Edición Cero

Iván Valdés G., Periodista; Máster en Relaciones Internacionales; y  Máster en Estudios Latinoamericanos. – Pensar que vamos a salvar al sector empresarial evitando que... Medidas económicas de Piñera frente a Coronavirus: Un paso adelante… dos pasos atrás

Iván Valdés G., Periodista; Máster en Relaciones Internacionales; y  Máster en Estudios Latinoamericanos. –

Pensar que vamos a salvar al sector empresarial evitando que le paguen a sus trabajadores si no producen durante la crisis, no sólo es una decisión  inhumanamente clasista, es también una miope política económica.

El anuncio de la Dirección del Trabajo de que los asalariados no tenían derecho a su sueldo si es que no podían concurrir a sus labores por la pandemia del Coronavirus, fue un verdadero balde de agua fría, una desagradable sorpresa en medio de una crisis de aún insondables dimensiones. Y es que no solamente es un evidente contrasentido frente a las recomendaciones de “quedarse en casa” para evitar el contagio, poniendo a los trabajadores ante la terrible disyuntiva de literalmente dejarse morir de hambre o exponerse a un virus potencialmente mortal; no sólo es éticamente reprochable que nuevamente las crisis las tengan que pagar los que menos tienen; sino que además es un balazo en el pie para los propios agentes económicos privados.

El Presidente Piñera frente a la polémica, se escudó señalando que era lo que señalaba la ley, cuestión de suyo discutible, dado en primer término que la ley también puede interpretarse en sentido inverso, es decir, que dado que legalmente el empleador es el responsable de la seguridad del trabajador, y ante el hecho manifiesto que esto no puede asegurarse por la pandemia, no puede imputarse al trabajador el costo de su ausencia; pero no sólo el gobierno no interpreta la ley en este sentido, sino que no presenta ningún proyecto de ley para hacer modificaciones. En síntesis, el no pago de salarios por la crisis se anuncia no por un problema legal, sino por un tema político e ideológico: el gobierno entiende que el resguardo de los ingresos de los trabajadores es un problema que éstos deben resolver por sus propios medios, o peor aún, que es prioritario defender las utilidades de los empresarios.

Pan para hoy y hambre para mañana

Pensar que vamos a salvar al sector empresarial evitando que le paguen a sus trabajadores si no producen durante la crisis, no sólo es una política inhumanamente clasista, es también una miope política económica. En un contexto de fuerte depresión de la demanda externa, producto también del virus, con una fuerte contracción en las exportaciones de nuestros principales commodities –cobre y productos minerales, celulosa, harina de pescado y fruta- la economía sólo puede sostenerse manteniendo a flote la demanda interna, que es la que abastece el grueso de las empresas nacionales y casi todas las pymes, las que por lo demás son responsables de más de tres cuartas partes del empleo.

¿Cómo aseguramos mantener a flote la demanda interna para evitar el colapso de la economía nacional?, en el caso de las grandes empresas, mediante directrices estatales de carácter expropiatorio, es decir, condonación de deudas o parte de ellas, supresión de pagos en servicios y control de precios, permitir la utilización para consumo de parte de los ahorros previsionales, etc. Las grandes empresas podan resistir simplemente restringiendo sus márgenes de ganancia. Y en el caso de los empleos públicos o pymes, mediante apoyo directo a través de estímulos fiscales, como por ejemplo: asegurar salarios y prestaciones, entrega de bonos y subsidios. Lo anterior, simplemente mediante endeudamiento público, nuestro país tiene sus cuentas fiscales sanas y puede resistir la solicitud de préstamos internacionales en casos de crisis tan agudas como ésta.

Control estatal y endeudamiento público

Puntualizando, la forma de salir de la crisis exige a lo menos tres radicales medidas: control estatal sobre los activos sociales disponibles -sean  éstos de patrimonio público o privado- y la experiencia de los hospitales irlandeses privados que pasan a administración pública durante la crisis es un ejemplo; asegurar la subsistencia de la población para aplicar cuarentenas efectivas, facilitando que los trabajadores tengan los recursos económicos para adquirir sus bienes esenciales, como ya lo ha hecho Europa, Canadá, Estados Unidos o Australia ;  y por último, políticas agresivas de investigación mediante la inversión y la cooperación internacional en vacunas o curas, como hoy lo están haciendo las potencias occidentales en cooperación con China o Cuba.

La historia es rica en ejemplos como los actualmente vividos en materia económica. Uno de los casos más icónicos fue la Gran Depresión de la década del ’30, que llevó al mundo a la bancarrota y arrojó a cientos de millones de personas al hambre y la miseria. Entre 1933 y 1938, rompiendo la ortodoxia librecambista en Estados Unidos, su entonces presidente, Franklin D. Roosevelt, impulsó un agresivo programa de estímulo fiscal, mediante amplias inversiones en infraestructuras, creación de ayudas sociales, apoyos al empleo y la agricultura, todas medidas que permitieron al país y al mundo occidental, salir de la crisis.

Hoy, es imperioso romper la ortodoxia neoliberal que impide al gobierno ver todas las opciones disponibles, ceguera que tendrá un alto y prolongado costo para el país. Hoy, cuan proféticas parecen las palabras de Karl Marx, cuando señalara que “la burguesía genera los gérmenes de su propia destrucción”, o en otras palabras, la irracionalidad del egoísmo como bien supremo, termina erosionando las bases mismas de la riqueza que se quiere preservar. Ahí está el meollo de lo absurdo de las políticas del gobierno, incendiar la casa para salvar el florero, o si se prefiere, destruir la economía a largo plazo, para salvar el flujo de caja de su clientela política.