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Cambio 21/ Por Mario Lópz.- El dictador Augusto Pinochet temía que el entonces presidente de los empleados públicos, como había ocurrido en Polonia con... A 32 años exactos: Detalles inéditos del asesinato del líder sindical Tucapel Jiménez. Familia acusa a Jovino Novoa de cómplice pasivo

tucapel jimenezCambio 21/ Por Mario Lópz.- El dictador Augusto Pinochet temía que el entonces presidente de los empleados públicos, como había ocurrido en Polonia con el dirigente Lech Walesa, pudiera aunar el descontento de los chilenos y desestabilizar al régimen. El relato en Tribunales del crimen efectuado por su autor, el militar (r) Carlos Herrera, es estremecedor. Hijo diputado reitera que el senador UDI Jovino Novoa es un cómplice pasivo del deleznable crimen que remeció Chile.

Eran años difíciles los 80 en Chile, los primeros atisbos de resistencia pacífica organizada se empezaban a producir y los trabajadores encontraron en Tucapel Jiménez, presidente de la ANEF (Asociación Nacional de Empleados Fiscales), un líder que era capaz de materializar la necesaria unión sindical que comandara la oposición social y política contra la dictadura. Los trabajadores intentaban articular una central única que llevara adelante un paro nacional.

El miedo al «Lech Walesa» chileno

Pocos días antes de su asesinato, ante la alternativa de un paro comandado por Tucapel Jiménez en coordinación con la Federación Estadounidense del Trabajo y Congreso de Organizaciones Industriales (AFL-CIO, por su sigla en inglés), organización norteamericana que apoyaba un boicot internacional que implicaba no descargar barcos chilenos en puertos extranjeros, Pinochet afirmó que no aceptaría que nadie viniera a «sembrar cizaña» y que el líder sindical tenía «abiertas las puertas del exilio». Así se registra en los archivos a cargo del juez Sergio Muñoz, el mismo que hoy es el presidente de la Corte Suprema de Chile.

Jorge Mario Saavedra, abogado de emblemáticos casos de derechos humanos y amigo del asesinado sindicalista, asegura que «todos sabíamos que a Pinochet lo tenía loco Lech Walesa, que en esa época estaba desestabilizando al régimen socialista en Polonia. Le parecía aterrador que sucediera algo parecido en Chile y por ahí veía en Tucapel un Walesa. Por eso le tenía tanta fobia».

Pero los planes de Jiménez iban más allá de la sola organización de los trabajadores, pues eran conocidos sus nexos con otros sectores sociales que también comenzaban a expresar su descontento con la dictadura. Estudiantes, profesionales y los mismos políticos lo veían como un referente y punto de encuentro. Sus reuniones con el general Gustavo Leigh Guzmán, ex miembro de la junta de Gobierno, eran también conocidas.

«Los nexos personales que el dirigente de la ANEF tenía con el general (r) Leigh, quien era reconocido por sectores de la oposición como una persona de alta sensibilidad social y quien desde el interior de la junta de Gobierno siempre abogó por el establecimiento de un itinerario político que permitiera el retorno a la normalidad institucional del país», señala la pericia sociopolítica anexa a la causa, como uno de los antecedentes.

El otro factor detonante dice «relación con las actividades político-sindicales que Tucapel Jiménez venía desarrollando y que eran de interés y preocupación de la Central Nacional de Informaciones (CNI). Estas actividades comienzan a mostrar sus frutos al observarse que los llamados a la unidad del movimiento sindical realizadas por este dirigente comienzan a recibir la adhesión de la Unión Democrática de Trabajadores, la Confederación de Trabajadores Particulares de Chile, el Frente Unitario de Trabajadores, la Confederación Nacional de Taxistas de Chile, la Confederación de Trabajadores del Cobre, los camioneros y colegios profesionales, lo cual constituiría un posible frente de presión para el gobierno, al exigir reivindicaciones laborales y la apertura política del régimen», agrega la pericia.

Ello aumentó ante la dictadura de Pinochet el temor de una resistencia de proporciones y aceleró la decisión de eliminarlo.

La conjura criminal

De acuerdo con la investigación judicial, en el «caso Tucapel» se relacionaron la Dirección de Organizaciones Civiles, que dependía del ministerio Secretaría General de Gobierno, a través de la Secretaría Nacional de los Gremios (SNG) presidida por Misael Galleguillos -el mismo que dirigió el derechista Movimiento Revolucionario Nacional Sindicalista (MRNS)-; la CNI, que dirigía el general Humberto Gordon (1980-1986), y el DINE, cuyo director era el general Ramsés Arturo Álvarez Scoglia.

Relata el abogado Saavedra: «Una brigada laboral que trabajaba con la SNG empezó a trabajar y a obtener información de Jiménez. Entre esta secretaría y la CNI hicieron del sindicalista una figura pública digna de sufrir represalias de parte del gobierno militar. Lo seguían, le grabaron la vida entera. La CNI contrató a su junior y le pagó para que le informara de todos sus pasos. Era el hijo de una amiga de la esposa de Tucapel, que estaba cesante y a quien él le había dado trabajo para ayudarlo».

Sicarios y cobardes

Cerca de las nueve de la mañana, Tucapel Jiménez Alfaro se despidió con un «hasta la hora del almuerzo», y se dirigió tranquilamente hasta el lugar donde estacionaba su taxi. Hacía ya un tiempo que se dedicaba a esa labor con el móvil que había comprado con la indemnización de su despido. Algunos vecinos, entre ellos el suplementero del sector Pedro López, recuerdan que ese día 25 de febrero de 1982 se le veía jovial y les saludo dando un bocinazo mientras enfilaba hacia el centro. A las 10 tenía una reunión sindical muy importante.

Cerca de ese lugar y advertidos por radio transmisor que el objetivo estaba en camino, dos hombres acechaban desde un furgón y le siguieron a cierta distancia. El capitán del Ejército Carlos Herrera y un suboficial esperaban frente a la ex Industria Panal, en Panamericana Norte con Enrique Soro. Desde el vehículo del comando se les advirtió que Jiménez se acercaba.

Simulando ser pasajeros, lo hicieron parar y se subieron. Le pidieron dirigirse al camino Renca-Lampa. El propio capitán lo relató al ministro en visita Sergio Muñoz: «Estaba previsto que me sentara inmediatamente detrás de él. Mi subalterno en el asiento del copiloto. Le pedimos que nos llevara y le dijimos que éramos personas que veníamos de Valparaíso y que nos llevara a las parrilladas Pudahuel, porque seguramente ahí teníamos la posibilidad de ser contratados como cocineros o mozos, a lo que accedió, saliendo a la Alameda Bernardo O’Higgins».

Al poco rato interrumpieron la banal conversación y asumieron aquello a lo que se habían confabulado: «Le dije, mire don Tucapel Jiménez, somos policías, somos de seguridad y usted está detenido, (…) yo iba preparado para una suerte de resistencia, para un escándalo, y grande fue mi sorpresa. Esta es la primera vez que me ocurre a mí, que este señor hizo la cosa mucho más fácil. Lamentablemente para él, por supuesto».

«Miró para atrás y me dijo: Ya, pucha, mira ya. Le dije: Tranquilo don Tucapel, por favor no intente nada. Me dijo: No, no se preocupe, no hay problema, dígame no más. Le dije: Siga el camino. Más adelante va a haber una persona que le va a indicar que se detenga», detalla Herrera.

La suerte ya estaba echada y más fácil de lo que los asesinos habían presupuestado: «Nos dirigimos al lugar de los hechos que, como he señalado, se encontraba plenamente determinado, en el camino Renca-Lampa, en donde esperaba el otro automóvil en el costado poniente en dirección contraria, hacia el sur. Estacionó el vehículo don Tucapel Jiménez, en el costado oriente del camino, en dirección al norte. Acto seguido-señala Herrera-, se bajó el funcionario acompañante, abriendo el portamaletas para simular que buscaba algo».

«Yo saco el cabezal del asiento del chofer. Desde un bolso tipo porta equipo, de color claro, en que tenía además de las armas de cargo propias y de los dos suboficiales, extraje el revólver que se me había entregado y le disparé en la cabeza al señor Tucapel Jiménez, quien cayó hacia el lado derecho suyo, sobre el asiento del copiloto. La verdad que este señor, yo no soy médico, pero entendí que no falleció de inmediato (…) No sé si los sonidos que hacía eran porque estaba muriendo o en agonía», agrega.

Y remata el relato Herrera: «Cuando se encontraba en esta posición, el suboficial conductor procedió a efectuarle los cortes en el cuello, según estaba señalado en la planificación de los hechos». (…) «Esperé hasta que este señor falleciera, en el asiento de atrás. Sacamos con bastante dificultad el taxímetro y documentación personal. Cuando me cercioré que estaba muerto atravesamos al otro auto, al Peugeot 404, nos metimos atrás, nos tapamos con una frazada y salimos del lugar».

Tucapel Jiménez nunca llegó a la cita sindical. Tampoco volvió a almorzar a su casa. Cerca del mediodía, sus colaboradores y familiares aún intentaban, infructuosamente, ubicarlo. Comenzaba a creerse que un atentado en su contra podría haberse concretado. Ya estaba muerto: fue asesinado entre las 10:30 y 11 horas de ese día. Al caer la tarde, lugareños denunciaron que al interior de un automóvil estacionado a la orilla de un polvoriento camino vecinal de la comuna de Lampa había una persona muerta.

La policía confirmó que se trataba de Tucapel Jiménez. Su cuerpo presentaba cinco impactos de bala de bajo calibre, por la espalda, además de tres heridas cortopunzantes inferidas con un cuchillo utilizado para «rematarlo».
Miles de chilenos desfilaron frente al féretro y lo acompañaron hacia su lugar de descanso definitivo. El entonces Cardenal Raúl Silva Henríquez ofició la misa de responso: «Es un mártir del sindicalismo chileno», señaló con la voz entrecortada.

Pinochet

El Gobierno intentó desmarcarse a toda costa del hecho. Pinochet expresó ante la prensa que «repudiaba enérgicamente» el crimen. En la causa declaró por oficio reservado: «La pregunta (sobre la participación del gobierno en el crimen), claro, se formula desde la óptica de esos impugnadores que descuentan que mi Gobierno carecía de escrúpulos éticos hasta el punto de no vacilar en suprimir físicamente a sus adversarios. Punto de vista que no es objetivo y que rechazo categóricamente. De modo hipotético lo planteo, para hacer más patente el absurdo notorio de la acusación».

Y continuó: «Si algún funcionario de mi Gobierno -descartando la conjetura de una venganza personal- hubiera intervenido en el asesinato de Tucapel Jiménez, o era un traidor infiltrado o era simplemente un cabeza caliente sin remedio. Esas son las elementales reflexiones que deseaba asentar sobre este desgraciado hecho. Apenas tuve conocimiento del crimen di las más severas instrucciones para que se profundizara acuciosamente la investigación.».

Los hechos, la sentencia y los propios involucrados se encargaron de desmentir al dictador. Era un secreto a voces la relación de los servicios de seguridad con el caso. El mismo Herrera se vanagloriaba frente a quien quisiera escucharlo del acto heroico de servicio a la patria que había efectuado. Incluso había sido felicitado por sus jefes y recibido los méritos en su hoja de vida militar por el hecho.

Es más, varios agentes que terminaron siendo declarados culpables dirigieron la responsabilidad sobre el mismo Pinochet. Sobre la participación o conocimiento del crimen por parte del comandante en jefe del Ejército, Herrera relató el siguiente diálogo con el coronel Raúl Pinto Pérez: «Esto sólo lo sabe mi general Álvarez (Ramsés Álvarez, jefe de la DINE), usted, yo, y él…», señaló al tiempo que levantó los ojos y dirigió la mirada hacia el retrato que dominaba el muro. Casi simultáneamente levantó la mano y con un gesto enérgico de su dedo índice le señaló el rostro enmarcado del capitán general Augusto Pinochet.

Caso Alegría Mundaca

Era necesario buscar un chivo expiatorio para el crimen y lo encontraron en un humilde carpintero de la V región que reunía los requisitos para que pasara inadvertida su muerte, vivía solo y frecuentemente bebía alcohol. Lo demás era obvio. Junto a su cadáver apareció una carta donde «reconocía» el crimen de Tucapel Jiménez. «Se suicidó el asesino», aseguraron los periódicos de la época. Tenía ambas muñecas con profundos cortes que cercenaron no sólo su vida, sino que además sus tendones.

Fue ese hecho el que dejó en evidencia la imposibilidad de que se hubiera matado: no podría él mismo haberse producido esas heridas. Alegría Mundaca fue encontrado muerto en su domicilio de Valparaíso el 11 julio de 1983. Las investigaciones del caso del sindicalista determinaron que el carpintero había redactado la nota inducido bajo hipnosis.

El 19 de julio del 2000 la Corte de Apelaciones de Santiago condenó a cadena perpetua como autores del homicidio calificado de Juan Alegría Mundaca al ex director operativo de la CNI, mayor (r) Álvaro Corbalán; al mayor (r) Carlos Herrera Jiménez, y al suboficial Armando Cabrera Aguilar.

Sin odio ni rencor

«Recibimos amenazas constantes, más o menos desde el 78 al 82. Pero a fines de 1981 él me entregó un casete y me dijo que lo escucháramos cuando ya no estuviera con nosotros. Nunca pensé que era una despedida. Allí nos habla a todos, como grupo familiar, y luego a cada uno de nosotros. Nos pide que tengamos tranquilidad, dice que él nos va a estar cuidando desde el más allá. Al final, se despide de los trabajadores y de su querida ANEF. Aunque no lo exteriorizaba, estaba más consciente que nadie del peligro».

En diálogo con Cambio21, Tucapel Jiménez Fuentes, hijo del desaparecido líder sindical y actual parlamentario, aseguró que su familia se ha «reconciliado con la vida» a pesar de que el dolor que ha significado el crimen de su padre aún sigue vigente.

El congresista aún recuerda que durante 17 años la «justicia se olvidó de nosotros, porque el ministro Valenzuela Patiño nunca quiso investigar, sino que se hizo cómplice del asesinato, aparte porque tenía un hijo en la CNI. Nosotros como familia lo que en definitiva logramos fue la tranquilidad espiritual. No hay rencor ni odio alguno. Hicimos todo lo que estaba a nuestro alcance para que se supiera la verdad y se hiciera justicia. Los asesinos nos causaron un dolor muy grande que hasta el día de hoy permanece en nuestros corazones. Tienen que cumplir las condenas que les dio la justicia, que fueron bajas. Y, claro, al final del día ellos tendrán que responder ante Dios por los actos cometidos acá en la tierra».
Los «cómplices pasivos»

Para el diputado Jiménez, «los responsables nunca tuvieron ni siquiera el castigo social que cualquier sociedad pudiese dar. Hoy día hay muchas personas que caminan libremente por las calles y que tuvieron responsabilidad política en el asesinato de mi padre. Lamentablemente, acá no se dio como en Argentina, donde al menos hubo castigo social.»

Y no duda en señalar a algunos de esos «cómplices pasivos» en el crimen de su padre: «Jovino Novoa (UDI) fue subsecretario general de Gobierno y de él dependía la Brigada Laboral que dirigía Valericio Orrego, que trabajaba con Álvaro Corbalán, el jefe operativo de la CNI. Ambos eran los encargados del seguimiento de mi padre. Hay muchos que miraron para el cielo y se hicieron los desentendidos de lo que pasaba. Creo que esos personajes no han pagado nada del daño que también hicieron».

«El brazo armado de la derecha económica»

Carlos Herrera Jiménez, ejecutor de Tucapel Jiménez, es reconocido como uno de los máximos violadores de derechos humanos. También lo es por ser uno de los pocos ex agentes que ha expresado su arrepentimiento y colaborado, al menos en parte, con el esclarecimiento de éste hecho. Actualmente cumple condena en la cárcel Punta Peuco.

El 25 de abril de 2001, reconoció públicamente el crimen y pidió perdón a su familia, representada por el hijo, el diputado PPD Tucapel Jiménez Fuentes.

El ex agente de la CNI, también en entrevista exclusiva con Cambio21, reiteró sus disculpas por el asesinato del sindicalista y admitió los crímenes que se cometieron durante la dictadura. Igualmente, declaró que «ciertamente fuimos el brazo armado de la derecha económica. Qué duda cabe».

Conmemoración de los 32 años del asesinato

Al cumplirse 32 años del asesinato, la ANEF quiso marcar una diferencia. La conmemoración en el Cementerio General fue masiva y a ella fueron invitados el ministro y subsecretario del Trabajo designados por la presidenta Bachelet.
Internacionalmente hubo reconocimientos importantes, como en la embajada de Chile en Argentina, donde se hizo entrega de un retrato del líder sindical y representó a la ANEF en el discurso principal la secretaria de Finanzas de esa agrupación, Elsa Páez, presidenta subrogante de los empleados fiscales.

Fuente: Cambio 21