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Ricardo Balladares Castilla.- En Parral —el de Neftalí— vendí sandías, cebollas y melones a los nueve años. Todo gracias al ofrecimiento del vecino «El... Sandias, melones, cebollas…

Ricardo Balladares Castilla.-

En Parral —el de Neftalí— vendí sandías, cebollas y melones a los nueve años. Todo gracias al ofrecimiento del vecino «El Paco Juan», quien me enseñó el peso del trabajo y el valor de las monedas. Con ellas conocí mis primeros amores; el cine, la piscina, los especiales tomate mayo en el Plaza Shop y acompañar a unas señoras que prendían velas en los juzgados de letras.

Fue El Paco Juan uno de los primeros en explicarme lo que sucedía. Él me señaló que cada vez que pasáramos por allí y estuvieran esas mujeres, había que prender una vela.

Décadas después, otros pacos, en el estallido social, le arrebataron los ojos a Fabiola Campillay, Gustavo Gatica y tanto otros que son anónimos y que con suerte nos acordamos de todos ellos y ellas porque no ocupan cargos.

Hoy la diputada Flores insulta: «señora de la feria».

Flores ignora que la feria puede ser para un niño de nueve años su primera gran cátedra.  Y que los títulos, un diplomado y casi dos maestrías, una en curso, nunca valdrán ni pesarán en mi memoria como la feria.

Allí aprendí que una cebolla pesa más que un título y que la luz no está en los ojos sino en la memoria de quien sabe esperar.  Era 1986, había que esperar…

…seguimos esperando.

Aquel camión de melones me dio el cine, la piscina municipal, la independencia para comer completos y mi encuentro con los Dd.Hh.

El paco Juan no me quitó nada, me abrió la puerta para encender una vela frente a los tribunales e ir al cine o la piscina sin joder a nadie. A los nueve años, eso era casi todo.

El paco Juan me legó una verdad: el bien no es un escaño, es la mano que no aprieta el gatillo.

Hoy, cesante, sé que la grandeza no está en humillar, sino en reconocer al otro como igual.

Mi orgullo no son los títulos que el desempleo, después de veinte años de trabajo continuo, vuelve inútiles. Es haber sido feriante. Porque la feria, deshonorable Camila Flores, no se mancha, se honra.

Y los que la habitamos alguna vez, sabemos que la dignidad no se negocia, se sostiene en la mano abierta, como aquella cebolla que un niño ofrecía bajo el primer sol de las madrugadas de enero en Parral, sin llorar. Porque había que esperar… y aún, al igual que otros, sigo esperando.

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