Edición Cero

Diego Zarricueta Rojas, Antropólogo Social. Integrante del Colectivo Caravana 60 Como ya es costumbre, las redes sociales han sido las encargadas de difundir denuncias... “Tunupa, perdónalos porque no saben lo que hacen”

Diego Zarricueta Rojas, Antropólogo Social. Integrante del Colectivo Caravana 60

Como ya es costumbre, las redes sociales han sido las encargadas de difundir denuncias que pareciera que son más importante para la ciudadanía que para las instituciones gubernamentales pertinentes. La última gran noticia tuvo como protagonista a nada más ni nada menos que nuestro Tunupa, el famoso Gigante de Tarapacá, que en esta oportunidad fue víctima de inescrupulosos que no tuvieron problema en subir el Cerro Unita en vehículo 4×4. Esta situación no es aislada, muy por el contrario, es una práctica recurrente que algunas personas se sientan con la libertad de pisotear una geografía llena de historia, de símbolos y de leyendas.

Esto no es más que la expresión visible de una gran falencia que tenemos como región y como comunidad regional, pues estamos al debe en cuanto al cuidado y preservación de nuestro patrimonio. Y aquí no me refiero al trabajo profesionalizado de mantención, difusión y puesta en valor de los bienes patrimoniales, porque sin duda existen organizaciones e instituciones que han sido un gran aporte en el cuidado de nuestros patrimonios. El problema, estimo, radica en la poca formación que como tarapaqueños y tarapaqueñas tenemos sobre nuestra historia y nuestra cultura ancestral, lo que impacta directamente en la relación que establecemos con nuestro entorno, con nuestro territorio.

Este último episodio, sin duda, a algunos nos provoca un sentimiento compartido entre rabia y frustración, porqué como ya dije, no es primera vez que ocurre algo así. Pero aquí creo que la reflexión no tiene que ser en torno a este hecho particular, sino de una vez por todas identificar la raíz del problema, o al menos hacer el intento. Creo que para avanzar hacia una comunidad local que tenga más respeto por su patrimonio, se hace necesaria una intervención social y cultural que cale muy hondo en nuestros valores y en nuestras motivaciones, tanto personales como colectivas.

Este nuevo episodio tiene que ser el final de una serie de eventos de transgresión patrimonial; pero, además -y esto es lo importante- debe ser el inicio de un nuevo trato hacia nuestros bienes y monumentos, una nueva orientación de las acciones que hacemos de manera comunitaria para relevar y cuidar nuestros patrimonios, especialmente cuando se trata de sitios arqueológicos de larga data que tienen un grado de vulnerabilidad mayor. Pero, ¿por qué es tan importante? ¿Qué relevancia tiene un geoglifo en la pampa, alejado de todo centro urbano, para la comunidad regional? ¿Por qué es un problema para la región? Pues bien, estas son interrogantes comprensibles y que más de alguno puede hacerse; y por lo mismo es bueno ahondar un poco más en esto.

Sería imposible determinar con exactitud el origen de este gran geoglifo, pero el misterio en torno a él es en gran parte su valor. Se estima que fue realizado por los antiguos tarapaqueños en el período tardío de la historia precolonial, entre los años 900 y 1400 aproximadamente. Las características geológicas y geográficas del desierto, y particularmente de la pampa, han facilitado la perdurabilidad del Tunupa, que ha resistido a vientos, terremotos e incluso ocasionales precipitaciones. Ha tenido que hacer frente a lo largo de los años a un pequeño gran peligro: las personas.

El Estado también debe hacer un mea culpa, porque no ha sabido establecer una política clara en torno al cuidado de este sitio. No es ningún secreto, el Gigante no cuenta siquiera con un cierre perimetral establecido, lo que facilita e incluso fomenta que ocurran incidentes como el de la camioneta 4×4. Tampoco se han definido marcos educativos que promuevan el cuidado y la puesta en valor de este bien patrimonial, lo que genera una gran ignorancia en torno al peso de este y muchos otros sitios.

La antigüedad del Tunupa es más que suficiente para establecer su valor histórico. Pero al hablar de patrimonio nos referimos a un valor mucho más amplio y que nos incumbe a todos y todas quienes nos sentimos parte de esta región. El Gigante de Tarapacá, junto a todas las otras huellas que los antiguos habitantes de este territorio nos dejaron, comprenden un campo de bienes que portan nuestra historia, y donde además depositamos nuestra cultura y nuestra identidad regional.  Son los sitios arqueológicos los que evidencian que nuestra historia se remonta mucho más atrás de la colonia, son la prueba de que aquí no nos descubrieron, sino que cuando llegaron los colonos ya había en la actual Tarapacá un importante desarrollo social y cultural, que abarcaba todos los pisos ecológicos.

Eso es un relato que merece su propio espacio y que da para mucho más. Lo que aquí quiero resaltar es que nuestro Tunupa nos liga con un pasado difuso, que incluso se quiso invisibilizar por parte del Estado, imponiéndonos el año 1879 (post Guerra del Pacífico) como el nacimiento de Tarapacá, al menos como la conocemos en el presente. El Gigante no es patrimonio por su antigüedad, es patrimonio por lo que engloba y lo que representa: la continuidad de una cultura que ha resistido a la adversidad natural y humana.

Por lo tanto, la reflexión a la que invito es sobre lo que somos y de dónde venimos, una reflexión en torno a la importancia de conservar aquellos bienes que evidencian nuestro lazo histórico y cultural con el pasado de nuestro territorio. Y no se trata de preservar por preservar, lo determinante de tener conciencia de nuestra historia es que refuerza el arraigo y el compromiso con nuestra geografía, lo que debe traducirse en un desarrollo respetuoso del pasado, y que con orgullo reconozca sus raíces.

Es tarea de todos y todas velar por el cuidado de nuestro patrimonio porque somos nosotros los herederos, y para esto la principal arma es la educación. Este último caso de agresión al Gigante es un hecho más que evidencia que la población no tiene una relación identitaria tan estrecha con su propio territorio, y ese es el problema de raíz que identifico, porque no sólo genera hechos como este, sino que establece una ignorancia que posiciona a las personas en un espacio habitado sin valor cultural. Es decir, el gran problema en torno a nuestro patrimonio es la poca conciencia patrimonial, justificada en la falta de educación colectiva en torno al valor que la cultura tiene en la comunidad regional.

Somos la consecución de esta gran historia del desierto, y eso es lo que hay que entender. Los actuales tarapaqueños y tarapaqueñas no somos producto de un hecho particular, sino que somos herederos y herederas de muchos episodios y procesos que aquí tuvieron lugar, y de los que nuestro Tunupa ha sido testigo. Que nuestra identidad se convierta en compromiso, y que ese compromiso se convierta en acciones; esa es la meta.