Edición Cero

Haroldo Quinteros Bugueño, profesor Un viejo policía alemán que conocí en Europa me contó que terminada la guerra y luego de pasar años en... Réquiem para la Salitrera Victoria.

Haroldo Quinteros Bugueño, profesor

Un viejo policía alemán que conocí en Europa me contó que terminada la guerra y luego de pasar años en un campo de prisioneros ruso, volvió a su pueblo natal. Recuerdo muy bien que me dijo que no pudo contener un grito de dolor y llanto al encontrarse con un sitio que había sido arrasado por un bombardeo. Por lo menos para consuelo suyo, ese alemán entendía muy bien porqué su pueblo había desaparecido, y, además, sabía que sería reconstruido, como efectivamente sucedió unos años después. El caso de la oficina salitrera Victoria es muy diferente. Hace 38 años, exactamente el 31 de octubre de 1979, Victoria no fue víctima de guerras ni bombardeos, sino, simplemente, desmantelada hasta el último clavo, y, por supuesto, no fue ni será reconstruida.

Los posesores del dinero, como los jotes de la pampa lo hacían con las mulas y asnos muertos, la devoraron por completo llevándose de ella todo lo que podía revenderse: máquinas, maderas, pedacería de hierro, etc., etc. La muerte de Victoria es un hecho que, sin duda con mucho dolor, recordarán una vez más hoy cientos de victorianos en el mismo lugar en que se alzaba ese pueblo obrero. Así debe ser porque es inevitable no conmoverse ante las ruinas del lugar en que se ha nacido, crecido, amado, fundado familias, y, en fin, vivido en plenitud.

En lo personal, el recuerdo de la desaparición de Victoria me conmueve profundamente, porque como pampino tuve la misma experiencia de los victorianos. Nací en otra oficina salitrera, Iris. En 1984, inmediatamente después de volver de una larga y forzada estadía en el extranjero, partí a ver mi Iris, y fui testigo de cómo, por pura casualidad, ese mismo año se desmantelaban sus viviendas obreras. Incluso, alcancé a salvar algunos letreros con el nombre de las calles Chile, donde nací, España, donde mi abuela tenía una pensión para obreros, y Jaurès, como mi homenaje al gran pacifista socialista francés asesinado en 1914. Tuve tiempo hasta de ver cómo los esqueletos de madera y las calaminas que formaban las “hileras de casuchas,” a decir de Violeta, todas pegadas una tras otra, caían al son de los golpes de barretas y machos. De la usina salitrera donde nací algo queda aún, sólo porque es hoy una activa yodara que explota el yodo que quedó atrapado en los ripios que circunvalaban la aldea salitrera. De Victoria, prácticamente, no queda nada.

Como sabemos, la crisis del salitre se inicia, aunque no de manera catastrófica, en los tiempos de la Primera Guerra Mundial de 1914, cuando Alemania se vio obligada a producir salitre sintético, puesto que Chile se puso de lado de Inglaterra y Francia en aquel conflicto bélico. La recesión mundial del capitalismo de 1929, con su letal impacto sobre los países menos desarrollados, marcó el comienzo del colapso. Por entonces, la crisis significó el cierre de muchas oficinas, puesto que el salitre ya no se vendía en los volúmenes de antes. Todo ocurría en un clima de miseria, hambre, pestes, muerte y represión militar contra los pampinos. Las cosas cambiarían años más tarde, y, precisamente, el nombre “Victoria” evoca ese cambio. El alzamiento de la novel salitrera Victoria era, efectivamente, una victoria en muchos sentidos. Para empezar, su construcción, iniciada en 1941 (se terminó en 1945) tuvo lugar en los terrenos de dos oficinas que ya habían muerto, Franka y Brac.

También era una victoria, por el mejoramiento de las condiciones en el trabajo para los obreros, y el perfeccionamiento de los sistemas Shanks y su exitosa instalación, que permitía una gran calidad en el producto, el salitre cristalizado que aún en tiempos de descenso en las ventas del “oro blanco” era tremendamente competitivo en los mercados internacionales de fertilizantes y productos químicos. También fue una victoria, por el triunfo sobre el nacismo y el fascismo al terminar la Segunda Guerra Mundial, que permitió la reapertura de antiguos mercados para el salitre, en un mundo que urgentemente quería restañar las heridas de la guerra en paz. Finalmente, victoria, por el advenimiento en Chile del gobierno que la creó, un gobierno de veras progresista que tenía en su agenda como prioridad crear un Estado defensor de los derechos de los trabajadores y chilenos más humildes. Ése era el gobierno del Frente Popular, presidido por el recordado pedagogo Pedro Aguirre Cerda.

En 1979, la salitrera Victoria cerró después de 34 años de incesante actividad. Fue rematada sumariamente, como trasto viejo en los tiempos en que Chile estaba bajo la bota de la dictadura de Pinochet. Comenzaba entonces a campear la corrupción de Estado, en la que se lució en primera línea el clan Pinochet con el “yernísimo” a la cabeza, el nuevo-rico dueño de SOQUIMICH, la empresa que fuera del Estado de Chile antes del advenimiento de la dictadura. La maquinaria, instalaciones y laboratorios químicos, más la preciosa madera de sus construcciones georgianas, fueron vendidos a precio de huevo a mercaderes que sí supieron revender todo muy bien.

El fin de Victoria fue marcado por la total ausencia de un examen riguroso en materia de conveniencia económica para el país y del estado en que se encontraba la evolución de los mercados internacionales en materia de fertilizantes y minerales no-metálicos. Obviamente, fue una resolución de los economistas neoliberales de la dictadura, los inefables Chicago boys, discípulos de la escuela fundada por el economista yanqui Milton Friedman, cuya impronta básica no es otra cosa que el pragmatismo ultrance en materia de ganancias; esto es, la consecución del lucro fácil e inmediato, sin ver más allá de las narices en materia de Economía. No previeron que ya por los ochenta empezarían a soplar mejores vientos para el salitre y sus sub-productos, como el yodo, sobre cuyas reservas somos los primeros en el mundo. En 1990, nuestro coterráneo e historiador Mario Zolezzi escribía:

“Existe en la zona el pleno convencimiento que lo más acertado hubiera sido no haber desarmado Victoria, sino haberla mantenido cerrada hasta tempos más propicios, como los actuales, para ponerla nuevamente en actividad, una vez modernizada y ampliadas sus instalaciones productivas, mejorando la explotación de los subproductos del salitre (…) El arrasamiento de Victoria quedará registrado en la historia como un odioso dictamen economicista.”

Zolezzi tenía toda la razón. Desde los años ochenta, los chinos clamaban por salitre, y como los alemanes de 1914, han debido inventar sucedáneos. En cuanto al yodo, éste sigue siendo requerido en los mercados internacionales, mientras está tirado en los ripios de Victoria, los residuos que quedan de la precipitación del salitre luego de hervirse el caliche. Menos aun los “Chicago boys” tomarían en cuenta la importancia de Victoria en cuanto su explotación turística en el rubro que la UNESCO ha denominado “turismo del trabajo,” rama de la industria turística que desde los 90 ha cobrado un creciente desarrollo en el mundo. Esto lo demuestra el sitio ex – salitrera Humberstone. Victoria, en tanto la mayor y más moderna de las salitreras tarapaqueñas hasta su desaparición, pudo ser un foco mucho mayor de atracción turística.

Sólo una vez asistí a un acto de recordación por el cierre de Victoria. Fue triste que en esa ocasión ninguno de los oradores dijo una palabra sobre el verdadero carácter de su desmantelamiento. Además de ser una ignominiosa humillación para quienes fueron sus pobladores, la destrucción de Victoria ordenada por la dictadura fue un acto totalmente arbitrario, abusivo, anti-democrático, e injustificado y torpe en el aspecto económico.