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Hay acontecimientos que permanecen en los archivos, en los testimonios y en las investigaciones históricas, pero que, por distintas razones, no consiguen instalarse plenamente... BUENAVENTURA: Mariátegui, arte y memoria

Hay acontecimientos que permanecen en los archivos, en los testimonios y en las investigaciones históricas, pero que, por distintas razones, no consiguen instalarse plenamente en la memoria colectiva.

Esta diferencia entre historia y memoria puede parecer sutil, pero resulta fundamental.

Que un acontecimiento haya ocurrido y pueda ser demostrado documentalmente no significa necesariamente que forme parte del conocimiento histórico de una sociedad. Puede haber ocurrido hace más de un siglo y, sin embargo, continuar siendo desconocido para buena parte de las nuevas generaciones.

El caso de Buenaventura, en la pampa salitrera, constituye un ejemplo particularmente significativo.

El 20 de diciembre de 1907, un día antes de la masacre de la Escuela Santa María de Iquique, se produjo allí un episodio represivo que forma parte del convulsionado escenario social que precedió a la tragedia de Iquique. Existen antecedentes historiográficos y testimoniales que permiten aproximarse a lo ocurrido. Sin embargo, la existencia de esos antecedentes no ha significado que Buenaventura ocupe un lugar equivalente en la memoria pública.

Y es precisamente esa distancia la que merece ser interrogada.

¿Cómo puede un acontecimiento formar parte de la historia y, al mismo tiempo, permanecer tan lejos de la memoria de una comunidad?

La memoria también se aprende

Algunos historiadores han señalado una cuestión que resulta particularmente relevante para comprender este problema: la ausencia u omisión de episodios represivos vinculados a las luchas sociales de los asalariados en los programas de enseñanza escolar, lo que constituiría una de las causas fundamentales de su desconocimiento por parte de las nuevas generaciones.

La observación conduce a una cuestión que a veces olvidamos: la memoria histórica también se aprende.

Una sociedad transmite su pasado mediante múltiples mecanismos: la familia, la escuela, las universidades, las organizaciones laborales, además, los libros, medios de comunicación, museos y espacios de memoria, incluida conmemoraciones y, naturalmente, las distintas expresiones del arte.

Las aulas escolares, sin embargo, parecen ocupar un lugar singular.

Durante años puede suceder que determinados acontecimientos no formen parte de aquello que las nuevas generaciones reciben como conocimiento histórico. Y si una historia no se enseña, difícilmente puede esperarse que forme espontáneamente parte de la memoria común.

El caso de Santa María resulta ilustrativo. El acontecimiento ocurrió en 1907 y, según el antecedente académico que hemos recogido, su incorporación a las mallas de estudio se produjo recién en 2003: 96 años después.

Coruña ofrece otro dato revelador. La masacre ocurrida el 5 de junio de 1925 fue incorporada al calendario escolar regional de Tarapacá, recién en 2023: 98 años después.

Más allá de las circunstancias específicas de cada caso, ambos antecedentes permiten observar una distancia temporal extraordinariamente extensa entre el acontecimiento y su incorporación a los mecanismos institucionales de transmisión histórica.

Y eso nos obliga a formular una pregunta más amplia:

¿Cuántas generaciones pueden pasar antes de que una sociedad considere que determinados acontecimientos forman parte de aquello que sus hijos deben conocer?

Buenaventura y el problema del olvido

El caso de Buenaventura permite llevar todavía más lejos esta reflexión.

No sería correcto afirmar que Buenaventura ha sido completamente borrado de la historia. Existen referencias, investigaciones, testimonios y documentos que permiten reconstruir aspectos de lo sucedido.

El problema es otro.

¿Cuánto de ese conocimiento ha logrado transformarse en memoria pública?

Una cosa es que un acontecimiento pueda ser reconocido por quien se dedica a investigarlo y, otra muy diferente, es que forme parte del conocimiento compartido de una comunidad.

Entre ambas situaciones existe un largo recorrido.

Primero está el acontecimiento.

Luego vienen los documentos, los testimonios y la investigación.

Después debería producirse la transmisión de ese conocimiento: en la educación, en la cultura, en los medios de comunicación, en los espacios públicos y en las conmemoraciones.

Finalmente, puede producirse aquello que podríamos llamar apropiación social de la memoria: cuando una comunidad reconoce ese acontecimiento como parte de su propia historia.

Buenaventura parece encontrarse, todavía, en una situación que nos obliga a preguntarnos por esa distancia.

Y quizás allí reside precisamente la importancia de volver sobre este episodio.

No solamente para saber qué ocurrió el 20 de diciembre de 1907, sino para preguntarnos por qué todavía sabemos tan poco de aquello que ocurrió allí.

Una pregunta que cruza el tiempo

Es en este punto donde resulta interesante recurrir a José Carlos Mariátegui. (1)

Hace casi un siglo, Mariátegui escribió que “Todo artista es hijo de su tiempo; es el intérprete de inquietudes y expectativas que la vida le impone”. (2)

Esta concepción adquiere mayor fuerza cuando Mariátegui sostiene que el artista que no siente “las agitaciones, las inquietudes, las ansias de su pueblo y de su época” posee una “sensibilidad mediocre” y una “comprensión anémica”. (3) La expresión resulta particularmente significativa. El artista no es solamente alguien que domina una técnica o produce objetos estéticos; su sensibilidad supone también capacidad para percibir las tensiones, esperanzas, conflictos y experiencias colectivas de la sociedad a la que pertenece.

Mariátegui no estaba hablando de memoria histórica. Tampoco planteó que el artista tuviera como misión recuperar acontecimientos olvidados.

Pero sus palabras permiten formular hoy una pregunta que pertenece a nuestro propio tiempo:

¿Qué ocurre cuando existen experiencias históricas de un pueblo que todavía no han conseguido instalarse suficientemente en su memoria?

¿Puede el arte aproximarse a ellas?

¿Puede una canción, una novela, una obra teatral, un poema, una fotografía o un documental hacer visible aquello que durante décadas permaneció distante de la conciencia colectiva?

No significa que el artista tenga la obligación de ocuparse de esos acontecimientos.

La creación artística no necesita recibir instrucciones desde la historia ni desde la política.

La pregunta es diferente.

Se trata de reconocer que el arte posee una capacidad particular para hacer sensible aquello que la investigación histórica puede demostrar, pero que no siempre consigue hacer cercano a una comunidad.

Cuando el arte devuelve un pasado al presente

Una de las diferencias esenciales entre historia y memoria está precisamente aquí.

El acontecimiento pertenece al pasado.

La memoria, en cambio, se construye desde el presente.

Cada generación vuelve a mirar su pasado desde sus propias preguntas. Por eso recuperar un acontecimiento ocurrido hace más de cien años no significa necesariamente vivir anclados en el pasado.

Puede significar todo lo contrario: interrogar el presente a partir de aquello que todavía no hemos comprendido suficientemente de nuestra propia historia.

La creación artística puede cumplir allí una función que no corresponde reemplazar por la historiografía.

Una investigación establece antecedentes, contrasta fuentes y reconstruye acontecimientos.

El arte puede transformar ese conocimiento en experiencia sensible.

Una canción puede llevar una historia mucho más allá del círculo de quienes leen libros especializados.

Una obra teatral puede devolver presencia a personajes que solamente aparecen en documentos.

Una novela puede acercar una época a lectores que nunca se aproximarían a una investigación histórica.

Una fotografía puede devolver un rostro a un nombre.

Un documental puede hacer que un lugar aparentemente vacío vuelva a estar poblado por las voces de quienes alguna vez lo habitaron.

En todos esos casos, el arte no reemplaza a la historia: la acompaña desde otras miradas y lenguaje.

De Buenaventura a Coruña 

La historia de las luchas sociales de los hombres y mujeres de la pampa salitrera, nos ofrece importantes ejemplos que permiten ratificar esta relación.

La obra musical Cantata de la escuela Santa María de Iquique, de Luis Advis, alcanzó una extraordinaria cobertura nacional e internacional; desde la lírica, el poeta Francisco Pezoa Astudillo, nos entregó, a escasos meses de ocurrida la masacre, el célebre Canto a la Pampa, ambas creaciones han contribuido a que dicho acontecimiento trascendiera el ámbito estrictamente historiográfico.

Coruña también ha inspirado expresiones artísticas que han permitido mantener viva su memoria. La novela Los Pampinos, de Luis González Zenteno, la obra teatral Coruña, ira de los vientos, de Iván Vera-Pinto, y recientemente la creación musical El Grito de Coruña, de Guillermo Jorquera, Patricio Pincheira y Mercedes Jorquera, son manifestaciones culturales que recrean un acontecimiento histórico, y que encuentran décadas después nuevas formas de representación.

Buenaventura plantea, en cambio, una pregunta todavía pendiente.

¿Qué ocurre cuando un acontecimiento tan cercano temporal y geográficamente a Santa María no ha alcanzado una presencia cultural comparable?

No se trata de establecer una competencia entre memorias, ni mucho menos restarle importancia a Santa María. Se trata de comprender por qué algunas experiencias históricas consiguen una capacidad de transmisión y otras permanecen en los márgenes.

La respuesta probablemente no sea única.

Intervienen la investigación histórica, la educación, las instituciones culturales, los medios de comunicación, las políticas de patrimonio, las conmemoraciones y también la creación artística.

La memoria es, finalmente, una construcción social.

¿Qué historias seguimos sin enseñar?

Quizás esta sea una de las preguntas más importantes que podemos formularnos hoy.

No solamente: ¿Qué ocurrió?

Sino también: ¿Qué hemos hecho con aquello que ocurrió? ¿Qué investigamos, enseñamos, conmemoramos, conservamos, difundimos?…

Al final, ¿Qué historias llegan a nuestros hijos y nietos, y cuáles permanecen esperando?

Estas preguntas implican reconocer que el olvido puede producirse también de formas mucho menos visibles: por ausencia u omisión en las mallas curriculares de la enseñanza, escasa investigación, débil circulación del conocimiento, falta de espacios de memoria o insuficiente presencia cultural.

Pero cualquiera sea la causa, el resultado puede terminar siendo semejante: un acontecimiento existe en la historia, pero permanece ausente de la memoria de amplios sectores de la sociedad.

La memoria que todavía espera

Quizás Buenaventura sea, precisamente, una de esas memorias que todavía esperan.

Esperan nuevas investigaciones.

Esperan que los documentos sean conocidos.

Esperan que las nuevas generaciones puedan preguntarse por lo sucedido.

Esperan que la escuela pueda incorporar aquello que durante tanto tiempo permaneció fuera de sus programas educativos.

Y quizás esperan también que el arte encuentre sus propias formas de aproximarse a esa historia.

Aquí Mariátegui vuelve a interpelarnos, no porque haya dejado una respuesta para Buenaventura —evidentemente no podía hacerlo—, sino porque su concepción del artista como sujeto sensible a las inquietudes de su pueblo nos permite formular una pregunta casi un siglo después.

¿Cuáles son las historias que todavía no estamos escuchando?

Y una segunda pregunta, más directamente relacionada con nuestra memoria pampina:

¿Qué acontecimientos de la historia de los hombres y mujeres del salitre continúan esperando ser investigados, narrados, cantados, representados y finalmente incorporados a la memoria colectiva?

Buenaventura no necesita solamente que recordemos una fecha.

Necesita que nos preguntemos por qué esa fecha todavía no ha llegado suficientemente a la conciencia pública.

Porque entre un acontecimiento que ocurrió y una memoria que permanece viva existe una distancia.

Recorrer esa distancia también es una forma de hacer historia.

   —

(1) José Carlos Mariátegui. Peruano, Periodista, escritor, ideólogo, fundador del Partido Socialista y de la Confederación General de Trabajadores del Perú (CGTP). Fundó y dirigió la Revista Amauta, un espacio cultural y político de vanguardia que unió a los intelectuales, obreros y movimientos artísticos más destacados de la época a nivel continental.

(2) Citado de El Artista y la Epoca, de J.C. Mariategui

(3) Ídem

 

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