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Ricardo Balladares Castilla, sociólogo analista.-  La semana que termina, Javier Milei se paró en el Foro de Madrid, en Santiago de Chile, y dijo... El goce: Milei, la dictadura y el síntoma que no queremos ver  [i]

Ricardo Balladares Castilla, sociólogo analista.- 

La semana que termina, Javier Milei se paró en el Foro de Madrid, en Santiago de Chile, y dijo lo que muchos esperaban y no pocos se atreven a repetir en voz alta, que tras el derrocamiento de Salvador Allende, Chile entró en un periodo de estabilidad y crecimiento. Dijo, además, que la izquierda es una amenaza global y llamó a sus seguidores «zurdos mugrosos». No fue un desliz, sino una reivindicación deliberada de la dictadura. Y ante eso, la reacción fue la esperada, declaraciones de repudio, columnas de indignación, análisis sobre la manipulación de las redes, sobre los bots que amplifican el discurso de odio.

Pero creo que estamos mirando el dedo y no la luna. El problema no es Milei ni las redes. El problema es que Milei tiene público y las redes tendencia. Eso es lo que debería incomodar mucho más, algo que la mayoría de los análisis elude sistemáticamente, el problema no son las redes, sino la disposición; no es el algoritmo, sino el odio y el resentimiento por las promesas incumplidas; no es la manipulación, sino el goce que millones de personas experimentan al escuchar a un líder decir lo que ellos sienten pero no se atreven a formular.

Leo decenas de columnas, artículos, análisis de connotados periodistas y académicos. Todos ponen el acento en los bots, en la desinformación. Todos hablan de manipulación, como si la gente fuera una masa pasiva que recibe un mensaje y lo repite, como si no hubiera un deseo profundo en adherirse al discurso que humilla al adversario. ¿Por qué esa insistencia en lo superficial? ¿Será porque mirar el fondo es demasiado incómodo? Porque el fondo nos obliga a preguntarnos qué clase de sociedad -aun con 28 años de gobiernos de centroizquierda- produce personas que gozan con la humillación del otro, qué sistema crea sujetos que encuentran placer en la reivindicación de una dictadura.

Aquí es donde Jacques Lacan aporta al debate. Para Lacan, el ser humano no nace sujeto, sino que se constituye en el lenguaje. El orden simbólico nos precede y nos inscribe en una falta constitutiva, el lenguaje nos separa de una plenitud originaria al nombrar las cosas, y esa separación es una pérdida irreparable. Al nombrar a la “madre”, esta se separa de mí, dejamos de ser uno. La palabra madre no es la madre. Por tanto, nos abandona el goce primigenio. Dese allí nuestra experiencia será siempre incompleta. No hay sujeto sin esa falta, sin esa herida que el lenguaje abre al nombrar y separar. Esa distancia entre la palabra y la cosa es la condición del deseo, deseamos porque nos falta algo y al placer es la búsqueda de equilibrio y homeostasis. Ahora bien, el goce -que es distinto al deseo y al placer- es arcaico, inalcanzable y siempre destructivo, porque busca una satisfacción desbordada y paradójica, arrastrando al sujeto hacia el exceso, el sufrimiento y la pulsión de muerte.

Por otra parte, el sujeto necesita ser reconocido. No existe sujeto sin el Otro, con mayúscula, sin esa dimensión simbólica que nos precede y nos excede, el lenguaje, la ley, la cultura. El Otro no es una persona, sino la estructura que nos constituye, el lugar desde donde recibimos el reconocimiento que nos hace existir como sujetos. El deseo humano es siempre deseo del Otro, deseamos lo que el Otro desea y deseamos ser reconocidos por él. Cuando el Otro falla, cuando el sistema no reconoce ni protege, el sujeto se desmorona y busca un sustituto que le ofrezca un reconocimiento ilusorio.

Tal como mencionamos en la columna anterior, Jorge Alemán, psicoanalista lacaniano, tomó estos conceptos y los aplicó a la política. En su libro Neoemperadores, sostiene que el líder de ultraderecha, el neoemperador, no solo ofrece orden y certeza, sino algo mucho más seductor, un goce por delegación y, al mismo tiempo, un reconocimiento ilusorio. El líder goza sin culpa, humilla al enemigo, transgrede las normas que al ciudadano común le impiden actuar. Al identificarse con él, el seguidor autoriza su propio goce y se siente reconocido. Eso es lo que vimos en el Foro de Madrid. Cuando Milei reivindica a Pinochet, no está dando una opinión, sino ofreciendo un goce, el placer de sentirse parte de los que ganaron, de los que no se dejan engañar por el relato de los «zurdos».

¿Por qué alguien reivindicaría una dictadura? No por ignorancia, no por falta de información. Hay abundante documentación y pruebas. La gente sabe lo que pasó, pero el saber no siempre modifica el goce ni satisface la necesidad de reconocimiento. El orden simbólico no opera sobre el goce directamente. Por eso, aunque sepamos que la dictadura fue un régimen de terror, hay quienes la convierten en un objeto de goce y en una fuente de reconocimiento. No importa lo que fue, sino lo que representa hoy, un orden, una certeza, un tiempo donde “las cosas funcionaban” y donde «los de bien» eran reconocidos como tales. Esa es la promesa del neoemperador, devolver un goce perdido y un reconocimiento negado, una plenitud que nunca existió pero que se anhela con desesperación.

Aquí está lo que nadie quiere mirar, que este goce y esta búsqueda de reconocimiento no son accidentes, sino productos. Un sistema que genera precariedad, endeudamiento, desprotección, que rompe los lazos comunitarios y exalta el individualismo, produce personas predispuestas a buscar chivos expiatorios, que necesitan odiar para no desmoronarse, que necesitan ser reconocidas por un líder que les diga quiénes son y quiénes son sus enemigos. Produce el Homo pathos, el sujeto que habita el miedo y el resentimiento, y encuentra en la extrema derecha una forma de gestionar su angustia a través del goce contra el prójimo y un reconocimiento que el sistema le negó. No son las redes, es el modelo económico. No son los bots, es la subjetividad neoliberal.

El problema de fondo es que el sistema que produce el Homo pathos sigue intacto. Y mientras siga intacto, siempre habrá un Milei dispuesto a capitalizar su goce y a ofrecer un reconocimiento ilusorio a quienes el sistema abandonó. La izquierda, el progresismo, la socialdemocracia tienen que entender que no están en una batalla de argumentos, sino de afectos, de goce y de reconocimiento. Han delegado la política en las instituciones y abandonado el terreno de la subjetividad. Tienen que aprender a ofrecer reconocimiento, no el vacío de un líder que dice «tú eres de los míos», sino el genuino de una comunidad que dice «tú importas, tu esfuerzo tiene sentido». No se trata de limitar las redes, sino de transformar las condiciones de vida que hacen efectivos a los algoritmos. Se trata de reducir la precarización, fortalecer la protección social, recuperar la cohesión comunitaria. Ofrecer una promesa de futuro que no sea solo un plan de gobierno, sino una promesa de vida y de reconocimiento mutuo.

El Foro de Madrid no es la causa, sino el síntoma. Milei no es el problema, sino el espejo de una sociedad que ha dejado de creer en el futuro y se agarra de un pasado que nunca fue. El problema no es la manipulación, sino la disposición. El problema es que siempre vamos a lo superficial para no debatir el fondo, un sistema que crea personas dispuestas al goce contra el prójimo, desesperadas por un reconocimiento que se les negó. El goce, a diferencia de la razón, no se discute, se vive. Y el reconocimiento, a diferencia de la verdad, no se demuestra, se otorga. Mientras la derecha sepa ofrecerlo y la izquierda no, la batalla está perdida.

No hace falta limitar las redes. Hace falta transformar la vida.

[i] Declaración: Durante la elaboración de esta columna, el autor utilizó herramientas de inteligencia artificial generativa (Copilot) con el fin de revisar aspectos formales del texto, tales como gramática, ortografía y coherencia estructura. El autor declara que todas las ideas, argumentos y análisis presentados en este documento son originales y corresponden a su propio trabajo de investigación, habiendo utilizado la IA exclusivamente como apoyo técnico para la organización de la columna.

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