener sed de agua pura y el impulso de vivir

a pesar de la tormenta.

 

Entre fieros peñascos y mudas lagartijas posan sus ojos,

y en ambientes oscilantes pervive el idóneo árbol aún.

Se ha esfumado junto a su aliento

Ha copiado su Edén.

Le ha mirado curtido rostro,

y ha bebido toda la sal de su piel.

Llegó en invierno, después de mucho andar.

Lo ha plantado a orillas de sobrevivencia

Lo ha absorbido la sal y sus raíces.

 

Él y tamarugo se han fundido en la ronda

y han hurtado el silencio y la plegaria

y se han ido.

Alba los ha confundido con el sol,

y lo descascara en la rutina.

Se acercan torbellinos y borrascas

merodea, cabeza del justo tamarugo.

 

Llora una nívea cabra, no quiere

asistir a la fiesta en el monte,

quiere dormir a la sombra del adalid arbusto,

y ver pasar las estrellas,

la lumbre, la ronda y las semillas.

 

El viento cercará al eco.

Las ramas de otros árboles alcanzan la luz del viento.

Los otros fantasmas, arrastran sus desconocidas muertes,

y el pavor que los lleve de la mano,

a encaramarse a las espinosas ramas del amigo tamarugo

en el orbe aliado.

Bendito sustento, verídico y milenario.

Desciende el fruto del cielo en procesión,

y cae al costado.

 

Mira alba embelesado un tamarugo y ora.

Savia y el agua nacen de su escondida grieta,

ahora con el sol del tiempo.

Se ha fundido tamarugo y se ha hecho hombre.

El hombre se ha convertido en tamarugo

y ha absorbido su genio, forma y todas sus espinas.

 

La fatiga del páramo y el desaliento de las piedras

en la inmensidad del sol futuro, ha preparado el alma,

de los espartanos pampinos, ha guiado el pedregoso camino

en el blanco salitre, teñido de rojo.

Manto verde del mineral aun de fiesta, aún pervive

en la senda,

aún no ha huido, aun reluce su cuerpo abatido fosforescente,

en la inculta hiedra.

 

El silencio en trance, es morada del árbol solo y empolvado.

Es sepulcro de varios y sus despojos aun lloran

un coro de lamentos.

 

(*) El poema de la autora, es parte de la reedición  su libro “Tamarugo Alma del Desierto.