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Julio Cámara C./  Consejero Regional CNCA Tarapacá La historia de Iquique es también la historia de sus barrios. Algunos nacieron y se conformaron con... La «Caupolicán» sigue haciendo historia…

Julio Cámara C./  Consejero Regional CNCA Tarapacá

La historia de Iquique es también la historia de sus barrios. Algunos nacieron y se conformaron con el desarraigo voluntario u obligado de gentes provenientes de otros espacios.  Es el caso de la población Caupolicán, que asumió desde su origen, con honor y dignidad,  el nombre del heroico e indomable cacique mapuche. La “Caupo” surge a fines de los 50, acogiendo principalmente el éxodo  de los pampinos, que esta vez bajaban definitivamente al “puerto grande” empujados por la crisis terminal de la industria salitrera en la región.

Los pampinos llegaron a Iquique y se fueron instalando en la Caupolicán y en otros sectores nacientes de Iquique, buscando esperanzados nuevos horizontes donde rehacer sus vidas. Expulsados de su propio “paraíso” en la pampa, llegaron desde diferentes oficinas salitreras: Humberstone, Santa Laura, Cala Cala, Peña Chica, y otras. Y en el nuevo barrio que nacía se reencontraron y se  reconocieron por su origen vital compartido: eran pampinos… y a mucha honra.

La geografía urbana de la Caupolicán comprendió, de mar a cerro, las calles Manuel Rodríguez hasta Libertad , y de norte a Sur desde 8°  a 12° Oriente. Con el paso de los años, a las calles con números se le fueron adosando nombres, algunos quizá ilustres.

Ese fue nuestro territorio, nuestro pequeño mundo de población periférica inserto en un puerto ya venido a menos, que pugnaba por  salir de la modorra y la nostalgia de haber vivido tiempos mejores, tiempo de manteles largos, de refinamientos y  ostentación brindada por la desigual distribución de los beneficios de la época dorada  del salitre. El auge de la industria pesquera, el nuevo “oro blanco” que vendría de la mano de la prosperidad, así decían, apenas despuntaba en el horizonte del siempre frustrado desarrollo iquiqueño.

En ese territorio se fue construyendo lentamente la Caupolicán, sobre bases de carencias varias, con sus calles de tierra, sin agua, sin luz ni menos alcantarillado.  Pero, tales carencias nunca fueron obstáculos suficientes para debilitar el entusiasmo, y las ganas de reconstruir una nueva vida, animados por la  cercanía azulada y majestuosa del mar, siempre generoso a la hora de responder con sus recursos a la  subsistencia del día a día.

Los pampinos también trajeron a cuestas, junto a la vitalidad y a las ganas de reinventarse en otros oficios, una valiosa experiencia de organización, y una historia de luchas reivindicativas y políticas, caracterizada por la unidad y  la disposición a la solidaridad, la que replicaron con pedagógica paciencia en los nuevos espacios que iban conquistando.

Por eso, la  Caupolicán no sólo fue el espacio de nuestra infancia y adolescencia, sino sobre todo una eficiente escuela para el aprendizaje de la vida, en el que la organización comunitaria fue el referente esencial para construir y avanzar en el mejoramiento de las condiciones materiales y en el desarrollo de virtudes ciudadanas que muchos de mi generación aún conservamos y practicamos.

Manifestaciones como el arte, la cultura, el deporte y otras tradiciones sociales también acompañaron y contribuyeron a la consolidación de un barrio que hace rato dejó su condición periférica ante el explosivo crecimiento de la ciudad que ya le disputa espacio a las dunas y a los cerros de la ciudad

Por estos días, la Caupolicán está cumpliendo 60 años. Su fisonomía acusa el paso inexorable del tiempo,  y en sus pavimentadas calles conviven antiguas edificaciones que atesoran historias del barrio, junto a nuevas construcciones y otras evidencias de progreso material producto de una apresurada modernidad que vino con la Zofri y después con la industria minera del cobre, el nuevo y más reciente sustituto del otrora “oro blanco”.

Aún conserva la sede de su junta vecinal en  9° Oriente, calle conocida hoy día como Arturo Perez Canto, inaugurada a comienzo de los años 60,  y escenario obligado de tantas y diversas jornadas de convivencia social y cultural.  Hoy la antigua construcción luce cuidada y refaccionada gracias a la activa gestión de una nueva generación de dirigentes, que han asumido con convicción y vocación el valioso legado comunitario que dejaron los pioneros de fines de los 50.

Cómo no recordar, con afecto y agradecimiento en este nuevo aniversario, a históricos dirigentes vecinales de la talla de doña Rosa Malebrán y Eduardo Mesías, y a otros como ellos que, no obstante sus reconocidas filiaciones políticas, actuaron con sana pluralidad, y estuvieron siempre atentos y disponibles para acometer múltiples tareas en beneficio de su comunidad.

Cómo olvidar a Romualdo Rojas, y su grupo teatral “Los Forjadores del Arte”, que superando múltiples precariedades, animaron con veladas artísticas las lejanas noches sabatinas de los 60, para enseñarnos que el arte y la cultura, pese a carencias y urgencias cotidianas para sobrevivir,  son siempre tan necesarios para el alma, para soñar, para reflexionar acerca de las vicisitudes de la vida, y fortalecer la fe y las esperanzas en un mundo mejor y más justo.

Cómo no recordar, en esta fecha conmemorativa, que en la casa de Mario Rocha, ubicada en la esquina de las calles Unión, hoy Céspedes y González,  y 9° Oriente, se fundó también a comienzos de los 60, el club deportivo Roberto Sola, que hasta hoy sigue vigente y activo en certámenes futbolísticos locales.

Y evoco inevitablemente también, mientras escribo esta columna, a nuestro amigo de la infancia y adolescencia, el “Negrito” Máximo, con naturales dotes para la actuación y el canto, a quien apodamos con cariño Leo Dan, por el repertorio que interpretaba, tomado del conocido cantante argentino.  El “Negrito” nos abandonó de manera  prematura y trágica una noche de año nuevo, hace ya muchos años.

Pero, no lo olvidamos, siempre lo tenemos presente. A él, y a muchos otros que ya partieron, y que ayudaron también a construir la historia colectiva de la población Caupolicán, que cumple entusiastas 60 años, y que va por muchos más…Salud por este acontecimiento.

Mi reconocimiento y felicitaciones a la nueva generación de dirigentes vecinales de la Caupolicán, encabezados por Diego Sejas, Anita Kuhn, y Aníbal Valenzuela, que aporta experiencia y sabiduría en este gratificante camino de trabajo social y servicio a la comunidad.

Feliz Aniversario.