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Leonor Quinteros Ochoa, Socióloga, doctoranda Universidad de Münster, Alemania. Seguramente usted ya ha escuchado algo sobre actividades organizadas por grupos de personas comunes y... Comunidades intencionadas en Iquique: Un aliento de aire fresco al interior del medio individualista reinante.

Leonor Quinteros Ochoa, Socióloga, doctoranda Universidad de Münster, Alemania.

Seguramente usted ya ha escuchado algo sobre actividades organizadas por grupos de personas comunes y corrientes en Iquique que, respondiendo a un manifiesto espíritu comunitario, busca crear o modificar espacios, pensamiento y formas de vida lejos de la vida solitaria y aislada de la mayoría de los chilenos y chilenas.

Se trata de comunidades que han decidido “hacer” algo diferente, amparadas en el derecho al ejercicio de su libertad.  Son, por ejemplo, las llamadas “escuelas libres” en Iquique y Alto Hospicio, como la escuelita “Ayni”, grupos ecológicos como la ya muy conocida organización “Manito verde” entre muchas otras más. También hay otras iniciativas educacionales de apoyo a niños de escasos recursos, como la “Escuelita Popular Luchín”, creada por estudiantes universitarios que llevan muchos años apoyando el desarrollo emocional y académico de los niños y niñas del barrio El Colorado.

Por cierto, son iniciativas ciudadanas, que podrían definirse como una oportunidad concreta para realizar sueños y anhelos en pos de una calidad de vida mejor, y en cuyo centro esté la solidaridad y el espíritu comunitario. Se busca de este modo, fomentar un cambio cultural respecto a la relación del ser humano con sus semejantes y con la naturaleza, no sólo en su propio medio sino en todo el planeta.

“Hacer política” en estas comunidades es poner en práctica valores y principios, como la equidad, la justicia, la solidaridad, el respeto por el ser humano y el medio ambiente, la transparencia, la honestidad. Estas comunidades, en suma, buscan revertir el ya enquistado sentido de competencia, consumo y de alienación que impone el modelo económico y político imperante, y que tanto ha dañado nuestro medio ambiente y también nuestras relaciones sociales a gran y pequeña escala.

Estas comunidades desarrollan un sentido de identidad y pertenencia a través del fortalecimiento de la praxis comunitaria; también ofrecen un espacio para el afecto, la amistad y la solidaridad entre sus miembros. Metafóricamente hablando, podríamos definirlas como un “humus social”; un elemento que nutre el entorno, el barrio, la ciudad con su ejemplo de solidaridad, trabajo comunitario, confianza y apego a grandes ideales y aspiraciones.

Afortunadamente, estas comunidades ya se han abierto paso en nuestro país. Están surgiendo en muchas partes y todo indica que este proceso no se va a detener tan fácilmente.

Según varios autores que han observado este fenómeno a nivel mundial, se trataría de “comunidades intencionadas,” debido a que no se “nace” en ellas, ni se está ahí por un accidente, casualidad o fuerza mayor. Se trata de comunidades que surgen libremente en el seno de la ciudadanía, y que consiguen mover y utilizar infraestructura, redes y medios que se encuentran en el mismo sistema social. Surgen a medida que los ciudadanos se empoderan y toman conciencia de las necesidades humanas y medioambientales que los rodean.

Pertenecer a una de estas comunidades implica actividad y compromiso; además de la voluntad de “experimentar” nuevas formas de vida tras haberse informado y reflexionado en profundidad sobre un fenómeno social que se considera “problemático”. No es de extrañar entonces, que Etzioni (2009) calificara a los miembros de las comunidades intencionadas como “ciudadanos ilustrados y responsables, que reflexionan críticamente sobre la sociedad civil pos-moderna”.

Sin embargo, no es fácil salir del sistema vigente para integrarse a uno alternativo; pues implica trabajo, dedicación, y dejar la comodidad y la costumbre que se ha practicado por años. Por ejemplo, desescolarizar a un hijo o hija para integrar en una iniciativa educacional alternativa, sin las reglas y condiciones de los colegios; tan familiares para todos y todas, implica asumir riesgos y muchas veces, la oposición de otros miembros de la familia. Des-institucionalizarse no es nada de fácil. Sin embargo, la tendencia a nivel nacional muestra que estas iniciativas han ido aumentado y cobrando mayor interés y atención. Al parecer, una vez dado un paso, ya no se retrocede.

Estoy segura que el creciente aumento de “comunidades intencionadas” no es casualidad. Es reflejo claro de la obsolescencia de la cultura política basada en el quehacer institucional y público de los partidos políticos tradicionales. Los partidos políticos chilenos se mueven básicamente con arreglo a metas cortoplacistas, práctica que da lugar a modos de actuación política carentes de ética y de espacios de participación empoderada y libre de sus militantes.

Por supuesto, siempre está el peligro de que estas comunidades sean utilizadas y manipuladas por líderes políticos que puedan ver en ellas una plataforma electoral. Casos así se han dado en el pasado, lamentablemente sin final feliz ni recompensa alguna. El éxito y la misma existencia de estas experiencias se debe, en realidad, al empoderamiento y la participación de sus integrantes, que se mueven por valores y principios sólidos, y no por metas electorales, institucionales o reglamentos rígidos e inflexibles.

Debe cuidarse la vigencia y proliferación de estas comunidades. Son pequeños y poderosos motores de cambio en medio de un mundo político desaliñado y repetitivo; donde la participación de las personas, aun si existiera, no tiene valor. Aunque es muy difícil que las autoridades y sus instituciones las apoyen, por lo menos debieran facilitar el ejercicio de sus actividades, cuestión que lamentablemente no siempre ocurre.

La existencia y surgimiento constante de estas comunidades, muchas veces invisible para los medios de comunicación y nuestras autoridades, bien pueden ser una maravillosa herencia para nuestros hijos, hijas, nietos y nietas. Porque sabemos, a ciencia cierta, que los cambios culturales no vendrán conversando ni teorizando fuera de la praxis. Vendrán a través del ejemplo, de la acción cotidiana, a la manera de nuestras “comunidades intencionadas.”