Edición Cero

Domingo Latrille , Escritor chileno. Presidente Taller Literario Albricias. Cuando el tizne de la noche cubre la pampa nortina, la inquietud se manifiesta en la mente... Fragmento del libro El Cachucho

Domingo LatrilleEscritor chileno. Presidente Taller Literario Albricias.

Cuando el tizne de la noche cubre la pampa nortina, la inquietud se manifiesta en la mente de los hombres. El rumor de los caminos cuenta una leyenda, a las piedras cansadas o exploradores perdidos. El temor y el asombro escarban el alma como palas frías de cementerio. Entonces, en el hollín espeso de la oscuridad, emerge, densa, pálida y aterradora, la camanchaca. Es el desierto, ensimismado en el universo de su vastedad, esperando el paso de algún hombre, clamor o sueño, sin rumbo ni destino, como una piedra rodando hacia lo infinito. Se derrama el prisma de colores, con tradiciones matizando la pampa heroica, de emotividad, patriotismo y entrega. Algunas han trascendido las décadas extendiendo sus raíces a través de las generaciones, manteniéndose erguidas, como astas azotadas por el tiempo, en la inmensidad de sus gestas.

Uno de mis juguetes favoritos, ha sido la honda que hizo mi bisabuelo, Silvestre Latrille, con sus propias manos engarrotadas por el trabajo duro de pampino, para que yo jugara en mi niñez. Está hecha con madera de árbol de la zona, Tamarugo y siempre me ha acompañado a través del tiempo. Cuando he sentido nostalgia del pasado que es mi propio presente, pues suelo convocarlo cada vez que respiro y late mi corazón. La he llevado a lugares de la pampa y comienzo a lanzar piedras a latas vacías, que el viento arrastra hacia confines sin humanidad. Nunca he alcanzado a pegarle al sol cuando cae al horizonte.

He golpeado sombras vagabundas sin querer y oído sus lamentos.  A veces, he conseguido atinarle a uno que otro espejismo, merodeando mi vida pasajera. En otras ocasiones, el blanco ha sido algún recuerdo perdido, buscando memoria para revivir, cansado. Y en ciertas ocasiones, las piedras han caído a un vacío existencial, donde no hay nada, excepto yo mismo, si acaso soy algo en este mundo de tragedias ferrosas…el frío me ahuyenta, el viento me amenaza, pero siempre encuentro a la distancia, saliendo de la chimenea, el vaporcito de la tetera hirviente de mi bisabuela, esperándome para abrazarme con su calor de madre imperecedera. Por tanto, declaro que, a través de las páginas de polvo arrugado de mi vida, agradezco a los seres que me acogieron en su seno de fuego radiante y obrero, alimentándome con buenos gestos, voces y sufrimiento.

Me alzaron, como a la duna caída, para continuar la marcha terrestre, dándome un odre de silencio. Me enlazaron, con sus tiernos brazos de herramienta cuando tuve miedo, frío, dolor y desconsuelo. Me dieron un beso en el alma, como testimonio de lo expuesto ¡y todavía me quema la carne, el sello! Yo he lamido y relamido, sin ser digno de hacerlo, enjuagado, con salitre de mis lágrimas, las llagas que dejó la pampa en mis ancestros ¡y volvería otra vez a hacerlo!  No les diré nunca “adiós”, porque no creo en él. Mejor inclinaré mi cabeza hacia el suelo, para decir: gracias Dios mío, por haberme puesto en los brazos de esta cuna de sal, para que sanen las heridas que me dejaron antiguos secretos.

¡Recibe, gente mía, envuelta en ripios de costra saturada por opresiones, perseguida! Recibe estas galas de tus tropas, estas fuerzas de empuje incesante, no rendidas. ¡Recibe este polen de tu pueblo, que el viento arrastra y lleva por no acabarse en semilla!  Aquí están vuestros nombres amados, en tablas de piedra cromita. El polvo de los ancestros, tomadlo, y de oro tomad una ficha. No hay laureles a vuestra gloria, tengo coronas de lata, también les traigo mi risa de mueca fingida, por no derramar de yodo ácidas, lágrimas vítreas y el llanto sostenido en mi puño que palpita.

Recibe, hoy, ¡las glorias pasadas de tus conquistas!