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Haroldo Quinteros Bugueño/ Profesor universitario. Doctor en Educación La única validez que tiene el deporte es practicarlo. Vale decir, el presente campeonato mundial de fútbol... Mundial de fútbol

haroldo quinterosHaroldo Quinteros Bugueño/ Profesor universitario. Doctor en Educación

La única validez que tiene el deporte es practicarlo. Vale decir, el presente campeonato mundial de fútbol que se disputa en Brasil no pasa de ser un bonito espectáculo deportivo. Nadie podría racionalmente negar este aserto; sin  embargo, el fútbol profesional, probablemente como ningún otro tipo de actividad pública en el mundo, da lugar a masivas conductas irracionales, negativa y lamentable expresión de una condición connatural al ser humano, el gregarismo, i. e., la necesidad de agruparse en base a intereses y sentimientos comunes.

El sentimiento gregario es el que crea y estimula la unidad familiar y la solidez de los colectivos primarios. Llevado a una escala mayor, si bien puede ser positivo en el sentido de promover el esfuerzo por el desarrollo y la felicidad de los pueblos – lo que llamamos patriotismo – también conlleva el peligro de mal entenderse y derivar en el nacionalismo más agresivo, excluyente y fanático. El escritor argentino Jorge Luis Borges decía con entera razón, que el nacionalismo, por su condición de ser sólo afirmativo, no deja lugar a la duda, y de allí sólo hay un paso a la estupidez.

Esta es la estupidez que explica las guerras, las desconfianzas y odiosidades entre las naciones, así como también la estupidez de hacer de un simple espectáculo deportivo el expediente para definir o reafirmar – falsamente, desde luego-  la identidad de nación. De este modo, si se gana un certamen deportivo internacional, las masas asumen una estatura de país que, al fin de cuentas, es pura ilusión, porque ella, objetivamente, sólo tiene su base en los pies de once individuos que se esfuerzan en 90 minutos por encajar una pelotita en la valla rival. Además, el fútbol profesional es un negocio como cualquier otro. Así como una empresa crea un producto, probada su calidad, lo vende a buen precio, en el caso del fútbol, el producto son los jugadores. Los clubes crean jugadores en sus escuelas y los venden, como también compran otros.

En este mercado, los dueños de los clubes y, por supuesto, los  jugadores, se hacen ricos, mientras los “hinchas” pueden llegar a destruir, agredir y hasta matar por el club de sus amores. En los campeonatos internacionales, enormes multitudes gastan el dinero que muchas veces no tienen para desplazarse a las sedes de los eventos, avivando más el show de los medios de comunicación, que hacen de los partidos acontecimientos mil veces más importantes que un descubrimiento científico o un alza o una baja importante en la economía. Es este tipo de irracionalidad lo que llevó a 85 hinchas chilenos a irrumpir por la fuerza al estadio Maracaná en Brasil, golpeando personas y rompiendo muebles y equipos electrónicos y fotográficos. Esto bastaba para que la imagen nuestra de país quedara por el suelo, pero había más. Otros chilenos fueron descubiertos robando en una tienda y otros más resultaron ser falsificadores de credenciales periodísticos.

Aunque suene patético, no estamos solos en la vergüenza; nos acompañan los colombianos, especialmente con cargo a dos árbitros descubiertos en un caso de corrupción. Se trata de los jueces Wilmer Roldán y Humberto Clavijo, que anularon dos goles a Méjico contra Camerún, simplemente por  dinero.  Aunque la FIFA los eliminó de por vida de sus registros, la prensa no dio al caso la cobertura que merecía, y a los pillos chilenos sólo se los expulsó del país. En fin, siga la fiesta, en un país donde cerca de 10 millones de personas se mueren de hambre, y otros 20 millones viven en la pobreza. Una vez más, el cálculo de siempre: si Brasil es campeón, esa multitud de desgraciados, más “o resto da naçao,” olvidarán todos sus problemas.