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Iván Vera-Pinto Soto, Cientista social, pedagogo y escritor Como no puede ser de otro modo, me apasiona transitar libremente por diversos estilos de música. Por... La música popular en el alma nacional

Iván Vera-Pinto Soto, Cientista social, pedagogo y escritor

Como no puede ser de otro modo, me apasiona transitar libremente por diversos estilos de música. Por sobre los formatos y las distintas generaciones que pueda representar cada canción, normalmente me quedo con aquellas que cuentan historias y que suelen suscitarme sentimientos diversos. Esta es la razón por la que a veces me puede emocionar escuchar la voz de Julio Sosa, “el barón del tango”, cuando interpreta “Nostalgia” de Enrique Cadícamo: “Quiero emborrachar mi corazón, para apagar un loco amor que más que amor es un sufrir. Y aquí vengo para eso, a borrar antiguos besos en los besos de otras bocas…”.

Cosa parecida me acontece con Javier Solís, “el señor de las sombras”, al entonar “Amanecí en tus brazos” de José Alfredo Jiménez: “Amanecí otra vez entre tus brazos, desperté llorando de alegría. Me cobijé la cara con tus manos, para seguirte amando todavía...” Una similar vibración me produce “El breve espacio en que no estás” de Pablo Milanés: “Todavía quedan restos de humedad, sus olores llenan ya mi soledad, en la cama su silueta se dibuja cual promesa de llenar el breve espacio en que no está”. Así podría revisar muchas otras, las que incluso son más antiguas.

Llegado a este punto, me pregunto: ¿por qué ha surgido en mí esta cercanía sentimental con algunas canciones románticas que a veces son de una época lejana a la mía? Muy sencillo: todas constituyen parte de mi memoria emotiva y del bagaje cultural popular y cotidiano que traigo desde mi niñez. En pocas palabras, las melodías y canciones pertenecen al imaginario personal. Entonces, no es extraño que al escuchar un vals o un bolero antiguo sienta ganas de llorar, pero no de pena, sino de placer por las imágenes que evocan mi infancia y mis sueños.

Entiendo que esas impresiones vivas que se producen al percibir un tema favorito han sido estudiadas por la ciencia, ella ha comprobado que dichas sensaciones desencadenan una actividad en el hipocampo, la región del cerebro adyacente, desempeñando un papel fundamental en la memoria y las emociones vinculadas a la socialización.

Al respecto, los estudios realizados en este campo han llegado a la conclusión que la música predilecta no solo provoca una actividad más intensa en ciertas partes del cerebro, sino una mayor conectividad entre diferentes partes. Muchas veces los compases de una canción que ha sido parte de alguna situación específica de nuestras vidas, nos desata y transporta a ese día en el que, por ejemplo, vivimos algo especial o compartimos con alguien un momento imborrable. Lo cierto es que esto nos pasa a todos y todas. Es imposible evitar  que cuando reproducimos una melodía determinada nos haga sentir nostalgia, tristeza, alegría. En fin, un sinnúmero de recuerdos de vez en cuando alegres y tristes.

Ahora bien, en otro orden de ideas, debo admitir que me molesta aquella odiosa separación que se hace entre un “arte mayor” y un “arte menor”, como si, en este caso, la música popular fuese de menor rango estético y valórico. Digamos que, ciertos pontificadores, imbuidos de una visión clasista, han pretendido establecer que el genio creativo solo reina en la “alta cultura”, en cambio en los barrios únicamente subsiste una subcultura (cultura minoritaria o que se considera inferior o de menor importancia). ¡Qué error más grande! En mi opinión, el arte, en general, cuando está realizado con amor siempre engendra belleza en nuestro espíritu y no hay nada más discutir.

Bajo la mirada anterior, no tengo pudor en decir que formo parte de ese conglomerado de personajes que acostumbran a embriagarse, sin reserva, con la letra de los boleros dulzones que un día escuchamos en la radio familiar o en una lacrimógena película mexicana o en aquella cantina que quedaba al frente del mercado municipal. Es probable que con los años y las experiencias vividas, me haya puesto más nostálgico y romántico, cursi como dirían mis detractores. Pero tal como dijo Agustín Lara: “cualquiera que es romántico tiene un fino sentido de lo cursi y no desecharlo es una posición de inteligencia”. En todo caso, estimo que la poesía contenida en la canción popular representa parte de nuestras existencias que es imposible renegar.

Por lo demás, en estos días cuando nuestra relaciones sociales son más frías y funcionales, como consecuencia de este modelo de sociedad mercantilista, creo que con mayor razón debemos poner en valor el sentido romántico y popular de los viejos temas de antaño, no con la mera intensión de caer en un romanticismo adormecedor, sino para resignificar las expresiones propias de nuestra cultura. Sin embargo, convengo que muchos años atrás, cuando era un imberbe adolescente, también ironizaba el sentimentalismo rimado del bolero. Es más, mi preferencia musical navegaba en la línea del rock extranjerizante y estridente. Hoy, en cambio, ideológicamente maduro, puedo convivir, sin ningún reproche, con Joan Manuel Serrat, Emma Shapplin, Adriana Varela, Andrea Bocelli, Eva Ayllón, Edith Piaf, Sting, Queen, Silvio Rodríguez, Ángel Parra, Los Panchos, Chávela Vargas y Luciano Pavarotti.

Con la amplitud que me da el haber descubierto otras realidades sociales, puedo comprender mejor el sentido que tiene la cultura popular. No temo asentir que me conmuevo cuando reviso antiguas películas: “El Tango en Broadway”, protagonizada por Carlos Gardel. Cantinflas en el film “El bolero de Raquel”. Sandro protagonizando “Quiero llenarme de ti”. Jorge Negrete y Pedro Infante, juntos en “Dos tipos de cuidado”. A pesar de sus argumentos simplones y cándidos, estas realizaciones cinematográficas aún me provocan fascinación porque evocan anécdotas y vivencias que están enclavadas en mi piel. Por ende, pienso, por qué debería temer a ser uno de los seguidores de la mal llamada “música cebolla” que popularizó, entre otros, el inmortal Lucho Barrios, cuando cantaba: “Me engañas mujer con el mejor de mis amigos que fue, como un hermano y con él te encontré; ya a los dos perdoné…”

Este género musical, aunque fue despreciado en su momento por establishment, supo ganarse a pulso, llenando coliseos y teatros, los corazones de millones de chilenos. De la trayectoria de sus autores poco sabemos, ya que algunos medios de comunicación y la academia han escamoteado y menospreciado a sus cultores y a sus aportes musicales.

Como es lógico, su arraigo en la escena nacional en su época desconcertó, debido que su impronta era ajena a los cánones de éxito que imponía la industria discográfica de la segunda mitad del siglo pasado. Lo que no podemos desconocer es que eran buenos intérpretes, que gozaban de magnificas voces y tenían un repertorio variado, el cual incluía valses y boleros, cuyas temáticas hablaban del amor, la muerte, la desesperanza y la pasión. Creo que esa fue la estrategia que les permitió calar con fuerza en los jóvenes de los barrios populares y, porque no decirlo, también en algunos sectores de la “clase media”, aun cuando estos últimos las aceptaron con ciertas reticencias.

Me atrevería a decir que la canción simple, llorona y sentida no está extinguida, por el contrario, observamos que en la actualidad está más viva que nunca, todavía se sigue disfrutando de ella, aunque a algunos les avergüence reconocer que la sintonizan en su intimidad o en una fecha especial. Asimismo, las nuevas generaciones de músicos se han encargado de reivindicarla, quizás con renovados aires, mayor estilización y mejor sonido, pero manteniendo su esencia popular. Cito al caso, Mon Laferte, Los Vásquez, “Chico” Trujillo, Américo, Miriam Hernández, Damián Rodríguez, Los Celestinos, Santos Chávez, entre tantos otros. Gran parte de estos exponentes se manejan, al igual que sus antecesores, bajo un estilo de manierismo exacerbado, mucha emoción y situaciones muy al límite.

Este periplo de rescate y “puesta en valor” comenzó allá por la década de los 90 del siglo pasado, cuando las bandas de rock comenzaron a remasterizar las canciones olvidadas, tal como lo hizo Luis Miguel con los boleros de nuestros padres y abuelos, pese a recibir duras críticas de los maestros como Armando Manzanero y Lucho Gatica. Por supuesto, no todas las versiones fueron de calidad ni mantuvieron la raigambre popular; algunas fueron reescritas con fines netamente comerciales.

Al margen de la situación descrita, podemos identificar en nuestra realidad una prueba de integración intergeneracional. Precisamente, vemos que en los créditos del documental de Los Ángeles Negros, se reúne a Anita Tijoux, junto a Álvaro López y Mauricio Durán, de Los Bunkers, en la interpretación de «Tú y tu mirar», de Germaín de la Fuente, en una buena recreación testimonial.

Es posible que, como suponen algunos entendidos, la supervivencia de este estilo se deba a la existencia de una predisposición trágica en el chileno. Por cierto, si hay algo que nos caracteriza es la riqueza de nuestra música y el sentimiento con el que nuestros artistas son capaces de cantar sus penas y desdichas. Esta misma condición es la que permitió convertir en ídolo al mexicano Marco Antonio Solís o al cantante colombiano Charlie Zaa, quien en nuestro país se hizo famoso interpretando el repertorio de Julio Jaramillo. Sumemos las múltiples versiones que se han hecho de las baladas de Los Galos, Palmenia Pizarro, Lucho Gatica, etc.

Lo explicado autoriza a concluir que, este canto dramático y fatalista no ha sido superado por las tendencias modernas, llámese “pop” y música electrónica, puesto que el gusto por las letras sufridas, por los géneros como el vals peruano y el bolero popular, forman parte de nuestra alma nacional, y quienes, movidos por el patético arribismo social, intenten negar o discriminar este formato no hacen más que afirmar su estado perenne que se manifiesta en los diversos soportes artísticos: novelas, películas, dramaturgia, poesía y series televisivas.

En lo personal, emulando al maestro Pedro Almodóvar, me siento totalmente feliz de haberme remitido en todas mis creaciones artísticas al legado de sensibilidad de la música popular del mundo, sin caer en las odiosas inhibiciones y prejuicios que no hacen más que ahondar la división clasista que existe en Chile. Como dirían Los Galos: “Como deseo ser tu amor/para poder vibrar así/con cada espacio de tu cuerpo/Como deseo ver la luz/de la mañana y junto a mí/sentir aliento de tu boca».